Pies descalzos

A mi compadre Germán, recordando hoy las buenas canciones del Lichis

Enciendo cada mañana el móvil para leer las memeces del tuiter y las fotos de pies descalzos con el mar de fondo que la gente sube a sus perfiles en las redes sociales. Tienen los dedos torcidos y las uñas bastante largas y callos y durezas, pero se creen con los pies más bonitos del mundo. El fenómeno se circunscribe al verano, la estupidez es congénita y se prolonga constante en el tiempo. Es normal que por la mañana me duela la cabeza. Ya me lo dice Silvia. Te levantas con el móvil y, claro, te duele la cabeza. Cierto. Últimamente lo he cambiado por la tablet. Suelo ojear las noticias acompañado del café con leche y de la tostada y de algún dulce minúsculo que mitigue la necesidad y los efectos de la pastillita del azúcar. Los rebeldes somos así. Me he hecho adicto al paracetamol, pero al fresco del patio en el verano se lleva de otra manera. Qué dolor de cabeza, digo cuando me levanto y pongo el pie en la tarima. Decidimos ponerla blanca y mira qué es sucia. Siempre llena de huellas de pies tan feos como los que me amenazan cada mañana de agosto por la pantalla del móvil, irreverente, sentado en el wáter a eso de las siete, con los calzoncillos por los tobillos y el bueno del Lichis resonando en mi cabeza. Volveremos a ser valientes. Ya. Sí. Valientes. ¿Para qué? No he llamado a Luis Moreno ni me he acercado a verle ni soy capaz de sentarme diez minutos seguidos delante del ordenador. Aquella novela que empecé la semana pasada se rebela más vieja que Homero. Los crímenes de la mafia ya no le importan a nadie ni tampoco que las víctimas sean concejales de un ayuntamiento. Y los periodistas ya no existen. Ahora lo que se lleva son las víctimas en atentados de radicales islamistas, a las que se identifica con cifras y de las que nadie sabe su historia. ¡¿Sales ya?! Esta jaqueca me está matando. Voy a por un paracetamol. ¿Quién sabe nada de aquella chica de melena rubia sobre la que se ceban las cámaras? Antes de estar tendida boca abajo sobre ese charco de su sangre, sí, de la suya, tal vez caminaba a comprar libros al Fnac o a buscar al chico que conoció anoche y con el que se ha citado en diez minutos en la estatua de Colón. Quizás ahí tenga una historia. Hoy me siento y empiezo con ella. La puedo titular ‘La Rambla’ o ‘Ciudadana Cero’. Ya hay una canción de Sabina que se llama así: Ciudadano Cero, ¿qué razón oscura te hizo salir del agujero?. Luego repaso la lista del día: un par de notas de prensa que ayer no eran gran cosa y que hoy ya son urgentes, visitar a mis padres y ayudar a Paola con el inglés, que el curso luego se hace duro. El mundo ya no necesita otra canción de amor, pero yo sí. Lichis no se va de mi cabeza. Acercarme al súper a por algo de cena, seguir con la novela de Trueba y darme un baño con Nacho, que no se despegará de mi chepa hasta que no me ponga el bañador. Aunque sea por la noche, me digo, dejo unas cuantas notas en la moleskine. Después de cenar, otra pastillita para el colesterol y después otra dosis de paracetamol, que me duele la cabeza. Tiro el móvil sobre la mesa y paso del patio al sofá a mirar el televisor. Ese dolor de cabeza… Igual deberías revisarte la vista, me dice Silvia. Igual debería revisar lo que miro, le digo yo. Tantos pies y tan feos y con ínfulas de anuncio de zapatos italianos.

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¡Salta!

Agosto se asomaba ya por las tórridas páginas del calendario y el bueno de Javier hacía lo propio en la esquina del bloque de apartamentos en el que pensaba alojarse durante unos días. Fijaba su vista en la vida que bullía en el paseo marítimo y por un momento le pareció que aquella gran avenida, escoltada de grandes palmeras y espiada por el mar, acogotado al final de una inmensa playa de arena cubierta de sombrillas de colores, hamacas de plástico y un par de cobertizos en los que se servían bebidas y raciones, le parecía la Gran Vía de Madrid. Llevaba puesto el bañador nuevo que le había comprado su madre, una camiseta blanca que le quedaba grande y unas chanclas de colores que estrenó una vez en la piscina sindical y que no se había vuelto a calzar nunca. Javier se sentía extraño. Le parecía estar ocupando el cuerpo de otro. Echaba de menos el traje con el que acudía a trabajar cada día a su oficina, una correduría de seguros que iba viento en popa, con su corbata y sus camisas bien planchadas y con los zapatos italianos que le lustraba su madre cada mañana mientras él se tomaba el café con las tostadas.

El sol pujaba con fuerza y cegaba los ojitos de Javier, educados hasta ese día a las cuentas y los balances, a las pólizas, los contratos y a la luz artificiosa de la pantalla del ordenador. Comenzó a caminar con cierto miedo en sus pies y alcanzó la playa en un paseo que se le hizo demasiado largo. La gente se amontonaba en la orilla. Unos tomaban el sol tumbados sobre sus toallas y otros se refugiaban encogidos bajo sus sombrillas protectoras. Embadurnados de crema unos, rebozados en arena fina los otros. Vigilaban a sus niños de cerca, no fuera a ser que la osadía de una ola diera al traste con el castillo de arena y arrastrara hacia el mar el cubo y la pala del aprendiz de arquitecto. Atinó a encontrar un metro cuadrado de superficie en la tercera fila de bañistas y colocó una toalla que conservaba de su infancia (¡cómo la vas a tirar, si está nueva!, le decía su madre) y que tenía un piolín encerrado en una jaula sobre un fondo del mismo azul que el cielo. No pudo evitar sonrojarse y echó de menos la cómoda silla de su puesto en la oficina, con su respaldo ergonómico y ese cuero que tanto le abrigaba en las frías mañanas de enero. Se sentó con las piernas flexionadas, sacó una gorrita de la mochila y un bote de crema protectora que se untó con ahínco en los brazos y el cuello. No estaba dispuesto a quitarse la camiseta. Tampoco se quitaba la chaqueta en el trabajo, era parte de su indumentaria y permanecer sin ella ante los clientes o en sus habituales comidas de trabajo le parecía una falta de decoro.

