Cerrado hasta Reyes

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El bullicio se apodera de la calle. La gente grita, salta y brinda con copas de plástico. Hay alguna cámara de televisión grabando imágenes de abrazos, de risas y de lágrimas emocionadas. También se acercan los curiosos, los que se suman a la algarabía sin tener nada que celebrar, sin ser conscientes de que se acerca el fin de mes y de que quizás mañana, pasado a más tardar, tengan que pasar frío en casa. Los envidiosos y los usureros, en su mayoría empleados de banca y de las compañías aseguradoras, también merodean por la zona y se apartan para dejar salir a un tipo de talla normal, vestido con ropa normal y de rostro normal.

El tipo camina despacio, mirando a un lado y al otro, advirtiendo la alegría en los rostros de los que allí se amontonan. Hay cánticos, carcajadas y un señor mayor toca el acordeón para que los demás bailen. Lleva las manos en los bolsillos y en una de ellas –la imagen que evoco me haría jurar que era la izquierda– aprieta un trozo duro de papel. Sí, es un décimo premiado en el sorteo de Navidad de la Lotería Nacional. Lo está arrugando, lo ha convertido en una pequeña bola que le cabe de sobra en el puño, pero no parece preocupado por ello. Más parece que le preocupan otras cosas, porque no deja de buscar a alguien con la vista. Alza la cabeza, la mueve de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, y el rostro se le va volviendo gris. Su semblante cabalga entre la tristeza y la rabia. Aprieta aún más los puños en el bolsillo del abrigo. Es un abrigo normal, un tres cuartos negro de paño, acolchado por dentro, parece recio. Comienza a acelerar el paso como si estuviera huyendo de algo o de alguien. Es otro hombre, algo mayor que él, que fuma sin parar y que lleva una botella de cava en una mano, el que le frena en su deserción. El hombre le abraza, le besuquea la cara e intenta colocarle la botella en los morros. Sin embargo, el tipo se resiste, agarra a su colega por los brazos y le habla con cara de desesperación. El hombre del cigarrillo y la botella se encoge de hombros y hace gestos de no saber. A veces es difícil diferenciar entre la ignorancia y la indiferencia. Este es uno de esos casos. Sin duda.

Ahora sí. Ahora el tipo normal del abrigo normal ha logrado dejar atrás a la multitud festiva y ha entrado en la tienda del barrio, vacía a esas horas de mujeres: que si el pan, que si la leche, que si media docena de huevos, que si algo de fruta. Abre las cortinillas de plástico y pasa dentro un rato no demasiado largo. Al salir, la dependienta le despide en la puerta con una palmada en la espalda. Lo mira con cara de tristeza durante unos segundos. Después, echa la llave a la puerta, coloca un cartel de “Cerrado hasta Reyes” con un trocito de celo y se dispone a unirse a la fiesta. Sí, a ella también le ha tocado el gordo.

El hombre, con sus manos en los bolsillos, sigue su camino. Para en un par de bares, habla con el quiosquero (luce un gorrito de Papá Noel que se le antoja ridículo, casi ofensivo) y con un par de vecinos con los que se encuentra en el portal de casa. Su cara es la del tipo que se espera lo peor. Sube los escalones de uno en uno. Es como si llevara dos botas de cemento en los pies y los bolsillos llenos de piedras. Pero no. En los bolsillos lleva los dos puños apretados y en uno de ellos lleva deshecho un décimo premiado con el gordo. Saca las llaves del pantalón y entra en casa como el que entra en el hospital con la única esperanza de que el oncólogo le diga que no le quedan tres meses de vida, que solo le quedan dos días. Tampoco hay rastro de ella en la casa. Y van ya tres días. En la puerta de la nevera sigue la nota que le dejó pillada con un imán, recuerdo de las últimas vacaciones en Rota. La playa, la casita con piscina, los pescados a la brasa, el barbadillo siempre frío y el mercadillo donde compraron el imán. Arruga la nota y la guarda con el billete de lotería en el bolsillo de su abrigo. Abre la nevera, de un trago da fin a la botella de vino que dejaron sin consumir durante la última cena y después sale al balcón. En una caja de cartón, en la que guardan cosas inútiles, arroja los dos pedazos de papel. Ni siquiera uno ha sido capaz de anular al otro. Ni todo el dinero del mundo alcanza a sujetar a quien no te quiere, se dice. Después, de la misma caja saca una cuerda de soga, la anuda alrededor de su cuello y se cuelga del balcón.

