Aljibe

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En tiempos en los que la música no es más que pura mercancía, de ritmos machacones y melodías camufladas en gritos y en letras soeces de rima facilona, es bueno regresar al origen. A la raíz de lo que somos. Venimos del canto popular que entonaban en la siembra nuestros antepasados, de las coplas que se cantaban en día de fiesta mayor, de aquellas canciones que se escuchaban en las cocinas al mediodía –cuando las verduras hervían en guisos de patatas con falda de cordero–, de las melodías propias de aquí o de allá y que resultan tan atractivas al oído y a los pies. En recuperar esa buena parte de la historia popular, la que no se deja escrita en los libros, trabajan desde hace más de tres décadas los componentes de Aljibe.

Es mayo y Aljibe presenta disco. Se lo dedican al Tajo y lo titulan con el nombre de uno de los cuatro elementos: ‘Agua’. Somos agua y somos tierra, y de esa fértil mezcla salen las raíces que van dirigiendo nuestro paso por la vida.

Recorren en este trabajo, un libro-disco que rehúye el 21% de Montoro, según cuenta con sorna el editor, toda la cuenca del Tajo, desde la Sierra de Molina hasta la desembocadura en Lisboa. Lo hacen con clásicos como ‘Los Gancheros’ que bajaban la maderada hasta el Real Sitio de Aranjuez, recuperando las rogativas de Valdelaguna, donde cantaban invocando la lluvia de las nubes, o parándose a indagar en la ciudad de las tres culturas, bañada hoy por la espuma que dejan en el cauce la contaminación y el trasvase.

Tras la rueda de prensa de presentación del disco, a bordo del barco turístico que zarpa cada fin de semana desde la piragüera, charlo con Juan sobre la presencia en ‘Agua’ de la música popular portuguesa. Todavía no han salvado a Eurovisión de la ordinariez las voces de Salvador Sobral y Caetano Veloso. Entonces me explica la presencia necesaria del fado, procedente en este caso de la voz portuguesa más reconocible, la de Amalia Rodrigues. ‘Barco negro’ se llama el tema que se muda de alma cuando es Aljibe quien lo interpreta. En ‘Qué linda falúa’ se acercan también al país vecino, que lleva ya unos años demostrando que existe la salida por la izquierda.

Y como este décimo trabajo de Aljibe es un libro-disco, es debido detenerse en los textos que acompañan a las músicas propias de la ribera del Tajo y que llevan las firmas del naturalista Joaquín Araujo, de Olga Lucas o de José Luis Sampedro, escritor, economista, humanista y autor de ‘El río que nos lleva’.

Es un gusto escuchar a Aljibe y no solo cuando se suben al escenario, agarran los instrumentos y se ponen a tocar. Su palabra, la de Juan y Manolo, explicando los detalles del último trabajo es embaucadora y evocadora de tiempos pasados, quién sabe si mejores. De baños en La Pavera y de mayos en la plaza y debajo de los balcones. Aljibe son parte indisoluble de la historia reciente de Aranjuez, son cultura popular con mayúsculas. Es difícil toparse con alguien que no hable bien de Aljibe en esta ciudad bañada, en muchos aspectos, de la sangre de Caín.

Presentan ‘Agua’ este viernes en el Teatro Real Carlos III de Aranjuez. Apenas si quedan entradas, porque es el Tajo, es Aranjuez y, sobre todo, es Aljibe. Larga vida.

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El olivo

¡Olivares y olivares
de loma en loma prendidos
cual bordados alamares!

Antonio Machado

El camino de tierra serpentea y quiebra el cielo plomizo de abril para llegar a la fuente de la vida. Al maná, al dorado. Lo escoltan los trigales verdes agradecidos del cielo de febrero y de marzo. Y en torno a él, al olivo de tronco deforme y hojas finas –tan suaves al tacto– veo a mi madre y a mi abuela, con las rodillas hincadas en la tierra recogiendo los suelos. La niña de bello rostro está cogiendo aceituna, que cantaba Federico en Granada. Y veo a mi abuelo al mando de las cuadrillas de jornaleros, con sus varas largas y finas al hombro, dispuestas siempre a sacudir vibrantes las copas temblorosas del olivo. En los parajes de Valdeguerra, asolados hoy por la explosión de una burbuja inflada de codicia e intereses espurios, los olivares teñían de gris el paisaje y se difuminaban en un cielo cerrado como el de hoy. La tapia de la granja propiciaba algo de sombra solo cuando el sol se asomaba o se escondía por detrás del horizonte, caída ya la tarde. Era una sombra escalonada, mortecina y fugaz. Y el oro se derramaba entonces en el suelo y las mallas lo acorralaban y lo encerraban en las paredes de un remolque más verde que el fruto, que lo llevaba hasta la almazara de Laguna, un orfebre de manos precisas de las que salen joyas iguales, uniformes y tasadas con justicia.

En torno al fruto del olivo guardo más memoria creada que vivencias reales. Guardo en la retina a mi abuelo sentado junto a mí, en la herencia de su viejo coche negro, camino de la almazara a por vino y aceite, por una recta de asfalto abrasado por el sol de julio. Llévame, que yo ya no veo para conducir. Y veo a mi padre, sentado en la cocina, con un barreño gigante y varios frascos de cristal, rellenos de aceitunas cachadas y aliñadas con esmero.