Cuando Javier ya estaba acomodado sobre su toalla, mirando al horizonte y removiendo la arena con un dedo, descubrió frente a sí a un grupo de chicos y chicas ataviados todos con la misma camiseta. Eran muy jóvenes, no pasarían de los diecisiete o dieciocho años y andaban haciendo ejercicios de estiramiento. Estaban tan próximos que la arena que movían con sus pies salpicaba la toalla de Javier. Intentó esquivarlos con la mirada, que tenía fija en el mar, en los dos veleros que navegaban muy próximos el uno del otro y en los bañistas que intentaban alcanzarlos con su barcas a pedales. Pronto sacaron de sus mochilas unas combas de colores y continuaron con su calentamiento. Javier se tumbó bocabajo y se dispuso a echar una siesta.

Apenas si se quedó traspuesto durante unos minutos, no más de veinte. El tiempo justo para que por su mente desfilaran sus compañeros del departamento comercial, quienes dedicaban su tiempo para almorzar en acudir a un gimnasio próximo a la oficina. ¡Estás muy delgado, Javier! ¡Anímate, hombre!, le decían mientras desfilaban junto a su mesa, con sus bolsas de deporte en una mano y unas botellas con bebida isotónica en la otra. Javier se los imaginaba corriendo sobre una cinta como búfalos por el norte de África y levantando pesadas mancuernas para ejercitar sus bíceps.

La brisa marina aumentaba su sensación de placidez, pero un latigazo en la espalda le despertó y le hizo levantarse como un resorte.

–¡Qué! ¡Qué pasa! ¿Falta alguna póliza?

Una de las chicas que minutos antes estiraba sus músculos junto a sus compañeros le miraba de frente con cara de preocupación e insistía en pedirle disculpas. Los goterones de sudor trazaban surcos perfectos en la frente de Javier, que seguía balbuceando palabras inconexas que dieran con la explicación de lo que le estaba pasando.

–¡Duele! ¡Duele! –gritaba.

La muchacha le ofreció sus manos para incorporarlo primero y ponerlo de pie después.

–¿Le apetece probar?

Javier seguía algo aturdido y giraba sobre sus pasos para ver cómo saltaba con sus combas aquel grupo de chicos atléticos y divertidos. Sus acrobacias eran realmente espectaculares. Tanto era así que los bañistas les habían rodeado en un corro gigante y aplaudían efusivos cada cabriola. Saltaban con dos y tres cuerdas a la vez, se echaban sobre la arena para brincar después en cuclillas y se ponían boca abajo para saltar sobre sus manos dejando pasar los latigazos de la cuerda de colores por debajo de sus cuerpos.

–No, gracias, yo no…

El corro de bañistas no toleró la negativa y pronto empezó a gritar y a aplaudir con el ánimo de convencer a Javier de que intentara al menos alguna de esas contorsiones.

–¡Vamos hombre! ¡Que no se diga! –un tipo panzón que se cubría la cabeza con un gorrito de paja le propinó un manotazo en la espalda que le impidió salir del círculo. En un tono similar se expresaban el resto de curiosos: niños que portaban en sus manos el cubo y la pala de hacer castillos, señoras que habían girado su silla plegable para no perder detalle del show, una adolescente que comía sandía con cierta ansiedad y un par de socorristas que habían abandonado sus puestos alertados del corro y de la posibilidad de encontrar dentro de él a algún cuarentón infartado o tal vez alguna insolación propia de la época y del lugar.

Aplaudían todos jocosos, el rostro de Javier se iba haciendo más y más rojo, a causa del fuerte sol de mediodía y de la vergüenza que estaba pasando. Susurró un “venga, solo un poquito” y colocó sus pies descalzos junto a la cuerda que reposaba en el suelo antes de ser agitada por dos de los chicos saltarines. El gentío aplaudía y silbaba alborozado. Apenas si quedaban ya bañistas en el mar ni familias en el chiringuito, desde el que llegaba el aroma a sardinas asadas y a paellas recién hechas.

–¡Eh! ¡Un momento! –gritó la chica que lo había despertado del sueño. –. ¡Tendrá que quitarse la camiseta!

Javier lanzó un soplidito de resignación y se quitó la camiseta, exhibiendo un blanco en la piel mayor que el de la prenda. Una marca roja le cruzaba la espalda de arriba abajo, consecuencia del latigazo que lo acababa de despertar.

–¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

Las combas empezaron a volar sobre su cabeza y a azotar fuerte el suelo bajo sus pies y Javier apenas pudo soportar más de cuatro envites. El gentío prorrumpió en un sonoro aplauso, seguido de gritos y de silbidos que pusieron a Javier aún más nervioso. En medio de la algarabía pudo escabullirse del grupo, se puso la camiseta y se marchó al chiringuito. Ni la sombra del chamizo ni el frío de la cerveza fueron capaces de bajarle el rubor de la cara. El camarero le había servido un platito de frutos secos con la bebida.

–¿Sabes que no se te da mal?

Javier giró la cabeza y descubrió a la misma chica que minutos antes pedía clemencia tras el latigazo en la espalda. Después se encogió de hombros como única respuesta.

– ¿Por qué no te unes a nosotros? Vamos de playa en playa y solemos pasarlo bien.

Javier pidió otra cerveza para la chica e intentó zafarse de su estrategia. Estás solo en la playa, qué aburrimiento…

Cuando se acabaron las cervezas, Judith pidió otra ronda y después marcharon cada uno por su lado.

–Si te animas, mañana a las diez estaremos en el paseo marítimo, junto a la estatua del poeta.

Javier alcanzó su toalla, se quitó la camiseta y se dio un baño refrescante. Judith volvió con el grupo para avanzar en su recorrido, dando saltos y pasando la gorra. Su vista alcanzó a contemplar cómo avanzaban hacia la siguiente cala en un ambiente divertido y optimista. Así lo hacían cada día sus compañeros de oficina cuando salían por el pasillo camino del gimnasio.

