Quítate los zapatos

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Es tu manera de gritar por la libertad. Caminar descalza por la calle. Te da igual que el asfalto te abrase las plantas de los pies o que en la acera se acumulen los charcos de la lluvia. Es tu forma de decir aquí estoy, no le tengo miedo a nada. Aunque el miedo es un sentimiento tan fieramente humano[1] como lo son la necesidad, la angustia o el odio que nos despiertan acciones tan absolutistas como encender el televisor o como coger el metro cada mañana. En ese caballo de hierro se mueven las víctimas de esa tiranía, gentes que no se atreven a caminar descalzas porque lo suyo es llevar un zapato que nos sujete bien el pie, que nos impida tropezar con algún elemento que nos sorprenda primero a la vista y después nos despierte el alma y la mente y nos pueda hacer salir de esa senda que nos viene marcada y que no conviene abandonar. Caminar descalza, sí, liberada de las cadenas del que tiene el dinero y te dice qué hacer con él y cómo gastarlo y hasta dónde guardarlo. Descalza, sí, sin miedo a las espinas ni a los cristales, que te esperan con sus aristas cortantes, ávidos de sangre fresca con la que alimentar su único sentido en la vida: el control, la imposición, la traba. Avanza sin temor, hazlo descalza, descubre tus pies y lánzate sobre el frío asfalto de la madrugada. Indaga, busca, camina. Deja atrás a los que, afronten el camino que afronten, se ponen siempre un calzado cómodo con el que evitar los callos, los tropezones y las caídas consiguientes. Quítate los zapatos, desnuda tus pies. Grita.

[1] Blas de Otero

El currículum

Plaza de la Constitución de San Sebastián

Plaza de la Constitución de San Sebastián

donde está donde está maldito despertador vaya nochecita ya ya voy me hago pis no aguanto más no debo olvidar el currículum ni la carta de recomendación de Ramiro seguramente me pueda ser útil ¡ah! ¡quema quema! de todos modos quién sabe después de dos años sin trabajar sin dar un palo al agua no te autocastigues Javier tampoco ha sido culpa tuya lo has intentado todo hasta repartir butano mierda no sale no sale siempre igual cada vez que entran a la ducha me dejan vacío el bote del champú ya ves tú un licenciado en derecho repartiendo butano a quién se le ocurre solo a mí desde luego ya me lo decía mi padre no tires la toalla Javier ni el dinero que me costó pagarte la carrera pobre papá espero que me envíe suerte desde el cielo o desde el más allá o desde dónde cojones haya ido a parar su alma si es que tenemos alma que no lo tengo yo tan claro por mucho que nos quisiera contar aquel meapilas que nos daba clase de canónico joder y la toalla mojada y el albornoz dónde coño está el albornoz relaja Javier relaja que es muy temprano y te espera un día tenso y duro creo que me vendrá bien afeitarme vaya ojeras tío luego le pediré a Silvia una de esas cremas que usa ella y que la hacen salir de casa como si no hubiera pasado el tiempo por ella desde que cumplió los veinticinco lo de Silvia si es que es amor aguantarme aquí día tras día semana tras semana mes tras mes trabajando y trayendo el dinero a casa y yo aquí con un subsidio de mierda de cuatrocientos euros todo un abogado con buenas notas en su promoción con un buen currículum y con cuatrocientos euros de mierda ya chifla la cafetera hoy me ha salido fuerte sí cuatrocientos euros no me jodas si tuviéramos que vivir de eso yo me pongo la roja pero qué quieres que te diga no mejor no te lo digo me pongo la roja y punto qué más da el color de la corbata lo que importa es el trabajo a mí puede parecerme un riesgo pero qué tengo que perder ¿el enésimo trabajo en dos años? ya ves el currículum que no se me olvide el currículum ¿dónde está mi carpeta de piel? venga Javier déjatelo todo listo por la noche que luego por la mañana te vuelves loco tú y nos vuelves locos a los demás por qué no la haré caso demasiado me aguanta la pobre aquí aquí qué buen regalo me hizo papá antes de morir ¿eh? yo me lo tomé como una indirecta a ver si buscas trabajo ya hombre pero no que va era una forma de decirme eres un buen abogado sal a comerte el mundo el perfume no te has perfumado ya estamos igual que con el champú parece que se lo beben joder las nueve y media al final pierdo el autobús venga sí un beso que llego tarde joder ahí está ya viene corre que no llegas justo a tiempo qué fatiga tienes que retomar el gimnasio o hacer al menos algo de deporte que no te cueste mucho dinero salir a correr sería una buena opción eso y dejar de fumar joder ¡vaya frenazo! tampoco estaría demás es una cuestión de salud y también económica menuda pasta en tabaco al cabo del año y cobrando cuatrocientos euros en fin sí creo que es la siguiente sí ahí está las diez menos cinco el tiempo justo estirarme el traje ajustarme la corbata y subir al tercer piso que haya suerte por dios que haya suerte que Silvia se va cansar de mí y me va a mandar a la mierda que se va a cansar de mantenerme ya lo verás qué chica tan mona muy elegante el despacho desde luego este sofá será carísimo a ver si me llaman ya y termino con esto cuanto antes que son ya las diez y diez y me citaron a las diez y tengo que hacer la comida el pescado en el horno no se hace en media hora lleva su tiempo no sé si tengo vino blanco creo que sí que lo trajo Silvia ayer del súper venga vamos allá qué buena está eh sí el currículum mierda el currículum dónde cojones está la carpeta dónde me la he dejado en el autobús no no joder en la habitación está en la habitación mierda mierda mierda una oportunidad me dieron una oportunidad y yo sin currículum lo que no me quedan son bolas de pimienta negra paso por la tienda de camino a casa y las compro tengo la mañana entera para preparar la comida mierda la carpeta el currículum mierda.

