La muerte de marzo

Se va muriendo marzo como murió el año pasado, aquejado de luces y de aromas y de alguna racha de viento que amenaza con frenarlo todo. Nuestro invitado se admita de nuestra una parra virgen, sin saber que suelta lágrimas de savia cuando te sientas a leer novelas bajo su esqueleto, sin saber de esas primeras hojas que brotan por las puntas y que nos cobijarán del rigor del sol de julio. Pero ese tiempo no ha llegado: ha llegado la muerte de marzo, oliendo a los tilos de la plaza y a las rosas del jardín. La muerte de marzo sabe a ginebra con hielo y a nieve derretida en las cumbres de la sierra, avistada allá por el final del mapa. Sabe a la lluvia fina que empapa los trigales y limpia de humo el cielo manchado de las ciudades. La muerte disfraza a marzo con días cálidos y noches frías y a ti con gafas de sol, con vestidos de entretiempo y con la cazadora que compraste por si acaso. Marzo se muere, sí, y como el año pasado nos lega en su testamento los tesoros que guarda abril en su desván de sol y de agua.

Gente que lo necesita

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Conocí Rubén Santamaría cuando acababa de salir del armario. Él ya era un importante activista de los derechos de los homosexuales en una asociación del centro de la ciudad. Se reunían en un local pequeño de la calle de la Libertad y allí organizaban charlas, tertulias y también algunas acciones reivindicativas. Era 1988. En Madrid agonizaban el vanguardismo y la movida. La ciudad parecía esperar con resignación la llegada de la caspa castiza del concejal Matanzo.

–Pasa, pasa. No te quedes ahí.

Entré en el local de aquella asociación como quien entra en la consulta del médico a esperar un diagnóstico grave. Rubén Santamaría me recibió con una sonrisa que nunca se le borraba de la cara, ni siquiera en las reyertas callejeras en las que algunas veces nos vimos envueltos a causa de la intolerancia y la sinrazón. Esas algaradas terminaban a veces con la intervención de la policía, pero a Rubén nunca se le mudaba el rostro. Siempre alegre y combativo, recibiendo golpes, sí, pero orgulloso de saber que estaba luchando por algo hermoso.

Rellené un impreso sencillo para inscribirme en la asociación. Lo hice después de preguntar algunas cosas que para mí eran importantes. Rubén Santamaría las recibió con una divertida mueca de compasión: otro marica que no se lo termina de creer. Después entramos en una sala angosta que había al fondo del local. Una bombilla colgada del techo iluminaba la estancia, cubierta de afiches de temática gay y presidida por la bandera arcoíris. Las sillas, colocadas en corro, estaban ocupadas por tipos de no dejaban de fumar y que hablaban y reían sin parar. Rubén Santamaría me invitó a ocupar una de las dos sillas vacías y él hizo lo propio con la otra. Yo me limité a presentarme y a escuchar el debate, que derivó en una banda de música que estaba de moda por aquellos años y que cantaban letras bastante irreverentes que no estarían hoy, ni mucho menos, entre lo que establecen como políticamente correcto los talibanes de uno y otro bando.

Cuando Rubén Santamaría dio por terminada la sesión, los componentes de la tertulia fueron saliendo a la calle y se dispersaron como quien no quiere la cosa. Andaban felices y joviales, caminaban por las calles ocupando la calzada, quebrando siempre las normas que no regulaban su presencia en la sociedad. Yo salí solo. Me dirigía a casa con dudas de si volver a aquel lugar o no. No había encontrado en él los argumentos con que enfrentarme a mi salida del armario delante de mis padres.

No había llegado a la esquina cuando escuché la voz de Rubén Santamaría gritando mi nombre. Quiso invitarme a tomar unas cervezas.

–Vamos a un local de aquí al lado –me dijo. –En este sí que nos dejan entrar.