 

Javier metió una pizza precocinada en el microondas del apartamento. Había decidido cenar en casa. No tenía ganas de más sorpresas. Se acomodó en el sofá, encendió el televisor y se dispuso a ver la reposición de una película que había visto ya en otras ocasiones. Con la pizza a medias y la película recién empezada, Javier se quedó dormido.

Eran las ocho de la mañana cuando se despertó sobresaltado y corrió a la ducha y al armario del cuarto para comprobar que la camisa del traje estaba planchada. Llego tarde al trabajo… ¡qué trabajo! ¡Si estoy de vacaciones! Volvió a mirar el reloj y se tumbó sobre la cama sin deshacer en un claro signo de agotamiento. Dormitó durante otra media hora. Después se dio una ducha de agua fría, se puso ropa cómoda y a las diez menos cinco ya estaba esperando sentado en el pedestal de la estatua del poeta.

–¡Vaya! ¡Te has decidido a venir!

Javier notaba la diferencia de edad con Judith, que había sido la primera en llegar. Apenas si llegaba a los veinte años. Sentada junto a él, la chica exhibía unas preciosas piernas, atléticas y morenas como consecuencia de sus periplos por la costa. Una sonrisa feliz se dibujaba en su rostro aniñado, de ojos claros y boca perfecta.

–Bueno, yo… –Javier seguía escaso de palabras.

Judith le tendió una cuerda y le animó a saltar con ella.

–Vamos calentando –le insistió.

Pronto empezaron a llegar el resto de chicos y chicas. Lo hacían sonrientes, entre collejas y trotes y saltos imposibles. Javier agarró los mangos de la cuerda y siguió al grupo por el paseo marítimo. Después se descalzaron y entraron en la playa y compartió piruetas con sus compañeros durante los ocho días que le restaban en la costa.

Se despidió de ellos al caer la última tarde de sus vacaciones. Le regalaron una de las combas, con los puños de madera y la cuerda de colores. Ya se había despojado de la camiseta y su piel lucía un bronceado envidiable y de ella se había esfumado el latigazo que Judith le propinó el primer día. A cambio, se llevó un estimulante beso de mermelada en los labios que le acompañó durante la noche y durante el largo viaje en coche de regreso a Madrid.

El lunes se levantó muy temprano, como de costumbre. Se vistió con su traje de raya diplomática y se tomó el café y las tostadas mientras su madre le lustraba los zapatos italianos. Después se marchó al trabajo y se enfrascó en sus informes, sus presupuestos, sus pólizas y sus clientes. No despegó sus ojitos del ordenador hasta la hora de la comida. Antes de que sus compañeros desfilaran por el pasillo, camino del gimnasio, Javier se quitó la chaqueta. Después sacó la comba de su maletín y se levantó como un resorte:

–Bueno, ¿qué? ¿Hoy no se entrena?

¡Qué mierda de nombre es éste!

Augusto corría por el asfalto abrasante maldiciendo su nombre una vez más: nunca se había sentido a gusto con su vida, ¡qué mierda de nombre era éste! ¿En qué estarían pensando sus padres? Augusto, claro. ¡Augusto! El caso es que por los pelos, –sí, otra vez por los pelos– Augusto perdió el autobús y tras su diatriba mental se descubrió a sí mismo empapado en sudor, la camisa pegada al cuerpo y chorreando la frente y el cuello, mirando el reloj de pulsera que le regaló su ex mujer hace dos años y comprobando que aún le quedaban otros veinte minutos de espera bajo un sol de justicia.

¡Putas oficinas a las que vine a trabajar!, maldijo Augusto ante el páramo que se abría delante de sus ojos. Grandes parcelas yermas coronadas con vallas publicitarias en las que se anunciaban promociones de vivienda que quedaron malogradas por la crisis y una carretera en sentido contrario a la que utilizaba él cada día para volver a casa, montado en un autobús que debía ser de lo poco que circulaba por allí y que casi siempre venía vacío. Vacío y sin aire acondicionado, estamos en julio, por dios, hay cerca de cuarenta grados ahí afuera, hasta las ranas van con cantimplora… Deje, deje, le decía el chófer, a mí con bajar la ventanilla me sobra, ¿sabe usted? Luego vienen los resfriados.

Ese era el panorama alrededor de un trabajo al que había accedido por enchufe, como todos los que recordaba. Siempre debiendo favores, se decía cuando firmaba los contratos… ¡y siempre pidiendo favores!, cuando empezaba a teclear su teléfono móvil en busca de algún amigo con influencias, mientras hacía cola en la oficina de empleo. Su trabajo era de cara al público, con el hándicap de que a Augusto no le gustaba tratar con gente.

–El formulario, ¿lo trae relleno? ¿Y el impreso de solicitud? La firma… ahí, eso es señora, es ahí dónde tiene que firmar.

Esa silla de tela en la que le sudaba el culo, ese mostrador de color blanco al que no lograba encaramarse sin ponerse de pie debido a su escasa estatura, ese bolígrafo que nunca pinta y que está amarrado a una cadenita para evitar que los clientes se lo lleven y que al final hay que cambiar por otro. Ese dolor de espalda y de riñones, tanto sube y baja, esas pupas en el trasero por el roce del pantalón con el sudor que provocaba esa maldita silla, esas ocho horas sin resuello para un café… ¡ese salario de mierda!

¡Augusto! ¡Gusti! ¡Gus! A la mierda yo, mi nombre y mis circunstancias, se decía cada tarde, a eso de las cuatro. Valiente sinvergüenza está hecho Fernández, a menudo sitio me trajo a trabajar.

Quedaban doce minutos para la llegada del autobús, Augusto se secaba el sudor con un pañuelo de tela que guardaba en el bolsillo derecho de su pantalón y el asfalto brillaba a cierta distancia, castigado con fuerza por los rayos del sol. ¡Ni una marquesina! ¡Ni una puta marquesina!

Tan tediosa era la espera, tanto calor hacía, que Augusto se intentaba distraer contando los pocos coches que pasaban por aquella calzada que venía de la nada y terminaba perdiéndose en la cuenta, agotadas sus meninges por los impresos de solicitud y el sofocante calor.