Pozos sin fondo

A don Rodrigo le llamó especialmente la atención aquella noticia. Hojeaba el periódico como cada mañana, acompañándolo de un delicioso desayuno propio de los grandes magnates que se retratan así en las películas, con su batín de seda y una mesa suculenta y exagerada a la que no le faltan los zumos de frutas naturales, la bollería recién hecha, el pan tostado y el café de Brasil con dos de azúcar, cuando se topó con una crónica que le despertó una sonrisa en su cara de moneda de diez duros: “Un banco atraca a un hombre armado y la cara cubierta con una media”.Lo cierto es que la noticia estaba tan bien escrita –entraba en todos los detalles, con un lenguaje certero y cargado de matices– que a don Rodrigo se le abrió el cine en la mente. Parecía estar viendo una película de poco más de cinco minutos, con todos sus actores bien definidos y con un guión digno de Pedro Masó adaptado a los tiempos de la crisis y de los gánsteres de traje y corbata. Mojaba don Rodrigo el cruasán en el café con leche de soja, se limpiaba la rebaba con una servilleta bordada en hilo negro, y se topaba con un empleado de banca situado al otro lado del mostrador, sobre el que no le faltaban sus folletos de planes de pensiones ni su bolígrafo atado a la madera con una cadenita de chichinabo. Aburrido y a la espera de clientes, aquel tipo de sangre fría leía un libro de Eduardo Mendoza sobre la vida de tres santos cuando un tipo alto y espigado, vestido con una gabardina sucia y un gorro negro de lana, entraba en el banco con gesto de pocos amigos. Llevaba el rostro cubierto con una media –¿cómo si no?– y las manos en los bolsillos del gabán. En una de ellas, aparentaba llevar un arma de fuego.

–¡Esto es un atraco! –dijo (como no podía ser de otra forma).

–Efectivamente –respondió lacónico el empleado perezoso, marcando la página en la que dejaba la lectura y apoyando el libro de Mendoza sobre unas carpetas de cartón que escondían apuntes contables, deberes y haberes, saldos y números rojos. Después sacó del cajón derecho de su escritorio una máscara de goma con cara de cerdito y se la ajustó bien a su carita, redonda y rematada en un flequillo canoso–. ¿Conoce nuestro plan de liquidez para botellas vacías? ¿Y nuestros seguros contra la desilusión? ¿Ha oído hablar de nuestros pozos sin fondo? ¡No! ¡Ya sé! A usted lo que le interesa es una cuenta contracorriente, con su tarjeta de crédito claro, con comisiones al alcance de todos. ¡Eso es!

–¡Angelines! –gritó don Rodrigo–. Acércame la corbata, la roja, sí, que tengo que ir al banco. Y con la servilleta de hilo negro, se limpió con remilgo los restos del banquete en su morro fino.

Instrucciones para dormir una siesta tradicional

Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.

Julio Cortázar (Instrucciones para cantar)

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Parece cosa evidente, pero antes de una buena siesta al estilo tradicional –enseguida conoceremos los pasos básicos a seguir– se hace necesaria una comida copiosa en grasas y proteínas, que produzca el efecto de modorra imprescindible para un buen descanso vespertino. Valga como ejemplo un buen cocido madrileño, al que no le falten una sopa de fideos muy caliente, su buena palada de legumbre aliñada con encurtidos (piparras y cebolletas en vinagre), un puñadito de repollo que ejerza su función en el intestino, un buen trozo de morcillo, otro de tocino, su punta de jamón y su parte de chorizo y de morcilla de sangre. Sirven también la paletilla de lechazo al horno, el besugo relleno y la fabada asturiana, todo a gusto siempre del consumidor y regado, a ser posible, de un buen vino de la tierra.

Justo después huye uno del café como de la quema, no sea que ejerza su función y nos espante a Morfeo, para desvestirse luego a los pies de la cama en el orden lógico. Más que nada porque se antoja difícil que uno pueda quitarse la camisa sin haberse quitado antes el jersey y lo mismo sucede con el pantalón, que no puede uno desprenderse de él si no se ha descalzado primero. Una cosa: conviene dejarse los calcetines si se es propenso a tener los pies fríos, teniendo en cuenta que la muerte siempre entra por los pies. Luego levanta uno el almohadón, saca el pijama de debajo, y se lo ajusta bien al cuerpo para no perder los calores del banquete.