Una ventana indiscreta

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Antonio cerró el ordenador portátil, acarició la cubierta plateada con dos dedos y extendió el periódico sobre la mesa. Había decidido aparcar su trabajo de fin de máster. Lo acababa de decidir: ‘Al fin y al cabo, no voy a poder presentarlo a tiempo’, pensó, ‘y además, dónde voy yo a estudiar ahora, a mis años’. Ojeaba las noticias sin mucho afán, como si estuviera dándose tiempo a decidir qué hacer en aquella primera tarde soleada de la primavera que se acababa de instalar en su ciudad. Se detuvo en un par de crónicas deportivas, intentó resolver un par de líneas del crucigrama y echó un vistazo a la programación de la televisión. Eran las cinco y media y el sol brillaba en lo alto del tejado del bloque de viviendas que habían levantado cinco años atrás frente a su balcón. Apoyado en la barandilla, con un cigarrillo entre los labios y el dedo índice hurgando sin disimulo en su nariz, Antonio contemplaba el ir y venir de los viandantes, que caminaban risueños, con sus gafas de sol y sus chaquetas de entretiempo. Apagó la colilla en una de las macetas que su mujer había cuidado cada fin de semana (hasta el mismo domingo en que se marchó de casa), la enterró entre el mantillo y volvió a mirar al frente antes de regresar al interior de su vivienda.

En la ventana que se situaba justo frente a su balcón, en el tercer piso del bloque nuevo, se habían abierto las cortinas y la estancia quedaba a disposición de los ojos indiscretos de Antonio. Pronto dedujo que se trataba de una alcoba de matrimonio, a tenor del tamaño de la cama. Ésta estaba vestida con una colcha de color blanco, sobre la que se extendían unos ropajes amplios de color púrpura. Una mujer desnuda irrumpió de pronto en el campo visual de Antonio, atento a cuanto sucedía en la ventana indiscreta con otro cigarrillo entre los labios. Era una mujer joven –de unos treinta años, calculó– con un cuerpo escultural. Sus pechos firmes, sus piernas, sus caderas, el pelo negro cayendo por los hombros, incrementaron la calidad y la calidez de aquella tarde primaveral en el balcón de Antonio.

La mujer salió de la pantalla artificial confeccionada en aquella ventana de dos hojas y regresó al mismo por el otro lado de la cama. Allí, colocada ante la belleza desarropada de aquella mujer, había una cómoda con dos filas de cajones y un gran espejo apoyado en lo alto. Haciendo un esfuerzo por ver lo que estaba sucediendo allí enfrente, Antonio intuyó, en función de los movimientos de la mujer, que se andaba perfumando con un pulverizador del que apenas pudo adivinar el color. Después, desanduvo el camino hacia el primer plano y se volvió a situar frente a la ventana, desde la que descubrió la mirada intrusa de Antonio. Éste se recompuso, apagó el cigarrillo en la misma maceta y bajó la cabeza para dirigir la mirada a los viandantes que seguían buscando la luz de la nueva estación.

Pasaron unos segundos –cinco, diez, quizás veinte– hasta que Antonio devolvió su mirada a la ventana de enfrente. Allí seguía la mujer desnuda, contemplando el balcón de su vecino. Después giró sobre sus pasos y empezó a ponerse el traje que seguía extendido sobre la cama blanca. Aquella túnica de color púrpura camufló de inmediato las curvas afiladas de aquel cuerpo desnudo, sobre cuya cintura se ciñó un cordón dorado que dejaba caer sus dos cabos al lado derecho. Un escapulario colgó de su cuello una vez que la mujer soltó el pelo ceñido por la cinta y alguien, quien a tenor de su tamaño bien podría ser un niño –tal vez su hijo, pensó Antonio– le acercó un capuchón de color blanco que terminó de cubrirla por completo.

Ya tengo plan para esta tarde, se dijo Antonio. Corrió dentro de la vivienda, se desnudó y se metió en la ducha. Después se puso ropa limpia, se calzó unas zapatillas cómodas y ordenó un poco el escritorio antes de echarse a la calle con una mandarina en el bolsillo de la cazadora. En el bar de abajo tomó un gintonic a la velocidad de la luz y se hizo con un programa de mano de la Semana Santa en su ciudad.

– ¡Antoñito! ¿Dónde vas tan rápido hoy? –le dijo socarrona la camarera, acostumbrada a tratar con tipos como Antonio.

– ¡A la procesión! –contestó, dejando unas monedas sobre la barra.

El folleto con el calendario procesional anunciaba hasta tres procesiones en la misma ciudad y a la misma hora. Su buena memoria, sin embargo, le permitió recordar a la perfección el atuendo de la mujer de la ventana de enfrente. Hábito púrpura y capuchón blanco. Enfilaba ya la avenida principal en dirección contraria al primero de los desfiles, procedente de la Parroquia de las Tres Cruces, catalogada Bien de Interés Cultural en su conjunto arquitectónico, según el programa de mano. Pero no era ese el monumento anhelado por Antonio a esas horas de la tarde, en las que el sol se escondía ya en el horizonte para dar paso a la noche cerrada. Esta no es, dijo parándose en seco. Los cofrades, vestidos de negro riguroso, desfilaban frente a él amarrados unos a otros con unos gruesos cordones plateados. Algunos iban descalzos y otros competían en la calidad y en el precio de sus zapatos.