Cuatro minutos, solo quedan cuatro minutos, se dijo mirando su reloj de pulsera. Solo tengo ganas de llegar a casa, de darme una ducha fría y de tumbarme en el sillón a ver la tele. Tan a gusto… ¡Ja! Augusto se sorprendió a sí mismo rompiendo en una sonora carcajada: Tendré que cenar, porque tendré hambre, y no sé cocinar y esta mierda de sueldo no me da para pedir algo a domicilio y al final me veo saliendo a la calle de nuevo, a las nueve y media de la noche que parecen las cuatro de la tarde, porque sigue haciendo mucho calor, camino de casa de mi madre para llegar como el que se deja caer en un sitio por casualidad y esperar a que me digan, ¡Augusto, hijo, quédate a cenar! Y ahí está Augusto, devorando la comida casera y contundente de su madre, que hace acopio de calorías e incrementa la sensación térmica de cualquiera, sudando de nuevo en la banqueta de madera de la cocina de su hogar de soltero, con su padre al lado, fumando un cigarrillo tras otro (Augusto no soporta el humo del tabaco) y haciendo comentarios grotescos sobre los programas que ve en la televisión, siempre con el volumen muy alto.

Un bulto oscuro apareció al final de la carretera. Debe ser el autobús, pensó Augusto, que confirmaba su presagio según se acercaba el vehículo. Éste paró junto al poste de la parada y Augusto subió a toda prisa, con los dedos cruzados en el bolsillo, soñando con el aire acondicionado que le librara del calor que desprenden las lunas azotadas por el sol.

–¡Hombre! ¡Por fin un pasajero en esta línea!

La empresa había cambiado de chófer o, tal vez, el habitual estaba de vacaciones. Y el aire acondicionado refrescaba la cabina del autobús y bajaba los líquidos de Augusto que pudo respirar por fin y aliviarse del sofoco que traía consigo.

–Ya veo que usted sí que pone el aire acondicionado.

–Faltaría más –dijo el conductor con voz aflautada–. Pase, pase, elija buen asiento y siéntase a gusto.

Perder el tiempo

Estaba encerrado en casa, tirado en el sofá, con un ojo pendiente de un partido de segunda que daban en la tele, a la que había quitado el sonido, y con otro intentando terminar una novela un tanto pesada de un director de cine metido a escritor. El rótulo de la esquina superior derecha del televisor se mantenía terco en el cero a cero ante las constantes ocasiones de gol falladas por los jugadores del Rayo, que no era mi equipo pero sí al que más simpatía tenía de los dos que estaban jugando. De hecho, ahora mismo soy incapaz de recordar cuál era el equipo rival. Tal vez fuera el Girona, sí, quizás fuera el Girona, pero tampoco estoy seguro del todo.

Aquella mujer seguía sin saber muy bien qué estaba haciendo en aquella isla y qué demonios buscaba en ella. Y llevaba ya cuatrocientas páginas leídas. Me levanté del sofá con parsimonia, dejé el libro sobre la mesita de fumador y estiré mis brazos hacia el techo para desentumecerme. Después me arrastré hasta la cocina, bebí un trago de agua fría de la botella de la nevera y busqué algo para picar. Ese algo no fue más que una triste loncha de jamón de york, de ese que viene envasado en paquetes de plástico imposibles de abrir (el mío, además, estaba ya agonizando). Hice repaso de la lista de la compra: a simple vista necesitaba huevos, mermelada de cerezas para las tostadas de Silvia, algo de fruta, yogures de limón, cervezas y algo con más sustancia a la hora de llevarse un bocado a la boca a eso de la media tarde.

Regresaba al salón por el pasillo, con un paso lento y cansado, arrastrando las chanclas y fijándome en lo abombada que estaba la tarima, cuando me sobresaltó el timbre de la puerta. Era domingo por la tarde, apenas si eran las siete y hacía mucho calor afuera. Finales de junio, tal vez. No estaba esperando a nadie. Silvia se había llevado a los niños a la piscina de su hermana y nadie había amenazado con visitarme sin motivo aparente. Antes de salir pasé por mi cuarto, me puse una camiseta y me atusé el pelo frente al espejo de pie ante el que Silvia se cambia de vestido del orden de tres o cuatro veces cada mañana.

No había nadie en la puerta cuando alcancé a abrirla. Tan solo un hombre desaliñado, demasiado abrigado para las alturas del año en que nos movíamos, se alejaba por la acera abajo. La puerta metálica que separa el patio exterior de la calle estaba abierta y nadie más se cruzaba en mi campo de visión en ese momento. Deduje que fue aquel tipo el que llamó a la puerta y que, cansado de esperar a mi pachorra (que si la camiseta, que si el espejo), decidió marcharse.

–¡Eh! ¡Oiga! –le grité desde el umbral–. ¿Quería algo?

El tipo se giró sin mucho ánimo y me dejó entrever su cara sin afeitar y bastante sucia. El pelo despeinado le cubría la frente y en una mueca extraña que a mí me pareció una sonrisa creí descubrir un diente de oro que brillaba casi tanto como el sol que a esa hora sacudía la calle donde vivo. Después se dio la vuelta y siguió su camino.

Me quedé en la puerta un rato, intentando adivinar a dónde iba y comprobando que no era más que un mendigo que se pararía en las casas de mis vecinos para seguir pidiendo limosna. Pero nada de aquello ocurrió. El tipo desapareció tras una furgoneta aparcada junto al bordillo, entre dos olmos de copas frondosas.

Yo me encogí de hombros y volví a rastras hasta el salón. Desde la mesa de fumador, una mujer con el rostro cubierto por el pelo me miraba desafiante desde la portada de la novela imposible. Resoplé como lo hacen los funcionarios cuando les encargan algo que se sale de su rutina diaria y me tumbé en el sofá a mirar el partido. Gol del Rayo, había marcado el Rayo en el minuto sesenta de partido, tal y como informaba el rótulo del marcador. Rebusqué el mandó a distancia entre los cojines del sofá y subí el volumen del televisor. El locutor narraba emocionado un encuentro de mitad de la tabla en el que ninguno de los dos equipos se jugaba nada. Tal vez sí. ¿No fue esa la temporada en que el Girona ascendió a Primera? No lo recuerdo.