Si cada día fuera domingo

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Ni siquiera Jaime ha sido capaz de explicármelo. Quizás él tampoco lo tenga claro. Venga, Jaime, dímelo tú: ¿Qué haremos cuándo se hayan ido? Los hijos llegan en días muy señalados, de nervios, contracciones y carreras hacia el hospital, llenan nuestra vida durante una serie de años que parecen inagotables y, cuando te quieres dar cuenta, huyen con sus propios anhelos, con los miedos que han ido fabricando a nuestro lado, a vivir la vida por su cuenta. Supongo que nosotros también lo hicimos así, aunque nunca hablé de ellos con mamá. Que crecimos entre algodones que en ocasiones pudieran resultarnos papel de lija, que heredamos costumbres y manías y que otras, la gran mayoría, las adquirimos sin necesidad de testamentos ni notarios. ¿Puede haber algo más gris, más adusto, más triste en definitiva, que un notario? Por eso, cuando uno es joven prefiere romper con lo que le rodea y salir a la calle y respirar por uno mismo, caminar por uno mismo y tropezar por uno mismo. Y no le gusta a uno que le recrimine nadie el tropezón, y menos su padre con un ‘ya te lo decía yo’. Se irán, Jaime, se irán aunque no quieras verlo. Se irán porque es ley de vida. ¿Y qué haremos entonces? Descubrir una casa grande y vacía. Levantarnos cada mañana, cada uno por nuestro lado, como lo hacemos ahora, y recorrer las habitaciones yermas de vida. Sí, con una cama que ocupan de vez en cuando, por Navidad y en fechas así, con los cajones de la mesita de noche sin restos de tabaco, sin cartas perfumadas y sin ropa interior, y con un escritorio desierto de apuntes y de bolígrafos que no escriben porque secaron la poca tinta que almacenaban. Habremos tirado a la basura los afiches que decoraban las paredes, habremos pintado para cubrir los agujeritos de las chinchetas y seguiremos ventilando cada mañana como si allí siguiera oliendo a tigre. Pero nada más lejos de la realidad, Jaime. ¿Qué nos quedará cuándo se hayan ido? ¿Un ticket minúsculo en el mercado y la posibilidad de comer verdura cada vez que nos apetezca? Sí, será así, aunque en su ensimismamiento Jaime prefiera no advertirlo. Pero terminará por toparse de bruces con esa realidad y se sorprenderá a sí mismo poniendo la mesa para cinco, con cinco juegos de cubiertos y cinco vasos y cinco servilletas de papel. Y cinco platos vacíos, como el resto de la casa, que volverán vacíos a las vitrinas porque no habrá lentejas para todos. Ni comensales para todos. Nadie dirá que están sosas, que hoy no tiene hambre porque picó algo al salir de clase o que se ha puesto a régimen y no puede andar todo el día comiendo cuchara. A las tres estará todo recogido, los platos en el lavavajillas y la cocina reluciente y tú, Jaime, en tu butacón durmiendo la siesta antes de salir al paseo con el perro. No creo que se lleve ninguno al perro, fíjate tú, y eso que es del mayor, al que se lo regalamos por su buenas notas. ¿Habremos descubierto para entonces que podemos dormir tranquilos cada noche de sábado? Quizás no, quizás pensemos que siguen por ahí, de copas o vete tú a saber de qué, pero que ya no controlamos cuándo ni cómo llegan, porque lo hacen en otro domicilio, quizás en otra ciudad, quién sabe si en otro país. Y podremos salir a cenar o podremos quedarnos en casa, discutiendo, cansados de vernos las caras, de no tener la responsabilidad de preparar la cena de nadie ni de garantizar que queda agua caliente en el termo cuando la mediana venga del gimnasio y quiera darse una ducha. ¡Ah! ¡La ducha! ¡El cuarto de baño! ¿Tú sabes lo que será poder entrar al cuarto de baño cuando tengamos ganas de mear y sin reñir a nadie desde el otro lado de la puerta? Pero qué vacío quedará todo. ¿No te das cuenta, Jaime? Como mucho adivino tu sonrisa cómplice cuando escuches la puerta, los domingos al mediodía, y salgas por el pasillo pensando en tus adentros ‘ya están aquí’. Pasaremos muchas tardes esperando el sonido del teléfono, al menos una llamada, tú mirando al televisor y yo leyendo una de esas novelas que me regalaban por mi cumpleaños y que no tuve tiempo siquiera de abrir. Las pasaremos el uno junto al otro, tal vez cogidos de la mano, compartiendo pensamientos que no saldrán de nuestros labios por no cargarnos de nostalgia el uno al otro. Se irán, Jaime, se irán y vagarán solos por el mundo y contaremos los días en el calendario y recordaremos con una sonrisa los nervios y las carreras al hospital, las lentejas acumuladas en la olla y el olor a tigre del cuarto del mayor. Y el perro se sentará a nuestro lado, cansado ya por la edad, a esperar el sonido del timbre como si cada día fuera domingo.