Parece que lo propio del asunto es meterse ya en la cama a dormir, pero no. Hay que seguir unos cuantos consejos antes de caer en profunda dormidera: acuda el individuo al cuarto de baño, agarre el orinal de hojalata y límpielo bien debajo del chorro, colóquelo bajo la cama y encienda la luz de la mesilla. Baje entonces las persianas y eche bien todas las cortinas, porque un rayo de sol puede dar en el traste con todo este ejercicio de precisión.

Hablemos de la cama antes de introducirnos en ella. Las modas pasajeras aconsejan en estos tiempos, triviales y descastados, comprarse un edredón de plumas de ganso que deriva en sueño cómodo y ligero. Sin embargo, lo que busca una siesta tradicional, que, no olvidemos, es la que motiva hoy esta reflexión, es un sueño pesado y absorbente. Dejamos a elección el modelo de colchón –cada uno tiene su espalda y sus dolores propios– pero son obligatorios, a saber: las sábanas de franela, dos pesadas mantas zamoranas y una colcha de lana.

Con estos mimbres, se mete uno en la cama con cuidado de no deshacerla mucho. Se pone uno bocarriba. Mirando al techo, vamos. Ajusta el cuello a la almohada y se tapa bien hacia la mitad superior del pecho. Importante: colocar bien el embozo, sábana, manta, colcha, y colocar los brazos sobre el mismo, con las manos entrelazadas. Antes de cerrar los ojos, asegúrese de haber apagado la luz y de que bajo el almohadón tiene escondido el transistor para escuchar los partidos cuando se desperece allá sobre las seis. Las siestas así son aconsejables los domingos.

Una mujer muerta

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Envalentonado, el viento levanta una molesta polvareda a su paso por el camino de tierra, escoltado por unos cuantos árboles desnudos de hojas y de futuro. Al llegar a la calle principal, la que atraviesa esta vieja aldea de arriba abajo como una cicatriz, hace girar violenta la veleta de la torre de la iglesia, que aguarda al fondo, erguida no se sabe por cuánto más. El campanario lleva oxidado mucho tiempo, por la lluvia y por la nieve y por la ausencia de sonido en su interior. Las telarañas avanzan en sus recovecos y el badajo de la campana central lleva callado desde hace años. Un gato escapa veloz, escaleras abajo, para toparse con una racha de aire fanático que se cuela por el portalón roto de madera. El animal, escuálido, suelta un maullido aterrador que es incapaz de erizar la piel de un santo manco y manchado de pintura y de un cristo acostado sobre una cruz rota. Bancos partidos, un cáliz volcado sobre el altar de forja, un púlpito mudo y sediento de mentiras. Afuera está el cementerio, un espacio recoleto rodeado por una verja de hierro desgastado con la puerta abierta. Sus hojas se baten contra el viento, que revuelve las flores secas que en su día tiñeron de color las lápidas y las cruces, hoy vencidas por la historia. Más abajo, está la escuela. El viento huye de los soportales de la vieja plaza terriza y alcanza a colarse en una habitación desgastada. La pizarra cuelga solo de uno de sus vértices. No quedan rastros de ciencia ni de sabiduría. Un reguero de tinta seca se extiende sobre el tablero de la mesa y también sobre la tarima del profesor, partida por la mitad. El aire huye del pueblo por un callejón al que se asoma una ventana abierta y enrejada. Se introduce con cautela –apenas una ligera brisa– para descubrir una vieja cocina de formica, con los cajones abiertos, dos gatos dormidos sobre
la mesa y un olor estremecedor a podrido. Sobre el suelo de baldosas, un muerto. Parece más bien una muerta, descompuesta, sí, pero una mujer muerta. Un capazo del revés, una panera abierta y vacía, una sartén colgada de un clavo. Y el viento, asustado, que vuela despavorido levantando polvo y hojas muertas. Sí, estaba muerta. Una mujer muerta.la mesa y un olor estremecedor a podrido. Sobre el suelo de baldosas, un muerto. Parece más bien una muerta, descompuesta, sí, pero una mujer muerta. Un capazo del revés, una panera abierta y vacía, una sartén colgada de un clavo. Y el viento, asustado, que vuela despavorido levantando polvo y hojas muertas. Sí, estaba muerta. Una mujer muerta.

Octubre

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Son solo las cinco de la tarde y ya parece noche cerrada. El cielo está cubierto por unas nubes negras que se distraen descargando un aguacero que lo empapa todo. Desde la ventana del salón contemplo como salpican los coches a su paso por los charcos que el agua deja en la calzada.