Sí que recuerdo que hablé por whatsapp con Silvia, que me mandó varias fotos de los niños bañándose en la piscina y que me preguntó por cómo llevaba la tarde.

–¿Ha llamado alguien? ¿Ha pasado alguien por casa?

¿Quién tenía que llamar? ¿Quién tenía que pasar por casa para romper mi tranquilidad? Vale, puedes llamarlo aburrimiento. A mí me da lo mismo. Lo que no entendía era esa pregunta de Silvia, sobre todo después del extraño episodio del mendigo o lo que carajo fuera aquel tipo que acababa de llamar a la puerta. Tal vez no fue él, me recordé a mí mismo con el único ánimo de ahuyentar a los fantasmas y de pensar en otra cosa. Volví a beber agua a la cocina y de fondo escuché como la tele narraba el segundo gol del Rayo. Esto está hecho, pensé. Volví al salón y, sin sentarme, vi la repetición del gol (un churro de rebote). Luego me acerqué a la ventana para ver qué pasaba por la calle. No vienen todavía, es pronto, dije justificando mi acción en una repentina preocupación por la llegada de Silvia y los niños. Nada más lejos. Estaba buscando al tipo que había llamado a la puerta. De pronto, la furgoneta tras la que había desaparecido arrancó el motor y se marchó y descubrió al tipo abrigado y desaliñado sentado en el suelo y recostado sobre uno de los olmos. Estaba fumando y parecía contar algo con las manos. Desde mi perspectiva parecían billetes: no, no puede ser, es un mendigo, me dije.

–¿Cómo va la novela? ¿La habrás terminado esta noche? Me apetece un montón empezarla.

Silvia me reclamaba al whatsapp y me recordaba que la mujer de la isla me esperaba sobre la mesa. Quité el volumen al televisor, abrí el libro por la página en que lo había dejado –suelo usar de marca páginas una de mis tarjetas de visita, a veces pienso que con el objetivo inconsciente de no olvidarme de quién soy– y retomé la lectura. La niña seguía tan repelente como siempre, las vecinas de la protagonista no avanzaban en sus propias tramas y la mujer que andaba buscando no sé qué seguía haciendo gala de una zozobra desproporcionada.

El timbre sonó de nuevo. Recé por que fueran Silvia y los niños y poder salir por fin de aquel agujero en el que yo solo estaba empezando a hundirme. Una cerveza en alguna de las terrazas del barrio, quizás hubiéramos quedado a cenar con mis cuñados o con otras parejas de amigos… Chanclas, camiseta y paseíto hasta la puerta para toparme con la nada de nuevo, aunque esta vez el tipo estaba demasiado pegado al murete que separa la calle de nuestra casa:

–¡Oiga! ¡Me quiere decir qué le pasa! Si no se explica no podré ayudarle.

El tipo movió el labio superior y volvió a exhibir impúdico su diente de oro. Después caminó hacia mí y se colocó junto a la puerta de casa. Llevaba varias bolsas de plástico en la mano derecha y de su hombro colgaba una mochila raída y, en apariencia, bastante cargada.

–Si me va a pedir limosna, me temo que no podré serle útil. Mi mujer se ha llevado todo el dinero a la piscina y…

–No me gusta que me hagan perder el tiempo, haber empezado por ahí –me dijo el tipo con una voz ronca, como si saliera de una caverna.

Después se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Estupefacto ante la reacción del mendigo –a estas alturas ya no tenía dudas de que fuera tal cosa– volví al sofá y volví a mirar a la tele. Un busto parlante daba las noticias, por lo que deduje que el partido del Rayo habría terminado ya. Miré la hora en el móvil, busqué en Twitter el resultado final y acudí al whastapp para preguntar a Silvia por su planes.

–Conduciendo –me dijo sin más.

Deben estar de camino, pensé. Terminé el capítulo que había dejado a medias y pronto me di cuenta de que había pasado la tarde en balde. Ni había visto el partido ni había avanzado con la lectura de la novela de la isla dichosa. Volví a la nevera, tomé la última loncha de jamón de york que quedaba en el blíster y di otro trago largo de agua de la botella (cuando estoy solo aprovecho para beber a morro).

De vuelta al salón, volvió a sonar el timbre. Al otro lado de la puerta escuché a los niños discutiendo y un suspiro de alivio se escapó de mi boca. Cuando abrió se echaron los tres sobre mí. Me besaron, me abrazaron y me aturullaron con sus aventuras en el agua: ahogadillas, chapuzones y hasta un picotazo de avispa sobre la rodilla de Nacho, que lucía más roja que su bañador.

–¿Dónde está vuestra madre? –pregunté con cierta ansiedad.

Pronto la escuché hablar y entonces salí al patio exterior a recibirla.

–¡Silvia!

–¿Qué te pasa, cariño? ¿Estás bien? ¡Estás totalmente pálido!

Aquella fue la reacción a ver a Silvia camino de casa acompañada del mendigo que había llamado ya dos veces a la puerta.

–Venga por aquí, que seguro que queda algo de jamón de york para que al menos pueda comer algo.

Mi mujer me apartó de un manotazo –tómate una cocacola o algo, a ver si te sube la tensión, me dijo– y abrió paso para que entrara el mendigo. Éste solo se volvió cuando estaba ya encarando el pasillo. Lo hizo para mirarme con su sonrisa sardónica, de la que se escapó de nuevo el brillo de su diente de oro.

–Cariño, creo que me voy a tumbar un rato, a ver si soy capaz de terminar la novela.

Oye, Norma…

No parecía éste el sitio en el que fuera a encontrar a Norma. Sin embargo, la encontré aquí, en esta casa de piedra cerrada con este portalón de dos piezas y situada a la retaguardia de un patio muy fácil de cruzar. Apenas si tiene veinte o veinticinco pasos que no necesitan de torcerse para alcanzar la puerta que da acceso a la vivienda. Sentada en una butaca de mimbre, acolchada en la espalda y de patas robustas, estaba la pobre Norma. De un primer vistazo parecía abatida. Como cansada de vivir en un cautiverio al que se vio sometida sin quererlo. Ésa es al menos la primera idea que obtuve de aquella estampa. No obstante, y al cabo de estar allí, de pie, junto a ella, pude descubrir que sus sensaciones eran otras.