Pedimos dos cervezas y Rubén Santamaría comenzó a hablar sin parar de los derechos de los gays, del último hombre con el que estuvo, de cómo de excitantes eran sus erecciones –son de mármol, me decía entre risas– y de que no acostumbraba a tomar cocaína cuando salía de copas por Madrid. Pronto se unió a nuestra chara –o a la suya, para qué engañarse, yo solo me limitaba a escuchar aturdido– un tipo extraño que se llamaba Camilo y que había estado también en la reunión de la asociación. Zapatos ortopédicos, pantalones de pinzas y una camiseta de color amarillo con un punto rojo en el medio. Ésa era la vestimenta de Camilo, un tipo arrollador que, a la tercera cerveza, había monopolizado la conversación hablando de Nietzsche, de Valle Inclán y de la incipiente carrera de Pedro Almodóvar en el cine. Tenía un ojo hinchado y morado, como consecuencia de una pelea con un tal Aramburu, amigo de él.

Con un estridente ¡para ya, maricón!, Rubén Santamaría comenzó a narrarme su historia personal, aderezada de más cerveza y de patatas bravas. Era la suya una historia que caminaba entre la tristeza y el surrealismo, con un padre homosexual que nunca se salió del armario ni de los cánones establecidos por la sociedad. Estaba ésta disfrazada de sociedad libre e incluso de libertina, cuando caía la noche o llegaba el carnaval, pero era un disfraz, al fin y al cabo. Contaba Rubén Santamaría que su padre era un tipo serio y respetable, abogado de profesión. Laboralista, sí, un hombre bastante progresista, convencido votante socialista, pero miedoso de que alguien descubriera su secreto. Un secreto que salía a la luz en las preciosistas noches de Madrid, en las que reinaban también las convenciones: lo que pasa en este garito o en este retrete, en esta plaza de madrugada o en este sótano de artistas se queda aquí, no sale de aquí. Por lo visto su madre siempre sospechó, pero él nunca cedió a sus preguntas ni a sus insinuaciones.

–Algunas las resolvió con un bofetón, ¿sabes? –me explicaba Rubén Santamaría.

Aquel matrimonio de mentira tuvo una familia real que pronto se sumergió en la misma patraña. Rubén Santamaría fue el pequeño de tres hermanos. Tres hermanos, sí, tres. No les bastó con tener solo uno y darle así verosimilitud a la farsa. Aquella novela se les fue de manos.

–Si Tolstoi hubiera cogido esta historia…

–No interrumpas con tus rollos, Camilo, por favor.

Sus dos hermanas habían terminado derecho y ejercían de abogadas, como su padre. La mayor lo hacía en Barcelona después de haber huido de un Madrid y de una familia que la estaban asfixiando. La casa de Rubén Santamaría madrugaba para el desayuno: a las siete y media, todos juntos a la mesa, con su zumo de naranja natural y su pan recién tostado, con el café aromándolo todo y las cucharillas sonando delicadas al chocar con la loza de la vajilla. Irene huyó de aquello al día siguiente de toparse con su padre en el Elígeme, un local de Malasaña al que acudió con unas amigas a celebrar un cumpleaños. Ya se había quitado el traje, ajustaba unos pitillos a sus piernas y besaba la boca de otro hombre más joven que él. En el escenario, una corista sin fuste cantaba ‘No me importa nada’. Embelesado, Pancho Varona la miraba desde la barra del local. Irene se fue sin decir nada, sin despedirse de nadie. Dio señales de vida quince días después, al otro lado del puente aéreo, con una beca en un bufete y un piso compartido con dos chicos que resultaron también ser pareja.

La otra hermana de Rubén Santamaría, la de en medio, era un tanto pusilánime. Andaba por casa como ausente, sin ánimos de nada, del sofá a la cama y de la cama al sofá y, entretanto, pasaba algún juicio o estudiaba alguna sentencia en el escritorio de su cuarto. El padre, con su antifaz, le pasaba algo de trabajo, bien remunerado siempre. Rubén Santamaría me contó en aquel luminoso mediodía que lo de Julita era una forma de huir de la realidad tan legítima como la de Irene.