Se planteó entonces Antonio si caminar primero a la Procesión del Silencio, cuyo bullicio se intuía a la altura de la Plaza Mayor, o si dirigir sus pasos a la tercera de las procesiones de aquella noche, la de la Virgen Dolorosa, procedente del Convento de las Madres Piadosas.

¡El escapulario! ¡Seguro que era de la virgen! Antonio se sorprendió a sí mismo persiguiendo procesiones que le habían sido totalmente ajenas hasta esa noche de Jueves Santo, analizando el atuendo de las hermandades, olfateando como un sabueso el olor del incienso y de la cera de los cirios. Subió entonces por la calle de San Ciriaco y giró por el callejón de los Gatos, con la Virgen Dolorosa ya de espaldas, con el manto bordado de oro y las manos recogidas en un rosario. Y sí. El atuendo de los cofrades, apenas cincuenta o sesenta, era el mismo que había divisado desde su balcón. Sus ojos, su cabeza, se movían hacia todas partes en una búsqueda casi imposible, la de una mujer que horas antes se había exhibido desnuda frente a él. Intentó respirar algún perfume que le ayudara en su difícil tarea y buscar los tobillos y los pies que se correspondieran con los de una mujer con la de aquella ventana tan cotilla. Una saeta, cantada desde un balcón, cortó la respiración de todos. De todos menos de Antonio.

El frío empezó a arreciar en la madrugada del Jueves Santo y Antonio decidió volver a casa sin más procesiones a las que amarrarse ya. Se abrochó la cremallera de la cazadora, rezó un par de padrenuestros hasta donde se acordaba y subió por la escalera como el que sube al Calvario. Entró a su cuarto, se desnudó despacio sentado sobre la cama. Se puso una bata que le dejó en prenda su mujer antes de huir con el abogado que le interpuso la demanda de divorcio y salió a fumar al balcón. Y si todo hubiera sido un sueño, se dijo cuando la luz de la habitación de sus pesadillas se iluminó en mitad de la noche sacra.

Tras las cortinas, la silueta de un capuchón se desnudaba para dejar al descubierto un cuerpo que no podía ser otro que el de la mujer de media tarde. Las piernas rotundas, los pechos altos, las caderas de vértigo… El humo del Fortuna nublaba los ojos vidriosos de Antonio, que se giró en busca de la maceta en que apagar la colilla para volver, instantes después, a acodarse en la barandilla del balcón y comprobar que la luz estaba apagada. Abrochó bien el cordón de su bata, se restregó la cara con las dos manos, que apestaban a tabaco, y descubrió de nuevo la luz encendida y las cortinas corridas. Notó entonces un amago de erección en su miembro, hasta que un cuerpo extraño, que no atinaba a adivinar, escalaba sobre una silla que había corrido hasta el alféizar. El niño, debe ser el niño, se dijo Antonio. ¿Será su hijo? ¿Un sobrino tal vez? Sí, un niño. Era un niño descarado el que se asomó a la ventana, el que abrió una de las hojas de aluminio y deleitó al observador con una peineta como la de las ‘manolas’ que caminaban detrás de la Virgen Dolorosa.

 

 

 

Vino amargo

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Vino amargo, que no da alegría,
y aunque me emborrache
no la puedo olvidar.
Porque la recuerdo,
dame vino amargo
que amargue, que amargue
para quererla más

Solano, Cabello y Fraile.

 

Hola, madre. Nunca te llamé así, pero de unos días a esta parte la palabra madre cobra en mi mente todo su significado. Te estamos echando mucho de menos, no te quepa duda. Estás en cada pensamiento y en cada sueño y uno espera abrir la puerta de casa y escuchar desde el pasillo la tele y espera verte sentada en el sillón, con el mando a distancia en una mano y el teléfono siempre cerca. Y la sonrisa siempre pintada en la cara.

Hoy he salido a caminar con papá. Se lo debo a él y te lo debo a ti, porque caminar fue tu último resquicio de libertad en la vida. Pero no te apures, madre, porque volveremos a hacerlo juntos. Algún día volveremos a caminar como lo hacíamos cuando era niño y me llevabas de la mano los viernes de marzo a besar a Jesús. O como cuando echábamos a correr al doblar la esquina del May Doly para alcanzar la ventana de la abuela y el puesto de tomates de la Manolitina. Caminaremos por los corredores del mercado y tomaremos el café en Isabelo. Caminaremos como lo hicimos la última vez, cogida tú de mi brazo, con la familia y los amigos celebrando con nosotros el amor y la vida. Y, como aquella vez y como hicimos siempre, le sonreiremos al mundo.

Prometo recordarte siempre, madre. En tu sillita de ruedas y sobre la cama de aquel bendito hospital en el que pasamos juntos unas cuantas noches llenas de crueldad y ternura. Qué putada tan grande que fueran las últimas. ¡Qué putada, madre! Ya se lo decía yo a Silvia: que feliz me siento pudiendo cuidar de mi madre. En susurros te cantaba un poema de Lorca que me descubrió Ruibal: ‘Ay, que trabajo me cuesta quererte como te quiero. Por tu amor me duele el aire, el corazón y el sombrero’. Ay, ese bendito hospital del que salíamos de madrugada, tu renqueante después de varias horas en la unidad de hemodiálisis y yo bostezando de sueño. Ese bendito hospital que te salvó la vida tantas veces, que congregó a menudo a los que te queríamos en la sala de la esperanza de la segunda planta y del que no pudimos huir la última vez.