Norma estaba feliz y plena. Había descansado durante varios días, según me dijo: de la cama al sofá y del sofá a la cama. Por las tardes se daba un baño caliente, con un libro y un buen vaso de whisky y solía comer ligero, ensaladas muy frugales sin apenas proteínas. Necesitaba algo así, una temporada alejada de todo. No podía soportarlo más, ¿sabes? He tenido mucho tiempo para pensar, para recomponer mis ideas, para darle una vuelta al futuro que espera ahí afuera.

Ahí afuera no hay futuro que valga, le dije yo, solo existe el presente y discurre lento, muy lento. Aquella aldea era una mota parda sobre los campos de cereal vistos desde las alturas. La rodeaban varias calles cortas y estrechas, escoltadas, eso sí, por hileras de plátanos muy altos que abrigaban del calor a las casas de barro y adobe que conformaban aquel poblado. Eran casas de dos plantas, en su mayoría, de fachadas encaladas unas y simulando el ladrillo visto las que más. De ladrillo visto era la casa que daba cobijo a Norma, que solía salir a la acequia de detrás de los árboles para coger agua fresca para beber. En mi otra vida nunca me vi haciendo tal cosa, siempre pensé que el agua fría era producto de la nevera. Única y exclusivamente. Hacia el interior de la aldea, al final de varias callejuelas angostas que terminaban allí, había una plaza mayor que era tal porque así lo decía en las placas identificativas: “Plaza Mayor”. Era una plaza porticada que acumulaba en los soportales unas placas de hielo que permanecían allí durante gran parte del invierno frío y seco.

Dicen que esto es otra cosa, pero yo sigo teniendo frío, me dijo ella cuando nos metimos en la cama la noche en que la encontré. El mes de mayo cabalgaba ya con rabia sobre el calendario, pero las noches requerían de una manta en aquel lugar tan inhóspito para gente como Norma o como yo, tan acostumbrados a vivir de noche, a pelearnos con los fotógrafos cuando ella salía de cenar de algún restaurante con alguna amiga, con el rímel corrido de tanto llorar, a coquetear con las drogas en los retretes. Vivíamos de noche y soñábamos de noche también. Soñábamos con que alguna de sus películas fueran por fin un verdadero éxito de taquilla y con ser ricos, verdaderamente ricos, gracias a su talento. Lo hacíamos siempre en reservados en los que no faltaban ni el alcohol ni la coca, casi siempre de mala calidad. Advertíamos un futuro en el que éramos capaces de rechazar entrevistas –Norma no habla con vosotros, Norma está muy cansada, Norma hablará cuando a ella le apetezca–, de apoyar a la izquierda en las elecciones legislativas e incluso de grabar algún disco con el musical que siempre soñó con protagonizar. Entre tanto, Norma pasaba por demasiados castings y demasiadas camas, incluida la mía. Bebía demasiado y comía muy poco, se dejaba caer por algunos de esos programas que mastican la carne de cañón con colmillos afilados y molares devastadores.

Hacer el amor esa noche era algo extraño para los dos. No estábamos habituados a follar sin ruido. Sin los cláxones que sonaban bajo el hostal de Princesa en el que dormíamos cuando andábamos por Madrid, sin la música retumbando en el tigre de las discotecas a que me arrastraba ansiosa cogido por la bragueta. Ella entraba con violencia y yo cerraba como podía la portezuela de madera, atascándola con la papelera o con lo primero que encontraba en aquellos espacios que apestaban a orín y a humedad. Después le subía el vestido por encima de los muslos, le bajaba las bragas y la penetraba mientras le cerraba la boca con mi mano abierta. No chilles, joder, le decía mientras la empujaba contra la pared o mientras ella se movía sobre mí, sentado en el wáter. Otras veces follaba con otros y yo la sorprendía cuando acudía al baño para aliviarme o para ponerme una raya. Entonces apartaba al fulano de un empujón y volvía a penetrarla. Justo después le quitaba el bolso de las manos y me llevaba la pasta que ganaba prostituyéndose.

Follar en aquella casa era otra cosa: era escuchar al silencio de fondo, si acaso el ruido que hacen las neveras por la noche, cuando la quietud lo invade todo y solo la rompe el aullido de un lobo cercano y nervioso.

–Que sensación tan extraña –dijo Norma–. No recordaba que el sexo fuera esto.

Yo solo pude guardar silencio. Tampoco recordaba el sexo de aquella manera. Norma estaba tendida sobre la cama, desnuda, mirando al techo de la habitación en la que solía dormir desde que llegó allí, hacía mes y medio. En la casa había otras tres, pero me comentó que aquella se iluminaba por la mañana solo con el sol que se colaba por la ventana.

–¿Cuándo te vas? –me preguntó. Después giró su cuerpo hacia la ventana.

–No lo había pensado. Igual debería quedarme contigo unos días, hasta que tú también te decidas a volver.

–A volver a dónde –contestó Norma, con una insolencia inhabitual en ella. Jamás tuvo una mala palabra para conmigo.

–A Madrid. La gente, el público… te están esperando.

–No pienso hacerlo. Al menos de momento. Así que, por mí, te puedes marchar ya mismo. Si no te apetece, quédate a dormir y te vas mañana. Hay camas de sobra.

Después se levantó, se puso una bata de seda y se encerró en el cuarto de baño. Desde el pasillo se oía el ruido del grifo. Norma estaba llenando la bañera. Estaba junto a la puerta del baño cuando salió desnuda. Me apartó de un manotazo y se metió en la cocina.

–¿Qué? ¿Te vas ya o te quedas a dormir?

Salió enseguida con un vaso lleno de hielo en una mano y una botella de Cutty Shark en la otra.

–Igual no deberías beber tanto, Norma. Así es muy difícil que te recuperes.

–Igual tú deberías largarte ya, ¿no?

El portazo retumbó en toda la casa. Después un trueno hizo vibrar todo el espacio y la lluvia empezó a arreciar fuerte en aquella aldea. Salí al patio para ver con mis ojos el diluvio. El cielo estaba cerrado, la nube amenazaba con prolongarse al menos durante un par de horas. Así se lo hice saber a Norma desde la puerta del baño.