Aquella era un forma de vivir como otra cualquiera. Quién no esconde un secreto. Quién no guarda un muerto en el armario. Quién no tiene un hijo homosexual y no quiere que lo sepa el resto del mundo: qué dirán las vecinas, las amistades, la familia del pueblo, con lo atrasados que están, qué dirán en el partido. Qué dirá su padre. Ah no, su padre no, por ahí no pasa. El padre de Rubén Santamaría nunca pudo tolerar el amaneramiento de su hijo, su buen gusto por la moda o su reacción ante cualquier juego de chicos: el fútbol, las chapas o cosas así. Sin embargo, aquello era imparable. ¿Cómo iba a serlo, si no? Rubén Santamaría creció feliz con sus hermanas, con las amigas de ellas y con las suyas propias y cuando dejó el instituto, con unas notas envidiables y un futuro más que halagüeño, salió del armario con la naturalidad con que sale uno a la calle por la mañana, a comprar el pan, el periódico y los churros con que desayune la familia.

–¿Qué pasó entonces? –le pregunté.

Camilo bebía cerveza sin parar. Estaba sentado en un taburete, aturdido por el alcohol, leyendo un diario que alguien había olvidado en la barra del bar.

Por lo visto, pasó algo imprevisible. Muy bien hijo, pero tú búscate novia y cásate y forma una familia. Se un hombre de provecho, le dijo su padre. Rubén Santamaría estuvo varios días sin pasar por casa, hablaba con su madre por teléfono. Durante aquellos días, el padre la pegó más de lo habitual. Al parecer, ella salía siempre en defensa de Rubén y una vez le echó en cara su doble vida. La situación se fue normalizando y Rubén Santamaría comenzó a vivir su vida sin tener en cuenta a su padre. Eso sí, a las siete y media, cuando todos se sentaban a la suculenta mesa del desayuno, el padre preguntaba como si tal cosa:

–¿Qué tal hijo mío? ¿Alguna chica por ahí de la que nos quieras hablar?

Rubén se metía entonces la tostada en la boca y miraba para otro lado y la única hermana que le quedaba en casa seguía tan ausente como la que huyó a Barcelona. El padre no cambió de actitud ni siquiera cuando Rubén anunció en casa la fundación de la asociación en defensa de los derechos de los gays en pleno barrio de Chueca.

–Así me gusta, hijo, yo en el despacho también defiendo a la gente que lo necesita. Los banqueros no necesitan abogados, los obreros sí.

Todo muy progresista, sí, pensaba Rubén Santamaría apurando el zumo de naranja y saliendo a la calle con su mochila a la espalda y su sonrisa pintada en la cara.

Rubén Santamaría insistió en pagar la cuenta de las cervezas. Recogió las vueltas y me dio un abrazo amistoso, fraternal. Me sonrió de cerca y estalló en una tremenda carcajada cuando descubrió a Camilo dormido sobre la barra. Le despertó y le ayudó a salir a la calle. Un tipo trajeado, de pelo ensortijado y zapatos caros se paró delante de nosotros, justo cuando andábamos despidiéndonos. El pijo resultó el padre de Rubén Santamaría.

–¡Hola hijo! –dijo entusiasta. Después, nos saludó efusivo a Camilo y a mí.

–Disfrutad del día, que es estupendo, y a ver si buscas novia ya, hijo, que el tiempo pasa muy deprisa–. La risa del padre de Rubén Santamaría retumbó en aquella calle estrecha del barrio de Chueca. –¿Y vosotros qué? ¿Tampoco pensáis en casaros?

Feúcho y manco

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El de su nacimiento fue sin duda uno de los peores momentos en la vida de su madre. La ilusión de dar a luz a su primer hijo (el hijo, el nieto, el sobrino, el primito que todos estaban esperando) se vio truncada al descubrir que Jaime García Blanco había nacido sin su bracito izquierdo. El niño estaba completamente sano, lloró al recibir los azotes del médico, tomaba el pecho a sus horas y dormía como lo hacen los niños de su tiempo. Todo en orden, sí, con la salvedad de su extremidad superior izquierda. Jaime García Blanco creció con las dificultades propias de quien padece un carencia como la suya. Su madre tenía que ayudarle a vestirse cada mañana, antes de marcharse al colegio con la mochila colgada del hombro derecho. Los primeros contactos con el resto de niños fueron lo suficientemente traumáticos para que Jaime García Blanco recelara por siempre del género humano. Algunos niños le llamaban manco y otros se burlaban de él sacando sus brazos de las mangas del abrigo y desfilando tras él en la fila de entrada a clase para diversión del resto. Nunca pudo aprender a montar en bicicleta y tampoco pudo jugar al baloncesto en el equipo del colegio. A pesar de todo, el currículum escolar de Jaime García Blanco fue bastante brillante y, aunque en el instituto las chicas huían de él y de su discapacidad, no tuvo problemas para ir a la universidad y estudiar una carrera. Su madre seguía ayudándole cada mañana a ponerse el jersey y pronto conoció a una chica bastante feúcha con la que comenzó una relación que duró hasta la semana pasada.