Te recordaré, madre, claro que lo haré. Lo haré cada primavera, y te admiraré junto a la ventana de casa, con tus madejas de hilo blanco y tus colchas de ganchillo. Y evocaré el aroma de las puntas de espárragos en la lumbre y a las vecinas que tocaban el cristal con los nudillos para darte charla a través de la reja. Y yo sobre la mesa camilla, con mis libros y mis deberes, con mis dudas y mis miedos, que se esfumaban con tu sola presencia. Prometo recordarte en la cocina, con estos gallos que me han costado mil pesetas y que te vas a comer porque no los voy a tirar.

No sé si allá donde estés existirá la radio. Me refiero a ese cielo que nos promete ese dios al que siempre tuviste fe y sobre el que yo me cago demasiado a menudo. Aunque no sé si te quedarán ganas de oírla. La radio, digo. Ya no hablan ni Iñaki, ni García, ni el señor Casamajor. Ni García Juez, ni Carlos Llamas. Ni existen la vieja Antena 3 ni el ‘Especial Motor en Marcha’ de los domingos, que animaba la cocina aromada con tus guisos de caracoles y tus asados de cordero. Yo sí la sigo escuchando, ¿sabes? Me sigue haciendo compañía por la tarde, cuando preparo la comida del día siguiente para Silvia y los chicos. Y entonces, con las señales horarias y el gabinete de Julia Otero, me acuerdo de ti y hay algo que me pellizca el alma. Por cierto, pronto estrenaremos casa, ya lo sabes, y aunque ya no podrás verla, te recordaré en la cocina cuando reboce las alcachofas y pique el champiñón tal y como me enseñaste.

No pudimos hablar del tema, pero el Madrid ganó al PSG en la eliminatoria de Copa de Europa y ayer le ganó al Betis en uno de esos partidos locos que tanto te gustaban. Se lesionó Marcelo, que era tu favorito. Siempre te gustaron los carrileros zurdos que, como tú, trepaban por la banda esquivando las duras entradas de la vida: Camacho, Gordillo, Roberto Carlos… Te debo muchas cosas, madre, pero este madridismo irredento también es cosa tuya.

¿Recuerdas cuando fuimos al fútbol a ver un ascenso del Aranjuez y nos colamos con una olla de conejo al ajillo para merendar? ¿Y aquellas escaleras tan empinadas que subiste y después bajaste para poder ver a Poveda en un teatro? ¿Y cuando le vimos en el Real con Óscar (dios le guarde) y con su madre? ¿Y en la Plaza de Toros? Desde que te fuiste no ha dejado de sonar en casa y en mi cabeza y yo no he dejado de llorar: ‘Vino amargo, que no da alegría, y aunque me emborrache sé que no la puedo olvidar’. Ésa, ésa le gustaba a tu abuelo, me decías con una lagrimita en los ojos, tan castigados como el resto del cuerpo por culpa de esa maldita diabetes.

Ya, ya lo sé, madre. Ya sé que quieres saber cómo fue tu despedida y te digo que fue la que te merecías. No faltó nadie, madre. Era tal la pena que todo el que cruzaba la puerta la cruzaba llorando. Papá, la niña y yo estuvimos contigo hasta el último suspiro. Y tus hermanos también, al pie de esa maldita cama de hospital. Y a despedirte fueron todos los que te quisieron, que fueron muchos y que te cubrieron de lágrimas y de flores.

No puedo seguir. Te tengo que dejar por hoy. No, madre, no. No estoy llorando, te lo prometo. Y prometo seguir hablándote cada día, para escuchar tu voz sabia y serena. Pero hoy no puedo seguir. Silvia está apunto de llegar de la oficina. Le doy un beso de tu parte, claro que sí.

Te quiero, madre.

 

 

 

Belchite

Llegué a la estación diez minutos antes de que saliera el tren y me senté a esperar en uno de los bancos del vestíbulo. El frío era intenso afuera y la niebla tan espesa que apenas si se atisbaba a los pocos valientes que esperaban junto al andén, ateridos de frío pese a los abrigos recios, las bufandas enrolladas al cuello, los guantes de cuero y los gorros de lana calados hasta las orejas. Tenía la mirada perdida, andaría pensando en la larga reunión que me aguardaba al final del trayecto, en una sala grande del Ministerio de Hacienda rodeado de portavoces de otros ayuntamientos que serían aleccionados sobre programas imposibles de memorizar. En esas andaba, recostado sobre ese banco metálico, con una chica a mi lado en posición similar, cuando advertí que por los tornos cruzaba una nube de gente a la que el autobús había dejado en la puerta. Pasaban apresurados, posando sus abonos y sus billetes sobre el lector de las barreras, buscando con la vista ansiosa las pantallas que anunciaban la hora en que el tren de las ocho y media entraba en el andén.