–No deja de llover.

–No.

Vuelvo al sofá, me siento en el borde y miro contigo la tele.

–Es lo que tiene el mes de octubre. En octubre siempre llueve. Así al menos lo recuerdo yo.

–Sí.

–¿Quieres un café?

–Sí.

Tus respuestas no pasan de un monosílabo que empieza a ponerme nervioso y tus ojos no se apartan de la pantalla del televisor.

–Aún no entiendo cómo te pueden gustar esos programas.

–Sí, sí. Con dos de azúcar.

–¿Cómo?

–En el café, Chechu, en el café. Dos terrones de azúcar.

Hace frío en el pasillo. La sensación de humedad no solo se instala en mis huesos, también en los bajos de la pared, por los que asoman unos manchurrones negros que están descascarillando la pintura. Sí, pues estamos solo en octubre, menudo invierno nos espera.

Octubre, ahí está. Me está mirando desde la pared, desde ese calendario que Marañón nos regala cada año y que pinta él mismo. Parece observarme desde ese gran ojo que todo lo ve que es la O mayúscula de Octubre.

Enciendo la cafetera. Añado agua, un par de cápsulas de esas que compra Silvia por Internet y espero paciente sentado en la banqueta de madera que tenemos junto al frigorífico. Desde ahí alcanzo a ver el patio, sacudido por octubre de forma cruda. Las hojas de la parra caen al suelo inclementes. Al menos no tenemos ropa tendida. Cambio la taza en la cafetera. El aroma de la primera empieza a inundarlo todo, hasta el punto de que el gato, que dormitaba en su cesta hace solo un momento, viene veloz hacia mí.

–¿Tú también quieres café?

Se restriega contra mi pierna, cubierta por el pijama de invierno que saqué ayer del armario –es octubre, me dijiste, claro que te lo puedes poner– y huye de nuevo a su nido.

–¿Te pongo una nube de leche? –grito desde la cocina.

El calendario me observa y parece asentir: tarde de octubre, lluvia, café con leche.

–Sí, dos de azúcar –te escucho decir desde el salón.

Al final lo dejo por imposible. Preparo los dos cafés a mi gusto, con una nubecita de canela, incluso. Sujeto la bandeja por el pasillo, que parece ya menos frío, y me siento a tu lado en el sofá. De nuevo en el borde.

–El café.

–Octubre.

–Octubre qué.

–Que según la tele es el mes más lluvioso del año. Y que este está siendo el octubre con más lluvias en lo que va de siglo.

–Ya. Es lo que tiene. Tómate el café, que se enfría.

–No me gusta el café con canela. Prefiero una nube de leche.

–Y dos de azúcar, ya.

Regreso a la cocina a preparar otro café. Vierto el contenido de la taza en la pila y me sorprendo observado por el calendario de Marañón. Sí, ya lo sé, es octubre.

Lágrimas

Aquí estamos los dos, sentados al borde del sofá. Estamos abrazados y estamos llorando. La pantalla del televisor lanza gritos mudos. Sobre la mesa, vestida con un mantel anaranjado y manchado de grasa, descansan los restos de la última cena. Dos vasos casi vacíos, dos juegos de cubiertos, dos platos sucios. Afuera, en la calle, se advierte también el llanto del cielo. La lluvia golpea el asfalto y los cristales y genera un tintineo inquietante cuando las gotas chocan contras la rejas metálicas de la ventana. Noto tu respiración entrecortada y como tus mejillas humedecen mi hombro desnudo. Estamos desnudos, sí. Desnudos, abrazados y llorando. Una luz blanca nos ilumina, tanto que la estancia parece una habitación de hospital. Noto que me ahogo, que me falta el aire, y que por fin se abren los pulmones cuando un nuevo río de lágrimas logra desbordar mis ojos y arrecia con fuerza sobre tu piel desnuda, caliente, dócil. Una sombra de mujer cruza la ventana. Lleva paraguas y cazadora. La veo por encima de tu hombro, empañada por las lágrimas y las gotas que inundan el cristal de la ventana. Después pasa un coche, veloz. Y un autobús urbano. Y luego otro. Extiendo por fin la mano y acaricio el sofá hasta que agarro el revólver. Está tan frío que logra erizarme la piel.