Comían juntos en la cafetería de la facultad y ella se ofrecía siempre a cortarle el filete empanado y a pellizcarle el pan en trocitos para que él se los fuera comiendo. En un rincón del edificio, entre clase y clase, jugaban a besarse y a meterse mano, con las dificultades que aquello entrañaba para el bueno de Jaime García Blanco, que pronto se convirtió en un abogado de prestigio y felizmente casado con Mari Carmen Ruano aquella chica tan poco agraciada a la que conoció en las clases de Mercantil. Ganaba mucho dinero, es cierto, y no dejó por ello de cumplir con uno de sus sueños: comprarse un coche deportivo automático con el que viajar a todas partes acompañado de su chica. Nunca tuvo carnet de conducir, porque la sociedad pacata que dictaba las leyes, pensaba él, nunca se lo permitió. Sin embargo, se las ingenió para aprender a conducir con destreza, sobre todo cuando salía de la ciudad, donde los giros del volante eran muy pronunciados y su ejercicio se antojaba muy difícil con un solo brazo, y se introducía por algunas de esas carreteras secundarias en las que siempre tuvo la tentación imposible de sacar la mano por la ventanilla para disfrutar de la brisa. ¿Te gusta conducir?, se decía a sí mismo. Me encanta, se respondía riendo, para descubrir después que le faltaba un apéndice con el que accionar el elevalunas cuando ya estaba en carretera.

–Un día tendrás un problema –le decía Mari Carmen cuando le veía salir por la puerta con las llaves del coche en la mano.

–¿Te parece poco este? –respondía él agarrando la manga vacía de su chaqueta con la única mano con que le agració la naturaleza.

Jaime García Blanco y Mari Carmen Ruano tuvieron dos niños tan feúchos como su madre pero tan resueltos ante la vida como su padre. No tuvieron problemas para desenvolverse en clase con los otros niños, para jugar al baloncesto en el equipo del colegio ni para ligar con las chicas del instituto.

La familia progresaba feliz en la vida, con los altibajos propios de la clase media en la que se movían. El problema surgió hace algo menos de año y medio, cuando Mari Carmen, cuyo rostro se había ido afeando con las arrugas propias del paso de los años, anunció a su marido que estaba embarazada de nuevo. Entonces solo la alegría invadió la casa, aunque los dos mayores aguardaran con recelo la llegada de un hermano pequeño que se dedicara a acaparar las atenciones de sus padres.

–Igual se lo gastan todo en pañales y biberones y al final no me compran la moto –le decía por la noche Isaac al que todavía era su hermano pequeño, que dormía en la cama de al lado.

En todo caso, la familia al completo celebraba las jornadas de compra en los grandes almacenes de la ciudad, a los que acudían en el coche de Jaime García Blanco, que seguía conduciendo con habilidad pero sin permiso, para adquirir todo aquello que el bebé necesitara: una cuna de madera y un balancín, un moisés y una sillita para el coche y mucha ropita de todos los colores. Celebraban también las visitas al ginecólogo y las ecografías que mostraban la evolución del niño. Celebraron todas menos la penúltima, en la que los doctores detectaron que al niño, sí, sería también niño y ya habían decidido que se llamaría Jaime, como su padre, le faltaba también un brazo.

–¡Ya me extrañaba a mí que esto no fuera hereditario! ¡Pero si es que lo tuyo no es normal!