La vida es ausencia

Ya en mi alma pesaban de tal modo los muertos/ futuros que no podían andar ni un solo paso sin que/ las piedras revelaran sus entrañas.

Rafael Alberti

Llegado un punto de la noche, el abuelo mandaba callar, alzaba su copa y brindaba por los ausentes. Aunque ya no estén aquí, decía, estarán siempre presentes en nuestra memoria. ¿En quien pensaría mi abuelo cuando ponía en marcha el protocolo y soltaba semejante frase? En la mesa apenas quedaba hueco: grandes fuentes de marisco fresco y de quesos y embutidos, una cubertería resplandeciente y una cristalería fina y deslumbrante. El resto de los comensales dejaban por un instante sus vacuas ocupaciones y se ponían de pie y reían a carcajadas mientras chocaban sus copas llenas de vino de la tierra. Los niños mirábamos sorprendidos el ritual y enseguida volvíamos al plato de sopa de picadillo y a las croquetas. El olor del cordero en el horno llegaba hasta el comedor. Se referirá a los muertos, digo yo. Pero, ¿a qué muertos, si aquí no falta nadie? Que no ha muerto nadie, vamos, que yo tengo doce años y no sé lo que es un funeral. Tan solo lo que me contó mi amigo Óscar en el colegio, días después de que apareciera un conserje en clase diciendo que su madre le esperaba fuera porque acababa de morir su abuela. Así, tal cual. Acaba de morir su abuela. La mía estaba en la mesa, sin embargo, con su delantal manchado de grasa y un sorbito de vino blanco en su copa. Estaban también mis padres, discutiendo sobre un asunto que carecía de importancia desde mi perspectiva de un niño de doce años, y también mis tíos, discutiendo sobre el mensaje del rey y repitiendo los argumentos del año anterior, y del anterior, y del otro. Siempre los recuerdo así. Y estaban mis primos, devorando croquetas unos, bebiendo otros refrescos de limón y cantando villancicos con una pandereta los de la tía Angelines. Pero mi abuelo estaba allí, presidiendo la mesa con sus gafas de concha, su corbata granate y una camisa blanca con gemelos en los puños, haciendo un ejercicio evocador que solo se entiende ahora, casi treinta años después, cuando el rey ya no es el rey que todos conocimos, una vez que mis padres dejaron de discutir por temas nimios (se divorciaron porque no se soportaban) y con mis primos desperdigados por el mapamundi: Bruselas, Girona, Biarritz, Londres y Honfleur, una pequeña villa normanda al oeste de Francia. Se entiende mejor aquel brindis tradicional a los pies de su tumba, a la que me acerco en la mañana de Navidad cada año desde que murió. El silencio se contrapone a la memoria bulliciosa, a las cenas copiosas y a la ebriedad de los invitados, a los villancicos de mis primos y a las voces de mi abuela pidiendo platos para servir el asado. Hace mucho frío, son apenas las diez de la mañana y la niebla no ha levantado y no deja ver el horizonte y el hielo hace peligroso caminar por las zonas umbrías del cementerio. Pero es aquí, entre lápidas de piedra selladas al suelo y flores secas, donde cobra sentido todo. Por aquí navegan las almas