Silvia dice que soy un buen fisonomista, que nunca olvido una cara y que nunca pierdo detalle de nada cuanto pasa a mi alrededor. El caso es que pronto descubrí a dos antiguos compañeros de instituto, con los que nunca guardé demasiada relación. La primera persona era una chica. Bueno, una mujer ya, que en apenas un mes cumplo los treinta y ocho. Era la amiga de una amiga común a la que vi por última vez en la aldea más pequeña de Galicia. Cosas del destino, supongo. El otro era Belchite. Su nombre real era Jorge, si no recuerdo mal, pero Óscar y yo le conocíamos por Belchite, aunque él nunca fue consciente del mote. Belchite era un apasionado de la historia, sobre todo de las guerras que asolaron Europa siglos atrás, y gracias a sus lecturas se había convertido en un experto en la Guerra Civil Española. Era frecuente que interviniera en clase de historia, advirtiendo al profesor de que tal o cual batalla se libró dos o tres kilómetros más al oeste de lo que él creía o de que la radio había sido una herramienta fundamental a la hora de desestabilizar al bando contrario. Nunca se manifestó a favor de uno o de otro, ésa es la verdad, pero Óscar y yo siempre temimos que su favorito fuera el bando nacional, cosa que en esta historia es intrascendente. O no. Tal era su vehemencia a la hora de hablar de la guerra, que al terminar la clase lo solía poner todo perdido de polvo y dejaba a su paso un fétido olor a pólvora quemada.

Los trenes del siglo XXI no pitan. Es la voz mecánica de una señorita, a través de los altavoces, la que te avisa de que el tren con destino a Madrid va a efectuar parada en la vía 5 y que tengan ustedes cuidado al subir al mismo, no sea que metan la pata entre el coche y el andén. La niebla seguía cubriéndolo todo, hasta hacerlo prácticamente invisible. Salí al andén y pensé en Belchite y en cómo estaría viviendo él aquella escena tan cotidiana: la de un centenar de personas que se agolpa en el andén para coger el tren que les lleva cada día a la universidad o a su puesto de trabajo. Con sus mochilas, sus bolsos y sus tarteras. Yo navegaba ya por la mente de Belchite y veía el inicio de una de esas películas ambientadas en una guerra, en la primera o en la segunda Guerra Mundial, en la Civil Española, ¿por qué no?, en la que cientos de soldados se despedían, bajo la grisura, de sus esposas y de sus madres, de sus hijos pequeños, cogidos de la manos protectoras de sus madres unos, a horcajadas los más pequeños. Al vaho se sumaban las nubes de humo de los trenes de vapor, la picadura de tabaco prendida en los labios de los que marchaban al frente y el olor al carbón quemado en las calderas. La niebla, los trenes, la guerra.

 

Belchite vestía ese día un elegante abrigo de paño, bajo el que se adivinaba un traje de corte italiano –la raya bien planchada en el pantalón– con una corbata roja sangre que le asomaba por el cuello. No pude evitar seguirle por los vagones para buscar un asiento próximo al suyo, ni muy cerca ni muy lejos, pero sí lo suficiente como para no escapar de su mente bélica, que había invadido de pronto la mía. Así lo hice segundos antes de que el tren empezara a andar. Cruzó, cruzamos, un par de puentes y la junta de los ríos, apenas invisible como consecuencia de la bruma que invadía el paisaje a esas horas tempranas de la mañana. Al salir del vergel que riegan el Tajo y el Jarama, el sol se asomó por entre las nubes y amenazó con una bonita tarde de paseo. Cruzamos el apeadero de Seseña, que se me asemejó a un hospital de campaña. Belchite se había quitado el abrigo, lo había colocado sobre sus rodillas y había hecho lo propio con el maletín de piel que lo acompañaba. Debí tener un buen puesto en alguna multinacional. ¿Quién sabe si en el ministerio al que yo me dirigía? Lucía barba de tres o cuatro días. Demasiado casual para mi gusto, pero esa es la tendencia que se impone hoy entre los hombres de mi edad.

Por un instante, Belchite cruzó su mirada con la mía. Me ha debido reconocer, pensé en mitad de este inocente juego de espías madrugadores. Después, sacó un libro del maletín y se puso a leer. Se lo colocó frente a la cara, con los brazos estirados. Se lo podría haber colocado sobre el propio maletín –era un libro grande y pesado– o haberlo sujetado de forma que dejara espacio libre a sus ojos, a tenor de que alguien pudiera atacarlo por la retaguardia. Pero no, lo agarró de aquella manera y mucho me temo que tan solo buscaba, con aquella postura que terminaría por dormirle los brazos, huir de mi mirada encontradiza. ‘Madrid, 1939’, rezaba el título, del profesor Ángel Bahamonde, con un subtítulo que alcancé a ver gracias a mis gafas nuevas: ‘La conjura del coronel Casado’. Vaya, pensé, igual Belchite no es tan facha como yo creía.

El vagón se empezó a llenar de gente, tan abrigada como la que había esperado a su salida en la estación de Aranjuez. Habíamos pasado ya un par de estaciones y entrábamos en los suburbios de Madrid. Estaciones grises y mustias, con cantinas cerradas a cal y canto y rodeadas de vehículos abandonados durante el día. El sol era un amago a esa hora de la mañana y los viajeros aguardaban refugiados bajo los débiles rayos que buscaban tocar el asfalto del andén. A buen seguro que el maquinista ya vislumbraba el frente, nosotros solo lo intuíamos. Un tipo bajito, calzado con unas botas recias y vestido con un anorak a juego con el pantalón verde caqui se subió al vagón en la estación de Getafe Industrial. Llevaba un morral colgado del hombro derecho y, agarrado a la barra del techo, se colocó junto a Belchite. Tal vez fuera un soldado de verdad, camino del cuartel. Tal vez uno de esos locos que va así vestido al gimnasio, aunque, bien pensado, no conozco yo a muchos que vayan en tren al gimnasio. Belchite siguió con su lectura y el tipo del morral intentaba hacer lo propio por encima del hombro de aquél. El tipo fruncía el ceño con frecuencia. No debía gustarle lo que estaba leyendo. Tal vez lo hacía por la dificultad que le suponía leer en semejante posición. El poco pelo que tenía estaba cubierto de canas, pero su aspecto era el de un tipo joven, no llegaría a cumplir los cuarenta.