La trenza dorada

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La tarde está templada y Juana se decide a salir a la farmacia. Antes de que caiga la noche, se dice mientras coge el bolso, segura de que no se olvida nada sobre la cómoda del recibidor. Como cada vez que se acerca al pueblo, Juana sigue con un paso lento y fatigoso la senda del río, trazada por la millaca y los guijarros y por las rodadas de los pocos coches que circulan por ella. Es el mismo camino que desemboca en la calle principal, la misma en la que de niña jugaba con sus amigos al corro y a las adivinanzas.

Ese recuerdo la devuelve al sótano en el que se refugió una vez jugando al escondite y en el que se encontró una moneda que resultó ser un doblón de oro. ¡Una moneda!, gritó con júbilo para poner en alerta a Jaime, que la encontró enseguida y la puso a contar. ¡Sí, pero tengo una moneda! ¡Una moneda de oro! Tras el escondite, quiso cambiarla con sus amigos en un juego de piratas fingidos, que se tapaban el ojo con una mano, que cojeaban divertidos y que se fabricaban sus garfios con las ramas caídas de los castaños.

En esas andaban cuando los viandantes, en su mayoría mujeres que salían alteradas de sus casas, viejos que solo ya valían para tomar el sol y algún que otro agente de la autoridad se arremolinaron en torno al pozo, situado hacia la mitad de la calle y con un brocal de piedra vista al que alguno de los amigos de Juana de subía de forma temeraria arengando al abordaje.

No pasaron ni diez minutos cuando ya habían sacado de dentro el cuerpo ahogado de Amparito.

–¡No puede ser! ¡Es uno de los nuestros! –dijo Jaime con el falso parche sobre el ojo, convencido aun de que aquello era parte del juego.

El cadáver de Amparito estaba hinchado por el agua y cubierto por la ropa que llevaba cuatro días antes, justo cuando desapareció. Los dos agentes de la Guardia Civil que recogieron el cuerpo desde lo alto del brocal la tumbaron de inmediato y comenzaron a oprimirle el pecho uno y a arrancarle la ropa el otro. El guardia iba arrojando los jirones a un lado, cuando de pronto Juana descubrió que lo que aquel hombre de gesto preocupado acababa de tirar era una preciosa trenza dorada que de ninguna manera pudo pertenecer a Amparito, una niña morena que siempre llevaba el pelo corto y a la que alguna vez los adultos confundían con un niño.

Se escabulló entre la gente y agarró el apéndice empapado –al tacto era como un estropajo con los que fregaban los pucheros en la cacera o como la estopa que usaba padre en sus tareas– y lo guardó bajo sus ropas, sabedora de que alguien podría reclamarlo alguna vez. ¿Qué llevas ahí?, le preguntaron Jaime y los demás, y Juana se echó a llorar y volvió a casa por la misma senda que hoy ha recorrido a la inversa para acudir a la botica.

Ya en casa, secó durante la tarde la trenza al sol y a la mañana siguiente descubrió en ella el olor al agua del pozo y el tacto suave de su propio pelo, al que quiso aplicar la trenza y no halló manera de hacerlo. Su madre la sorprendió frente al espejo del cuarto de estar, rodeada de horquillas y de peines de nácar. Pronto la reprendió, ya estaban tocando a misa y aún no estaba lista para ir al funeral de la pobre Amparito.

Llegaron ambas, Juana y su madre, cuando don Saturio, un cura gordo y tristón y aficionado al clarete de la taberna, estaba dando el sermón ante el pequeño féretro que encerraba el cuerpo menudo de la niña. Juana sentía un pinchazo en un costado cuando, desde su posición en la ermita, veía destrozada a la madre de la difunta, una mujer alta y muy guapa –mucho más que su madre, dónde iba a dar–, de riguroso luto y que había perdido de pronto su hermosa melena rubia. El pinchazo se hacía más fuerte por momentos y solo le tranquilizó apretar con su manita la trenza dorada que guardaba en un bolsito de pellica que le había cosido su hermano Ángel.

Es el mismo ejercicio que practica hoy Juana, que acaba de sobrepasar ya el pozo y que está casi a la altura de la farmacia. Unas campanillas situadas sobre la puerta del establecimiento alertan a Marisol, que sale sonriente de la rebotica para despachar.

–Es ese maldito bicho –le dice Juana quejumbrosa, casi sin aliento.

Ese bicho no es más que un cáncer la devora sin piedad, le provoca un dolor intenso por todos los huesos y le ha hecho perder hasta el poco cabello que le quedaba. Solo los homeopáticos de Marisol y el contacto con la vieja trenza dorada alivian a Juana en el presente. Y también en el pasado.