Los gritos de Mari Carmen desconcertaban a Jaime García Blanco, que de la noche a la mañana se vio comiendo filetes a bocados y dando grandes mordiscos al trozo de pan que le cortaban sus hijos mayores con bastante displicencia. Nadie le ayudaba a vestirse: ni siquiera le ayudaban con el nudo de la corbata cuando tenía que pasar algún juicio importante. Las cosas se iban torciendo más y más y cuando nació el bueno de Jaime García Ruano, que lloró cuando la matrona le dio unos azotes en el culo, que tomaba el pecho a sus horas y que dormía como un bendito, feúcho como su madre y manco como su padre, todo terminó por explotar. Mari Carmen Ruano no estaba dispuesta a pasarse la media vida que le quedaba haciendo lo mismo que había estado haciendo durante su media vida anterior.

–¡Ya! ¡Claro! ¡Dos mancos para vestirse y dos mancos sin poder utilizar los cubiertos a la hora de comer! ¡Solo me faltaba eso!

Los gritos de Mari Carmen aterraban ya a Jaime García Blanco, quien hace una semana se decidió a poner tierra de por medio. Se levantó el miércoles muy temprano y se ayudó de Isaac, el mayor, para poder vestirse y dar de desayunar a Jaime García Ruano, al que colocó en la sillita que habían instalado en el coche deportivo con el que pensaban huir y con el que definitivamente huyeron por una carretera secundaria por las que a Jaime García Blanco le gustaba conducir.

Ya por la noche, los dos hermanos que permanecieron en el hogar familiar al calor de su madre, más feúcha que nunca y bastante hundida por el desenlace tan infeliz de una historia que había durado tantos años, hablaron cada uno desde su cama.

–¿Por qué lo hiciste? –preguntó el mediano, del que hoy nadie recuerda su nombre.

Isaac le respondió con otra pregunta.

–¿El qué?

–Ayudarles a huir. Al fin y al cabo, son nuestro padre y nuestro hermano.

–La moto, hermano. No quiero quedarme sin la moto.

Quítate los zapatos

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Es tu manera de gritar por la libertad. Caminar descalza por la calle. Te da igual que el asfalto te abrase las plantas de los pies o que en la acera se acumulen los charcos de la lluvia. Es tu forma de decir aquí estoy, no le tengo miedo a nada. Aunque el miedo es un sentimiento tan fieramente humano[1] como lo son la necesidad, la angustia o el odio que nos despiertan acciones tan absolutistas como encender el televisor o como coger el metro cada mañana. En ese caballo de hierro se mueven las víctimas de esa tiranía, gentes que no se atreven a caminar descalzas porque lo suyo es llevar un zapato que nos sujete bien el pie, que nos impida tropezar con algún elemento que nos sorprenda primero a la vista y después nos despierte el alma y la mente y nos pueda hacer salir de esa senda que nos viene marcada y que no conviene abandonar. Caminar descalza, sí, liberada de las cadenas del que tiene el dinero y te dice qué hacer con él y cómo gastarlo y hasta dónde guardarlo. Descalza, sí, sin miedo a las espinas ni a los cristales, que te esperan con sus aristas cortantes, ávidos de sangre fresca con la que alimentar su único sentido en la vida: el control, la imposición, la traba. Avanza sin temor, hazlo descalza, descubre tus pies y lánzate sobre el frío asfalto de la madrugada. Indaga, busca, camina. Deja atrás a los que, afronten el camino que afronten, se ponen siempre un calzado cómodo con el que evitar los callos, los tropezones y las caídas consiguientes. Quítate los zapatos, desnuda tus pies. Grita.