Apartó Belchite el libro de su rostro, buscando el mío con un movimiento casi imperceptible. Yo me percaté enseguida, pero supe disimilar desviando mi atención al teléfono móvil que llevaba en la mano. Algo me removió por dentro. Quizás me recrimine esta persecución o, tal vez, me invite a participar de alguna hazaña secreta de la que nadie en el vagón tiene conocimiento. Entonces, el que entró en el campo de batalla fue su teléfono móvil. La melodía del Himno de Riego sonaba un tanto electrónica en el celular de Belchite, un viejo Nokia sin acceso a Internet ni a las redes sociales. Pues no, me dije, Belchite no era tan facha. Habló muy bajito, con palabras audibles tan solo para el nudo de su corbata. Sí que le pude adivinar, cuando ya estaba despidiendo a su interlocutor, un ‘sí, sí, espérame fuera’, que tan poca información aportaba a mis averiguaciones mañaneras sobre Belchite.

Estábamos entrando en Atocha. Habíamos dejado atrás San Cristóbal y Villaverde, fronteras de la resistencia, con sus edificios de ladrillo visto con balcones a la calle y bragas tendidas en los alambres. El bullicio de aquella estación era el preludio de la vida en Madrid: las carreras y las apreturas para coger este o aquel tren en aquel laberinto de andenes, el despiste de quien llega por primera vez y no sabe encontrar el camino del metro, los codazos y empujones al subir las escaleras mecánicas, el olor a sudor rancio que siempre te acompaña en los ascensores. Yo viajaba hasta Nuevos Ministerios y recé, pese a mi ateísmo irredento, por que Belchite no se bajar allí y tampoco lo hiciera en Sol. Dice mi madre que no sabe si Dios, pero que ahí arriba debe haber algo. Ese algo escuchó mis plegarias y Belchite tampoco se bajó en Sol. Tampoco lo hizo el soldado vestido de camuflaje con el morral en el hombro, que se sentó en el asiento vacío que había quedado junto a mi compañero de instituto. Éste, Belchite, se quitó la corbata y la guardó junto al libro de Bahamonde en el maletín, y sacó del mismo un trozo de papel doblado en varios pedazos, que al ir abriendo con sumo cuidado se convirtió en una sábana que quedó extendida sobre sus piernas y las del soldado. Éste atendía a las explicaciones de Belchite, que señalaba con el dedo varios puntos de lo que podría ser un mapa. Yo disimulaba mirando al móvil, pero intentaba a la vez no perder detalle. Aquel vagón cargado de viajeros se había convertido en una trinchera llena de soldados a la espera de las órdenes del Teniente Belchite y de su colega. Apenas si hablaban, todo se lo decían con el movimiento de sus dedos sobre el papel, que, en un momento dado, justo cuando la voz femenina de los altavoces advirtió de la llegada a Nuevos Ministerios (correspondencia con líneas 6, 8 y 10 de Metro), Belchite volvió a doblar y a guardar en la cartera. El militar se puso de pie, se calzó de nuevo la mochila y se estiró el anorak para ajustarlo a su cuerpo atlético. Belchite se puso de pie, dejó la cartera sobre el asiento y se puso el abrigo. Se colocaron junto a la puerta y salieron al andén en cuanto se abrió la puerta.

Yo les seguí a cierta distancia. Los pasillos del intercambiador olían a napalm y las caras de gente, que corría por ellos en busca de sus destinos, eran de terror y de un pánico mudo. Apenas si se escuchaba nada. Belchite y su amigo –tal vez no era su amigo, era el enviado de alguien para abordar una misión secreta, quizás fuera todo pura casualidad –cruzaron los tornos del Cercanías y ya no caminaron hacia el Metro, sino que buscaron la salida a la calle desde el subterráneo. Yo tenía que coger la línea 10 hasta la estación de Cuzco, pero no lo pude resistir. Decidí salir tras ellos a la superficie. Lo hice guardando las distancias (Belchite miraba a su espalda constantemente, sabedor de que alguien lo estaba siguiendo). Durante el último tramo de escaleras, noté como mi corazón palpitaba con demasiada intensidad. Ni el miedo ni las taquicardias me impidieron salir hasta el recibidor, un gran cubo de cristal con puertas correderas desde el que ya se veía la calle. Belchite y el soldado habían salido por ellas con paso firme: un tanque de guerra les esperaba aparcado en la calzada. Un gran corro de gente les abría paso y disparaba fotografías con su teléfono móvil. Yo hice lo propio con el mío.

El tanque, con Belchite y el soldado subidos en lo alto, enfiló la Castellana en dirección al Santiago Bernabéu. Algunos corrían tras él. Yo me quedé de pie, observando la escena. Estaba sudado y asustado. Me pasé la mano por los ojos y descubrí que los llevaba pintados de negro. Deseché la idea de terminar mi viaje al Ministerio de Hacienda y volví al Cercanías. Ya en el tren, de vuelta a los suburbios de la resistencia y al relajante paisaje la junta de los ríos, cubierto de niebla horas antes, derrotado sobre uno de los asientos de ventanilla, advertí frente a mí un trozo de papel doblado. Estuve tentado de cogerlo y de comprobar si aquel pliego era el mismo que había abierto Belchite en el tren de ida o si se trataba de una nueva orden en esta misión secreta en que me había visto envuelto. Pero mi cuerpo no aguantaba ya la batalla final.