de aquellos ausentes a que se refería mi abuelo: sus restos descansan (quien sabe si aquí también, en la otra vida, sigue trabajando como lo hizo al otro lado de la verja de hierro) junto a los de sus padres y a los de mi abuela, que murió después que él. Las inscripciones sobre el mármol delatan que la vida es ausencia, anunciando apellidos que antes yo era incapaz de colocar en alguno de los que acudíamos a aquellas cenas de Nochebuena, que a la mesa siempre hay alguna baja involuntaria y que no está demás que haya alguien capaz de recordarlo sin confundir la memoria con la nostalgia. Mi abuelo lo hacía con su brindis por Navidad. Yo lo hago en silencio, visitando su recuerdo de piedra, con abrigo, bufanda y guantes, sentado sobre él como lo hacía de niño en su regazo.

Cerrado hasta Reyes

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El bullicio se apodera de la calle. La gente grita, salta y brinda con copas de plástico. Hay alguna cámara de televisión grabando imágenes de abrazos, de risas y de lágrimas emocionadas. También se acercan los curiosos, los que se suman a la algarabía sin tener nada que celebrar, sin ser conscientes de que se acerca el fin de mes y de que quizás mañana, pasado a más tardar, tengan que pasar frío en casa. Los envidiosos y los usureros, en su mayoría empleados de banca y de las compañías aseguradoras, también merodean por la zona y se apartan para dejar salir a un tipo de talla normal, vestido con ropa normal y de rostro normal.

El tipo camina despacio, mirando a un lado y al otro, advirtiendo la alegría en los rostros de los que allí se amontonan. Hay cánticos, carcajadas y un señor mayor toca el acordeón para que los demás bailen. Lleva las manos en los bolsillos y en una de ellas –la imagen que evoco me haría jurar que era la izquierda– aprieta un trozo duro de papel. Sí, es un décimo premiado en el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. Lo está arrugando, lo ha convertido en una pequeña bola que le cabe de sobra en el puño, pero no parece preocupado por ello. Más parece que le preocupan otras cosas, porque no deja de buscar a alguien con la vista. Alza la cabeza, la mueve de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y el rostro se le va volviendo gris. Su semblante cabalga entre la tristeza y la rabia. Aprieta aún más los puños en el bolsillo del abrigo. Es un abrigo normal, un tres cuartos negro de paño, acolchado por dentro, parece recio. Comienza a acelerar el paso como si estuviera huyendo de algo o de alguien. Es otro hombre, algo mayor que él, que fuma sin parar y que lleva una botella de cava en una mano, el que le frena en su deserción. El hombre le abraza, le besuquea la cara e intenta colocarle la botella en los morros. Sin embargo, el tipo se resiste, agarra a su colega por los brazos y le habla con cara de desesperación. El hombre del cigarrillo y la botella se encoge de hombros y hace gestos de no saber. A veces es difícil diferenciar entre la ignorancia y la indiferencia. Este es uno de esos casos. Sin duda.