[1] Blas de Otero

El currículum

Plaza de la Constitución de San Sebastián

Plaza de la Constitución de San Sebastián

donde está donde está maldito despertador vaya nochecita ya ya voy me hago pis no aguanto más no debo olvidar el currículum ni la carta de recomendación de Ramiro seguramente me pueda ser útil ¡ah! ¡quema quema! de todos modos quién sabe después de dos años sin trabajar sin dar un palo al agua no te autocastigues Javier tampoco ha sido culpa tuya lo has intentado todo hasta repartir butano mierda no sale no sale siempre igual cada vez que entran a la ducha me dejan vacío el bote del champú ya ves tú un licenciado en derecho repartiendo butano a quién se le ocurre solo a mí desde luego ya me lo decía mi padre no tires la toalla Javier ni el dinero que me costó pagarte la carrera pobre papá espero que me envíe suerte desde el cielo o desde el más allá o desde dónde cojones haya ido a parar su alma si es que tenemos alma que no lo tengo yo tan claro por mucho que nos quisiera contar aquel meapilas que nos daba clase de canónico joder y la toalla mojada y el albornoz dónde coño está el albornoz relaja Javier relaja que es muy temprano y te espera un día tenso y duro creo que me vendrá bien afeitarme vaya ojeras tío luego le pediré a Silvia una de esas cremas que usa ella y que la hacen salir de casa como si no hubiera pasado el tiempo por ella desde que cumplió los veinticinco lo de Silvia si es que es amor aguantarme aquí día tras día semana tras semana mes tras mes trabajando y trayendo el dinero a casa y yo aquí con un subsidio de mierda de cuatrocientos euros todo un abogado con buenas notas en su promoción con un buen currículum y con cuatrocientos euros de mierda ya chifla la cafetera hoy me ha salido fuerte sí cuatrocientos euros no me jodas si tuviéramos que vivir de eso yo me pongo la roja pero qué quieres que te diga no mejor no te lo digo me pongo la roja y punto qué más da el color de la corbata lo que importa es el trabajo a mí puede parecerme un riesgo pero qué tengo que perder ¿el enésimo trabajo en dos años? ya ves el currículum que no se me olvide el currículum ¿dónde está mi carpeta de piel? venga Javier déjatelo todo listo por la noche que luego por la mañana te vuelves loco tú y nos vuelves locos a los demás por qué no la haré caso demasiado me aguanta la pobre aquí aquí qué buen regalo me hizo papá antes de morir ¿eh? yo me lo tomé como una indirecta a ver si buscas trabajo ya hombre pero no que va era una forma de decirme eres un buen abogado sal a comerte el mundo el perfume no te has perfumado ya estamos igual que con el champú parece que se lo beben joder las nueve y media al final pierdo el autobús venga sí un beso que llego tarde joder ahí está ya viene corre que no llegas justo a tiempo qué fatiga tienes que retomar el gimnasio o hacer al menos algo de deporte que no te cueste mucho dinero salir a correr sería una buena opción eso y dejar de fumar joder ¡vaya frenazo! tampoco estaría demás es una cuestión de salud y también económica menuda pasta en tabaco al cabo del año y cobrando cuatrocientos euros en fin sí creo que es la siguiente sí ahí está las diez menos cinco el tiempo justo estirarme el traje ajustarme la corbata y subir al tercer piso que haya suerte por dios que haya suerte que Silvia se va cansar de mí y me va a mandar a la mierda que se va a cansar de mantenerme ya lo verás qué chica tan mona muy elegante el despacho desde luego este sofá será carísimo a ver si me llaman ya y termino con esto cuanto antes que son ya las diez y diez y me citaron a las diez y tengo que hacer la comida el pescado en el horno no se hace en media hora lleva su tiempo no sé si tengo vino blanco creo que sí que lo trajo Silvia ayer del súper venga vamos allá qué buena está eh sí el currículum mierda el currículum dónde cojones está la carpeta dónde me la he dejado en el autobús no no joder en la habitación está en la habitación mierda mierda mierda una oportunidad me dieron una oportunidad y yo sin currículum lo que no me quedan son bolas de pimienta negra paso por la tienda de camino a casa y las compro tengo la mañana entera para preparar la comida mierda la carpeta el currículum mierda.