Balances

Cuando se asomó al gran ventanal de su despacho, situado en la sexta planta de una gran avenida del centro de la ciudad, comprobó que el año se despedía al menos con una buena noticia: estaba lloviendo. Digamos que el tipo en cuestión, vestido con un traje informal y sin corbata, bien podría llamarse Miguel Ángel o Rodrigo o tal vez Pelayo, pero en esta historia le conoceremos por unas iniciales que en nada tienen que ver con su nombre real: MARP.

MARP había decidido terminar el año en el mismo espacio en el que había gastado la mayor parte del tiempo durante los doce meses anteriores. Aquel era un buen día para hacer balances. Desde su atalaya particular, con un cigarrillo en la mano y un vaso de agua en la otra, observaba una calle que bullía de gente a pesar de la lluvia. Los paraguas abiertos inundaban las aceras. Vistos desde las alturas eran pequeños puntos negros que se movían nerviosos entre las últimas compras y los buenos deseos. A MARP le divirtió aquella escena. Era como un videojuego de esos a los que jugaban sus hijos cada noche, después de cenar, esperando la llegada de su padre para darle el beso de buenas noches antes de meterse en la cama. Entre las sábanas le esperaba su mujer, dormida después de la pastilla de orfidal y con un antifaz que le tapaba los ojos. Él no se molestaba ni en besarla, se desnudaba y se metía en la cama. Algunas noches, incluso, se masturbaba antes de dormir.

Pronto regresó al trabajo, a la pantalla del ordenador y al montón de papeles apilados sobre la mesa: albaranes, balances, tablas de Excel e informes que debería tener listos antes de la media tarde. A esa hora tenía una cita en un hotel del centro para despedir el año con unas copas. Después marcharía al chalet que sus padres tenían en las afueras, para cenar en familia y comerse las uvas siguiendo la televisión. Andaba ordenando documentos y rellenando casillas en la pantalla cuando se fijó en el calendario de sobremesa que tenía colocado a la derecha. Una mueca se dibujó en su rostro: estaba despidiendo al 2017 a pesar de que el tiempo, en su mesa, se había detenido en 2014.

Había cerrado ya el balance de los primeros siete meses del año. Sacó otro cigarrillo de su pitillera y volvió al ventanal. El humo que salía de su boca chocaba contra los cristales y se elevaba hacia el cielo como el año que se esfumaba así, tal cual, como quien no quiere la cosa. La lluvia había amainado y cada vez eran menos los que se movían por la calle con el paraguas abierto. Jugó a adivinar el destino de algunos viandantes: ese debe caminar hacia los grandes almacenes, a comprar algo de turrón, unos ramos de uvas y un poco de cava; y esa chica también, a buscar un vestido de noche para el cotillón al que va después de las uvas, invitada por su novio. Quiso también adivinar las conversaciones que buscaban refugio a las puertas de las cafeterías: cenamos en casa todos, hoy nos juntamos trece; que tengas una feliz entrada y salida de año, da besos a José Ramón; ten cuidado con las uvas, que luego ya sabes lo que pasa…; yo ya no estoy para esas cosas, yo a las diez y media estoy en la cama.

MARP sacó del cajón un par de barritas energéticas –se las había dado su entrenador personal para combatir los excesos de estas fiestas– y las comió con cierta ansiedad. El calendario de 2014 le amenazaba desde su mesa pero era peor la presión del reloj de esfera colgado de la pared: eran ya las cuatro, tenía dos horas para terminar el trabajo pendiente y acudir a su cita. La puerta de su despacho se abrió de repente. No estaba acostumbrado a que nadie abriera esa puerta sin llamar. La señora de la limpieza se quedó en el umbral, no esperaba a nadie en esa habitación:

–¡Vaya! ¿Usted también trabaja hoy?

MARP se mostró cordial con aquella mujer, vestida con un guardapolvo azul y zapatillas deportivas.

–Solo me queda este despacho –dijo con su acento latino.

–Deje, deje. Váyase a casa. Es una orden –dijo con su sonrisa embaucadora–. Y feliz año nuevo.

La mujer obedeció de inmediato y MARP regresó a su mesa. Andaba ya por noviembre. Un último empujón, se dijo. Abrió Internet para echar un ojo a las últimas noticias. Las webs de los periódicos recogían los tradicionales resúmenes del año. Un diputado con pinta de matón que exhibía una impresora desde su escaño ilustraba ‘las 10 mejores intervenciones parlamentarias del año’. La reacción de MARP fue la de la indiferencia. Al fin y al cabo, nunca había leído los mejores discursos de Azaña. Después agarró el calendario y el dietario que tenía al lado y que era también de 2014. En él quedaban anotadas y enredadas las citas del año que se marcaba en la esquina del papel y también de los posteriores. Algunas no le sonaban de nada, otras las recodaba demasiado bien. Se detuvo en el 14 de agosto de 2014, aunque MARP tenía clarísimo que aquella primera cita en aquel hotel al que tenía pensado volver esa misma tarde tuvo lugar días después del mismo mes y de un año posterior, el 2015. Hizo cuentas: dos años y cuatro meses de clandestinidad, a camino entre el despacho y el hotel y su casa a oscuras. El corazón le empezó a latir demasiado fuerte y un pinchazo le engarrotó el cuello. De un manotazo barrió de la mesa el paso del tiempo: el calendario chocó contra la pared y quedó boca abajo y las hojitas del dietario quedaron desparramadas por la moqueta.