Ahora sí. Ahora el tipo normal del abrigo normal ha logrado dejar atrás a la multitud festiva y ha entrado en la tienda del barrio, vacía a esas horas de mujeres: que si el pan, que si la leche, que si media docena de huevos, que si algo de fruta. Abre las cortinillas de plástico y pasa dentro un rato no demasiado largo. Al salir, la dependienta le despide en la puerta con una palmada en la espalda. Lo mira con cara de tristeza durante unos segundos. Después, echa la llave a la puerta, coloca un cartel de “Cerrado hasta Reyes” con un trocito de celo y se dispone a unirse a la fiesta. Sí, a ella también le ha tocado el gordo.

El hombre, con sus manos en los bolsillos, sigue su camino. Para en un par de bares, habla con el quiosquero (luce un gorrito de Papá Noel que se le antoja ridículo, casi ofensivo) y con un par de vecinos con los que se encuentra en el portal de casa. Su cara es la del tipo que se espera lo peor. Sube los escalones de uno en uno. Es como si llevara dos botas de cemento en los pies y los bolsillos llenos de piedras. Pero no. En los bolsillos lleva los dos puños apretados y en uno de ellos lleva deshecho un décimo premiado con el gordo. Saca las llaves del pantalón y entra en casa como el que entra en el hospital con la única esperanza de que el oncólogo le diga que no le quedan tres meses de vida, que solo le quedan dos días. Tampoco hay rastro de ella en la casa. Y van ya tres días. En la puerta de la nevera sigue la nota que le dejó pillada con un imán, recuerdo de las últimas vacaciones en Rota. La playa, la casita con piscina, los pescados a la brasa, el barbadillo siempre frío y el mercadillo donde compraron el imán. Arruga la nota y la guarda con el billete de lotería en el bolsillo de su abrigo. Abre la nevera, de un trago da fin a la botella de vino que dejaron sin consumir durante la última cena y después sale al balcón. En una caja de cartón, en la que guardan cosas inútiles, arroja los dos pedazos de papel. Ni siquiera uno ha sido capaz de anular al otro. Ni todo el dinero del mundo alcanza a sujetar a quien no te quiere, se dice. Después, de la misma caja saca una cuerda de soga, la anuda alrededor de su cuello y se cuelga del balcón.

Pozos sin fondo

A don Rodrigo le llamó especialmente la atención aquella noticia. Hojeaba el periódico como cada mañana, acompañándolo de un delicioso desayuno propio de los grandes magnates que se retratan así en las películas, con su batín de seda y una mesa suculenta y exagerada a la que no le faltan los zumos de frutas naturales, la bollería recién hecha, el pan tostado y el café de Brasil con dos de azúcar, cuando se topó con una crónica que le despertó una sonrisa en su cara de moneda de diez duros: “Un banco atraca a un hombre armado y la cara cubierta con una media”.Lo cierto es que la noticia estaba tan bien escrita –entraba en todos los detalles, con un lenguaje certero y cargado de matices– que a don Rodrigo se le abrió el cine en la mente. Parecía estar viendo una película de poco más de cinco minutos, con todos sus actores bien definidos y con un guión digno de Pedro Masó adaptado a los tiempos de la crisis y de los gánsteres de traje y corbata. Mojaba don Rodrigo el cruasán en el café con leche de soja, se limpiaba la rebaba con una servilleta bordada en hilo negro, y se topaba con un empleado de banca situado al otro lado del mostrador, sobre el que no le faltaban sus folletos de planes de pensiones ni su bolígrafo atado a la madera con una cadenita de chichinabo. Aburrido y a la espera de clientes, aquel tipo de sangre fría leía un libro de Eduardo Mendoza sobre la vida de tres santos cuando un tipo alto y espigado, vestido con una gabardina sucia y un gorro negro de lana, entraba en el banco con gesto de pocos amigos. Llevaba el rostro cubierto con una media –¿cómo si no?– y las manos en los bolsillos del gabán. En una de ellas, aparentaba llevar un arma de fuego.

–¡Esto es un atraco! –dijo (como no podía ser de otra forma).