Si cada día fuera domingo

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Ni siquiera Jaime ha sido capaz de explicármelo. Quizás él tampoco lo tenga claro. Venga, Jaime, dímelo tú: ¿Qué haremos cuándo se hayan ido? Los hijos llegan en días muy señalados, de nervios, contracciones y carreras hacia el hospital, llenan nuestra vida durante una serie de años que parecen inagotables y, cuando te quieres dar cuenta, huyen con sus propios anhelos, con los miedos que han ido fabricando a nuestro lado, a vivir la vida por su cuenta. Supongo que nosotros también lo hicimos así, aunque nunca hablé de ellos con mamá. Que crecimos entre algodones que en ocasiones pudieran resultarnos papel de lija, que heredamos costumbres y manías y que otras, la gran mayoría, las adquirimos sin necesidad de testamentos ni notarios. ¿Puede haber algo más gris, más adusto, más triste en definitiva, que un notario? Por eso, cuando uno es joven prefiere romper con lo que le rodea y salir a la calle y respirar por uno mismo, caminar por uno mismo y tropezar por uno mismo. Y no le gusta a uno que le recrimine nadie el tropezón, y menos su padre con un ‘ya te lo decía yo’. Se irán, Jaime, se irán aunque no quieras verlo. Se irán porque es ley de vida. ¿Y qué haremos entonces? Descubrir una casa grande y vacía. Levantarnos cada mañana, cada uno por nuestro lado, como lo hacemos ahora, y recorrer las habitaciones yermas de vida. Sí, con una cama que ocupan de vez en cuando, por Navidad y en fechas así, con los cajones de la mesita de noche sin restos de tabaco, sin cartas perfumadas y sin ropa interior, y con un escritorio desierto de apuntes y de bolígrafos que no escriben porque secaron la poca tinta que almacenaban. Habremos tirado a la basura los afiches que decoraban las paredes, habremos pintado para cubrir los agujeritos de las chinchetas y seguiremos ventilando cada mañana como si allí siguiera oliendo a tigre. Pero nada más lejos de la realidad, Jaime. ¿Qué nos quedará cuándo se hayan ido? ¿Un ticket minúsculo en el mercado y la posibilidad de comer verdura cada vez que nos apetezca? Sí, será así, aunque en su ensimismamiento Jaime prefiera no advertirlo. Pero terminará por toparse de bruces con esa realidad y se sorprenderá a sí mismo poniendo la mesa para cinco, con cinco juegos de cubiertos y cinco vasos y cinco servilletas de papel. Y cinco platos vacíos, como el resto de la casa, que volverán vacíos a las vitrinas porque no habrá lentejas para todos. Ni comensales para todos. Nadie dirá que están sosas, que hoy no tiene hambre porque picó algo al salir de clase o que se ha puesto a régimen y no puede andar todo el día comiendo cuchara. A las tres estará todo recogido, los platos en el lavavajillas y la cocina reluciente y tú, Jaime, en tu butacón durmiendo la siesta antes de salir al paseo con el perro. No creo que se lleve ninguno al perro, fíjate tú, y eso que es del mayor, al que se lo regalamos por su buenas notas. ¿Habremos descubierto para entonces que podemos dormir tranquilos cada noche de sábado? Quizás no, quizás pensemos que siguen por ahí, de copas o vete tú a saber de qué, pero que ya no controlamos cuándo ni cómo llegan, porque lo hacen en otro domicilio, quizás en otra ciudad, quién sabe si en otro país. Y podremos salir a cenar o podremos quedarnos en casa, discutiendo, cansados de vernos las caras, de no tener la responsabilidad de preparar la cena de nadie ni de garantizar que queda agua caliente en el termo cuando la mediana venga del gimnasio y quiera darse una ducha. ¡Ah! ¡La ducha! ¡El cuarto de baño! ¿Tú sabes lo que será poder entrar al cuarto de baño cuando tengamos ganas de mear y sin reñir a nadie desde el otro lado de la puerta? Pero qué vacío quedará todo. ¿No te das cuenta, Jaime? Como mucho adivino tu sonrisa cómplice cuando escuches la puerta, los domingos al mediodía, y salgas por el pasillo pensando en tus adentros ‘ya están aquí’. Pasaremos muchas tardes esperando el sonido del teléfono, al menos una llamada, tú mirando al televisor y yo leyendo una de esas novelas que me regalaban por mi cumpleaños y que no tuve tiempo siquiera de abrir. Las pasaremos el uno junto al otro, tal vez cogidos de la mano, compartiendo pensamientos que no saldrán de nuestros labios por no cargarnos de nostalgia el uno al otro. Se irán, Jaime, se irán y vagarán solos por el mundo y contaremos los días en el calendario y recordaremos con una sonrisa los nervios y las carreras al hospital, las lentejas acumuladas en la olla y el olor a tigre del cuarto del mayor. Y el perro se sentará a nuestro lado, cansado ya por la edad, a esperar el sonido del timbre como si cada día fuera domingo.