Encendió otro cigarrillo y miró su teléfono móvil. Tenía dos mensajes de su hermana mayor: ni Julia ni los niños irían a cenar esa noche. Julia le había dicho que estaban los tres con gripe, pero ella se olió la crisis y decidió preguntar a su hermano: Sí, sí, están enfermos. Me quedaré a cuidar de ellos. Discúlpame ante mamá. Después apagó el ordenador, colocó el menguado montón de papeles en la bandeja de arriba y se fue al perchero para ponerse el abrigo y la bufanda. Cerró la puerta por fuera y bajó al garaje a por el mercedes. Antes de arrancar, miró la pantalla de inicio de su teléfono móvil, comprobó la hora y la fecha exactas. Pensó en el beso de buenas noches que hoy le negaría a sus hijos y arrancó. Atravesando la gran avenida, camino del parking del hotel, jugó a adivinar las conversaciones de la gente que caminaba por las aceras, cargada con bolsas y buenos deseos: ¡Feliz 2018! ¡Recuerdos a la familia!

Romper una esquela

Tan jóvenes y tan viejos, ¡muera la muerte! Paisanaje (Joaquín Sabina)

He estado limpiando el escritorio y entre los papeles desechados he roto una esquela en cuatro pedazos. Uno, dos, tres, cuatro. No he dudado un segundo en hacerlo. Ras, ras. No he prestado atención a los apuntes que tenía escritos al dorso, sobre un suceso ocurrido hace unos días y de los que tomé algunas notas a la espera de la llamada de algún periodista con el colmillo manchado de sangre y ansioso de amarillismo. (Podría escribir largo y tendido sobre el periodismo que se practica hoy, sobre la posverdad –que ya admite la RAE– y los clics por los lectores, pero no es el caso).

Decía que entre sobres vacíos, facturas de electricidad, relatos a medio hacer, copias de notas de prensa y otros papeles con estadísticas carentes del espíritu navideño propio del día de hoy, he roto una esquela. Podría haber roto uno de esos papeles en los que anoto el número de teléfono de alguien a quien tengo que devolver una llamada o en los que calculo la variación del paro de un mes a otro. No, he roto una esquela. También es verdad que no he roto la esquela que yo hubiera querido deshacer en la trituradora que tengo en el despacho, pero si no lo he hecho es porque no ha hecho falta. Era la esquela que avanzaba la muerte de una señora desconocida, a la que lamentaban sus familiares y amigos y la empresa de su marido, y que fue publicada por la prensa provincial de Palencia. Era parte de un ejercicio que me envío David Jasso hace unos días y con el que tuve que ponerme a prueba. Locutar una esquela sin emociones de ningún tipo. Sin la afectación propia que emana el anuncio de la muerte y sin la sonrisa de quien se siente ridículo leyendo una esquela en la radio. Lo hice sin saber quiénes eran sus hijos ni cómo se sentían, ni quién era su esposo ni si era aficionada a jugar a las cartas con sus amigas, ni si era una de esas ancianas que llevan vistiendo de negro desde la muerte de sus padres o de un hijo prematuro o vaya usted a saber de quién. Leí la esquela sin conocimiento de causa, como el que lee un teletipo con la información de la bolsa al cierre o el recorrido de la Cabalgata de Reyes. La leí hace unos días y esta mañana la he roto.

En todo caso, romper una esquela como lo he hecho yo hoy es casi un canto a la vida. Lo es si se tiene en cuenta que la muerte nos ronda siempre y que de vez en cuando se acerca demasiado. Aunque sea en forma de ejercicio radiofónico. Cantarle a la vida es cantarle a las mañanas como la de hoy, húmedas y frías, con el sol adormilado entre las nubes. Mañanas de desayuno completo, de leer la prensa en el IPad y de degustar los artículos dominicales de García Montero y de Manolo Vicent. Mañanas como la de hoy, en la que uno sonríe porque sí, en la que las caricias se deslizan porque sí, en las que Sabina toca en casa porque sí. Cantarle a la vida es llamar a casa para ver cómo ha ido la noche y recibir después la llamada de Paco Carrillo, que te felicita la Navidad con su voz tan luminosa como su ejemplo. Es que Silvia se acuerde del bueno de Juanki cuando limpia el polvo, recibir el whatsapp de mi primo con otra sonrisa, colocar las toallas limpias en el baño. Cantarle a la vida, en una mañana como la de hoy, es acercarse al súper a comprar el postre de la cena, sorprenderte a ti mismo con un sorbete de mandarina y charlar con la cajera de la familia. Es abrir el ordenador, sentarte al teclado, chatear con Leticia sobre su embarazo y emborronar la pantalla en blanco para actualizar el blog, estancando por las circunstancias sobrevenidas.

Cantarle a la vida es regresar al diccionario que un día me regaló mi hermana y escuchar el vapor de la plancha y la conversación de Silvia con su madre sobre la cena de esta noche. Y romper una esquela. Sí. Romper una esquela es también cantarle a la vida.