–¿Qué sabrás tú de nubes? –me dijo desde la bañera, otra vez con insolencia.

Abrí la puerta. Su cuerpo era invisible desde mi posición. Estaba cubierto de espuma. Solo su cabeza asomaba, recostada sobre el borde de la bañera. Llevaba el pelo mojado y salpicado de espuma. En el borde reposaban el vaso lleno y la botella de whisky, un cenicero lleno de colillas y un paquete de Marlboro. Yo estaba en calzoncillos y descalzo, fumando también. Lo hacía de forma ansiosa. En Madrid nos esperaban muchas cosas: nos esperaba la noche, sí, otra vez la noche, y nos esperaban algunos contratos en discotecas, un par de programas del cuore y algunas deudas que nos perseguían desde hacía meses. Eso solo lo solventaba Norma, pero Norma no estaba en esas.

–Oye, Norma…

–¡Quieres cerrar la puerta y dejar de molestar!

Así lo hice. Cerré la puerta y dejé de molestar. Crucé el patio bajo la lluvia, que golpeaba con crudeza el suelo de terrazo. Un relámpago iluminó mi huida hacia el coche, aparcado bajo uno de los árboles que escoltaban el refugio de Norma. Hice el viaje acompañado de un terrible dolor de cabeza y de la maldita tormenta, que seguía descargando un aguacero a mi paso por aquellas carreteras comarcales.

Llegué a Madrid entrada la noche. Debían ser más de las once. Dejé el automóvil en un aparcamiento de la Plaza de España y decidí comer algo antes de subir al hotel de la calle de la Princesa en el que pasaba las noches con Norma. Entré en uno de esos bares que abren hasta muy tarde, tal vez las dos o las tres de la mañana, y mientras digería una hamburguesa con patatas fritas en una amistosa charla con el camarero, un tipo vestido de traje y zapatos italianos se colocó junto a mí para exigirme el cobro de un par de contratos en una discoteca que Norma se había merendado con su estúpida idea de huir. Dijo que era el abogado del local al que Norma había plantado y que al día siguiente registraría una nueva demanda contra mí y contra la artista. Contra la artista, así lo dijo. Cuando se fue pedí una copa de ron y después otra. Robé en el bar el periódico del día y subí a la habitación del hotel en el que tantas noches pasé arropado con Norma.

Ojeé el diario como quien lee una vieja novela del oeste que ha leído varias veces por aburrimiento. Las noticias se preocupaban de gente más importante que Norma, pero la ruina, mi ruina, rondaba por mi cabeza con más frecuencia que la crisis del lino o la toma de posesión de Berlusconi como primer ministro en Italia.

Desperté a eso de las once de la mañana, con una tremenda sensación de resaca, emocional más que otra cosa, porque apenas si había bebido y no había probado las drogas la noche anterior. Agarré el mando de la tele, que reposaba en la mesilla junto al diario, el paquete de tabaco, la cartera y un puñado de monedas, y la encendí. La imagen de Norma, en una foto de archivo, me dio la bienvenida en la pantalla, colgada de la pared situada frente a la cama. Las sábanas eran ásperas y el olor a lejía invadía todo el cuarto. Una de esas presentadoras estrella de las mañanas, a la que habíamos visitado en alguna ocasión para subirle la audiencia, anunciaba en exclusiva la muerte de Norma. Un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba abajo. Alguna lágrima se escurrió por mi cara, demacrada ahora frente al espejo del baño. El teléfono de la habitación comenzó a sonar con insistencia. Yo me metí en la ducha, me masturbé dibujando a Norma en mi mente y pensé en el trayecto que me esperaba hasta la aldea donde, la tarde antes, la había dejado sola. Pagué la estancia con el poco dinero que me quedaba y una vez colocado frente a la puerta del coche, con la llave en la mano, decidí que prefería desayunar primero. No estaba demás alargar la tragedia y poder pagar con ella las deudas que dejó en tierra la buena de Norma.

El Aranjuez de Sampedro

Se sentaba sobre un sillón orejero. En él, ayudado de un tablero, improvisaba un pupitre sobre el que escribía y en el que también leía los diarios. En esa posición lo encontré en su casa del barrio madrileño de Argüelles hace ya más de diez años. Acudí hasta allí para entrevistarle junto a mi amigo y compañero Paco Novales. Era una mañana cálida, creo recordar que del mes de junio: grabaríamos la entrevista, la emitiríamos en la radio por la tarde y la publicaríamos al siguiente viernes en El Espejo.

Cuando salimos de aquel piso, acompañados por él hasta el ascensor, entendimos que era imposible desmitificar la intensa relación que se había labrado entre Aranjuez y José Luis Sampedro. No he encontrado el texto en mi archivo, pero es imposible olvidar como en cada una de sus respuestas (amables y generosas con dos burriatos que se iniciaban en esto del periodismo) se deslizaban siempre a sus vivencias y a sus amigos en Aranjuez. Tanto amor y respeto sentía por el Real Sitio que su contestador automático hizo una excepción cuando solicitábamos la entrevista y nos derivaba al años dos mil y no sé cuántos. Si son de Aranjuez, que vengan cuando quieran.

El amor de Sampedro por Aranjuez quedó reflejado también en su discurso de entrada en la Real Academia de la Lengua (1991). Así lo recordó este sábado la profesora Alicia Pascual durante la presentación de la Ruta Literaria de José Luis Sampedro en Aranjuez, que tuvo lugar en el Centro Cultural Isabel de Farnesio: las frondas de los árboles centenarios, los faisanes machos, la soledad frente a los dioses o la cara entre los barrotes de la verja del jardín, caída la noche del verano… Eran estos algunos de los elementos que despertaron en el joven José Luis su vocación de escritor y que ilustraron ‘Rea Sitio’, “la novela por excelencia sobre Aranjuez”, según Pascual.

Es precisamente el personaje de Marta en esta novela el que ha servido para trazar esta ruta en la que han trabajado también el arquitecto Alfonso Segovia y el periodista y escritor Ricardo Lorenzo. Un espacio se revela como fundamental en esta ruta: la calle de la Reina, “frontera entre el mundo cortesano y el mundo villano”, explicó Lorenzo, exhibiendo una apuesta rotunda por convertir a Aranjuez en sede de la Asociación de Amigos de José Luis Sampedro tras una experiencia repleta de vaivenes en Alhama de Aragón. Para ello, evocó el periodista a Max Aub: “Uno es de donde hizo el bachillerato”.