–Efectivamente –respondió lacónico el empleado perezoso, marcando la página en la que dejaba la lectura y apoyando el libro de Mendoza sobre unas carpetas de cartón que escondían apuntes contables, deberes y haberes, saldos y números rojos. Después sacó del cajón derecho de su escritorio una máscara de goma con cara de cerdito y se la ajustó bien a su carita, redonda y rematada en un flequillo canoso–. ¿Conoce nuestro plan de liquidez para botellas vacías? ¿Y nuestros seguros contra la desilusión? ¿Ha oído hablar de nuestros pozos sin fondo? ¡No! ¡Ya sé! A usted lo que le interesa es una cuenta contracorriente, con su tarjeta de crédito claro, con comisiones al alcance de todos. ¡Eso es!

–¡Angelines! –gritó don Rodrigo–. Acércame la corbata, la roja, sí, que tengo que ir al banco. Y con la servilleta de hilo negro, se limpió con remilgo los restos del banquete en su morro fino.

Instrucciones para dormir una siesta tradicional

Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.

Julio Cortázar (Instrucciones para cantar)

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Parece cosa evidente, pero antes de una buena siesta al estilo tradicional –enseguida conoceremos los pasos básicos a seguir– se hace necesaria una comida copiosa en grasas y proteínas, que produzca el efecto de modorra imprescindible para un buen descanso vespertino. Valga como ejemplo un buen cocido madrileño, al que no le falten una sopa de fideos muy caliente, su buena palada de legumbre aliñada con encurtidos (piparras y cebolletas en vinagre), un puñadito de repollo que ejerza su función en el intestino, un buen trozo de morcillo, otro de tocino, su punta de jamón y su parte de chorizo y de morcilla de sangre. Sirven también la paletilla de lechazo al horno, el besugo relleno y la fabada asturiana, todo a gusto siempre del consumidor y regado, a ser posible, de un buen vino de la tierra.

Justo después huye uno del café como de la quema, no sea que ejerza su función y nos espante a Morfeo, para desvestirse luego a los pies de la cama en el orden lógico. Más que nada porque se antoja difícil que uno pueda quitarse la camisa sin haberse quitado antes el jersey y lo mismo sucede con el pantalón, que no puede uno desprenderse de él si no se ha descalzado primero. Una cosa: conviene dejarse los calcetines si se es propenso a tener los pies fríos, teniendo en cuenta que la muerte siempre entra por los pies. Luego levanta uno el almohadón, saca el pijama de debajo, y se lo ajusta bien al cuerpo para no perder los calores del banquete.

Parece que lo propio del asunto es meterse ya en la cama a dormir, pero no. Hay que seguir unos cuantos consejos antes de caer en profunda dormidera: acuda el individuo al cuarto de baño, agarre el orinal de hojalata y límpielo bien debajo del chorro, colóquelo bajo la cama y encienda la luz de la mesilla. Baje entonces las persianas y eche bien todas las cortinas, porque un rayo de sol puede dar en el traste con todo este ejercicio de precisión.

Hablemos de la cama antes de introducirnos en ella. Las modas pasajeras aconsejan en estos tiempos, triviales y descastados, comprarse un edredón de plumas de ganso que deriva en sueño cómodo y ligero. Sin embargo, lo que busca una siesta tradicional, que, no olvidemos, es la que motiva hoy esta reflexión, es un sueño pesado y absorbente. Dejamos a elección el modelo de colchón –cada uno tiene su espalda y sus dolores propios– pero son obligatorios, a saber: las sábanas de franela, dos pesadas mantas zamoranas y una colcha de lana.

Con estos mimbres, se mete uno en la cama con cuidado de no deshacerla mucho. Se pone uno bocarriba. Mirando al techo, vamos. Ajusta el cuello a la almohada y se tapa bien hacia la mitad superior del pecho. Importante: colocar bien el embozo, sábana, manta, colcha, y colocar los brazos sobre el mismo, con las manos entrelazadas. Antes de cerrar los ojos, asegúrese de haber apagado la luz y de que bajo el almohadón tiene escondido el transistor para escuchar los partidos cuando se desperece allá sobre las seis. Las siestas así son aconsejables los domingos.