La vida es ausencia

Ya en mi alma pesaban de tal modo los muertos/ futuros que no podían andar ni un solo paso sin que/ las piedras revelaran sus entrañas.

Rafael Alberti

Llegado un punto de la noche, el abuelo mandaba callar, alzaba su copa y brindaba por los ausentes. Aunque ya no estén aquí, decía, estarán siempre presentes en nuestra memoria. ¿En quien pensaría mi abuelo cuando ponía en marcha el protocolo y soltaba semejante frase? En la mesa apenas quedaba hueco: grandes fuentes de marisco fresco y de quesos y embutidos, una cubertería resplandeciente y una cristalería fina y deslumbrante. El resto de los comensales dejaban por un instante sus vacuas ocupaciones y se ponían de pie y reían a carcajadas mientras chocaban sus copas llenas de vino de la tierra. Los niños mirábamos sorprendidos el ritual y enseguida volvíamos al plato de sopa de picadillo y a las croquetas. El olor del cordero en el horno llegaba hasta el comedor. Se referirá a los muertos, digo yo. Pero, ¿a qué muertos, si aquí no falta nadie? Que no ha muerto nadie, vamos, que yo tengo doce años y no sé lo que es un funeral. Tan solo lo que me contó mi amigo Óscar en el colegio, días después de que apareciera un conserje en clase diciendo que su madre le esperaba fuera porque acababa de morir su abuela. Así, tal cual. Acaba de morir su abuela. La mía estaba en la mesa, sin embargo, con su delantal manchado de grasa y un sorbito de vino blanco en su copa. Estaban también mis padres, discutiendo sobre un asunto que carecía de importancia desde mi perspectiva de un niño de doce años, y también mis tíos, discutiendo sobre el mensaje del rey y repitiendo los argumentos del año anterior, y del anterior, y del otro. Siempre los recuerdo así. Y estaban mis primos, devorando croquetas unos, bebiendo otros refrescos de limón y cantando villancicos con una pandereta los de la tía Angelines. Pero mi abuelo estaba allí, presidiendo la mesa con sus gafas de concha, su corbata granate y una camisa blanca con gemelos en los puños, haciendo un ejercicio evocador que solo se entiende ahora, casi treinta años después, cuando el rey ya no es el rey que todos conocimos, una vez que mis padres dejaron de discutir por temas nimios (se divorciaron porque no se soportaban) y con mis primos desperdigados por el mapamundi: Bruselas, Girona, Biarritz, Londres y Honfleur, una pequeña villa normanda al oeste de Francia. Se entiende mejor aquel brindis tradicional a los pies de su tumba, a la que me acerco en la mañana de Navidad cada año desde que murió. El silencio se contrapone a la memoria bulliciosa, a las cenas copiosas y a la ebriedad de los invitados, a los villancicos de mis primos y a las voces de mi abuela pidiendo platos para servir el asado. Hace mucho frío, son apenas las diez de la mañana y la niebla no ha levantado y no deja ver el horizonte y el hielo hace peligroso caminar por las zonas umbrías del cementerio. Pero es aquí, entre lápidas de piedra selladas al suelo y flores secas, donde cobra sentido todo. Por aquí navegan las almas de aquellos ausentes a que se refería mi abuelo: sus restos descansan (quien sabe si aquí también, en la otra vida, sigue trabajando como lo hizo al otro lado de la verja de hierro) junto a los de sus padres y a los de mi abuela, que murió después que él. Las inscripciones sobre el mármol delatan que la vida es ausencia, anunciando apellidos que antes yo era incapaz de colocar en alguno de los que acudíamos a aquellas cenas de Nochebuena, que a la mesa siempre hay alguna baja involuntaria y que no está demás que haya alguien capaz de recordarlo sin confundir la memoria con la nostalgia. Mi abuelo lo hacía con su brindis por Navidad. Yo lo hago en silencio, visitando su recuerdo de piedra, con abrigo, bufanda y guantes, sentado sobre él como lo hacía de niño en su regazo.