José Luis Sampedro llegó al Real Sitio en 1930. Su padre, médico de profesión, había sido destinado al Colegio de Huérfanas de Santa Cristina. Es este espacio, que hoy ocupa el Centro Cultural, el que da inicio a una ruta que avanza hasta su casa de la calle Primavera (alguien tan lleno de vitalidad como Sampedro solo podía vivir en una calle así), desde la que escuchaba los gritos de una vieja que vendía churros en una cesta de mimbre los sábados por la mañana: ¡Mingas calientes!, gritaba ella calle Capitán abajo, y los chiquillos le respondían con guasa, ¡para las viejas que no tienen dientes! Así lo contó Sampedro en el Patio de Armas de Palacio en 1990, cuando fue nombrado Amotinado Mayor de las Fiestas del Motín.

De allí, de Primavera esquina Capitán, la ruta se acerca hasta el Hotel Pastor (hoy colegio Sagrada Familia), hasta la calle de la Reina o hasta la barandilla sobre el Tajo del Jardín de la Isla, una de las fotos más emblemáticas de Sampedro en Aranjuez, recogida en uno de los marcapáginas diseñados por la Librería Aranjuez en el centenario del escritor. Todos echaron de menos la ausencia de la librería de Paco y Esperanza en esta ruta, a la que se pone fin en la Plaza de San Antonio.

De izquierda a derecha: Ramón Peche, Alicia Pascual, Ricardo Lorenzo y Alfonso Segovia.

Lorenzo defendió que “la mitomanía del lector no es más que poder llegar a un lugar y evocar y convocar allí al autor en cuestión”. Es algo que sucede con frecuencia en Baeza o en Soria, lugares de paso de don Antonio Machado. Y por eso reclamó una estatua de bronce que pueda sentarse junto al Jardín de Isabel II a contemplar el paso de los días en el Aranjuez de Sampedro. La sociedad ribereña le debe mucho al autor de ‘La sonrisa etrusca’, ‘Octubre, octubre’ o ‘La vieja sirena’.

Pronto nos toparemos con él, con su altura en bronce y su mirada tierna, y podremos convocarle a los lugares en que fue feliz y en que decidió hacerse escritor. Sampedro es un ribereño más porque en Aranjuez hizo el bachillerato.

La posverdad sigue su curso. Como si tal cosa

Las campañas de la derecha contra el Estatut de Cataluña, aprobado por el Parlament y por el Congreso de los Diputados, o contra la política antiterrorista de los gobiernos de Zapatero (que lograron poner fin a tantos años de barbarie) son el mejor ejemplo de que la posverdad no es una cosa actual ni consecuencia del aterrizaje forzado de Donald Trump en la Casa Blanca. Dejemos a un lado el empeño en torcer la realidad que durante años hemos estado viviendo en torno a los atentados del 11M como ejemplo palmario de esa posverdad.

Es esa, sin duda, una de las conclusiones a extraer del coloquio que organizó este jueves el Ateneo de Izquierdas de Aranjuez con el periodista Jesús Maraña, director editorial de Infolibre. Con el espíritu calmado y sereno propio de un castellano de León, Maraña puso al descubierto que esto que ahora se llama posverdad no es nada nuevo, no es más que una mentira que se repica desde tantos puntos diferentes que termina calando en la sociedad como si fuera verdad. Mentira emocional, la llaman.

Nadie en su sano juicio ubicaría a un multimillonario como el actual presidente de los EEUU fuera del establishment. De la casta o de la trama, que diría el muchacho de la cola de caballo. Sin embargo, jugando con conceptos que siguen encallados en el alma del americano de a pie como lo es el gran sueño americano, Trump basó su campaña en hacer creer a sus compatriotas que solo él representaba la defensa de los ciudadanos frente a los intereses de la clase política y empresarial norteamericana. Basta ver cómo crecen los negocios de su hija Ivanka para darse cuenta de que la mentira es tan evidente que no necesita siquiera de subterfugios verbales.

El éxito de su mensaje, el de Trump, radica en su campaña de acoso y derribo contra algunos de los más reputados medios de comunicación estadounidenses. Dice Maraña que la imagen que mejor ilustra esa estrategia, que ha cambiado el concepto tradicional del trabajo periodístico, es la portada del New York Times en la que el diario le acusaba directamente de mentir.

Aaron Sorkin ya avanza esa nueva fórmula en uno de los capítulos de su serie The Newsroom: un periodista viaja en la caravana del candidato republicano Mitt Romney. En una rueda de prensa, a bordo del propio autobús, el reportero acusa al candidato de estar utilizando datos y estadísticas falsas. El periodista es apeado del autobús, de noche y en medio de una autovía. La posverdad sigue su curso. Como si tal cosa.

Se acabó la equidistancia, el cruce de opiniones (no digo ya del cruce de dimes y diretes, tan recurrente en nuestros medios y en especial en la TV pública) y la neutralidad mal entendida: “Nadie puede ser neutral ante la violación de los derechos humanos”, dijo el periodista para recordar lo evidente e intentando hacer ver a la concurrencia que el periodismo independiente no tiene la obligación de ser neutral. Los hechos, siempre contrastados, también requieren de una opinión desde la honestidad propia de quien ejerce este precioso oficio que es el periodismo y no desde una objetividad que no es tal porque no existe.

Los grandes medios están hoy dirigidos por sus acreedores y han descubierto en Internet un negocio y no una extraordinaria herramienta difusora de información. Priman las visitas, el tráfico, los likes y los retuits sobre la información bien trabajada.

Sin embargo, existen ya algunos ejemplos de ese buen periodismo independiente. Así lo ejerce Maraña en Infolibre y en Tinta Libre, intentando sobrevivir a la crisis de credibilidad que tienen hoy el periodismo y la política, poniendo en jaque proyectos como el de la privatización de la sanidad en Madrid o desvelando negocios oscuros que ayer, sin ir más lejos, dieron con sus responsables en la cárcel.