Zapatos

Mi suegra ha traído ya los pantalones. Vienen planchados y todo. Les ha cogido el bajo y los ha estrechado de pata. No me gustan nada esos pantalones holgados, tan abiertos por abajo que casi te tapan el zapato. Los zapatos dicen mucho de la personalidad de la gente, dice siempre Silvia, que colecciona pares y pares –es posible que llegue a los sesenta o setenta– y que insiste en que combine bien los míos con la ropa que me pongo a diario. Ya, ya, si serán muy cómodos, me dice, pero no pegan nada con ese cinturón ni con esa camisa. Después se acercará a mí, agarrará la prenda por el cuello y dirá con su sorna habitual: esto está sucio, quítatela y métela en la lavadora.

Otra vez al armario a buscar una camisa que haga juego con los zapatos. Es más fácil buscar una camisa en el armario –todas ordenadas, en sus perchas, a la vista y fáciles de alcanzar– que buscar unos zapatos. Silvia guarda cada par en su caja de cartón y las apila sobre el vestidor, de forma que buscar los zapatos se convierte en algo parecido al juego de los barcos. Así, en el H9 encuentras unos tacones de aguja que solo se puso cuando se los probó en la zapatería y en el B1 una caja vacía, bien porque los lleva puestos o porque se los ha dejado a alguna amiga para algún evento determinado. ¡Hundido! La probabilidad de encontrar uno de mis pares de zapatos en ese juego macabro es similar a la de que me toque la lotería, teniendo en cuenta que solo juego en Navidad, porque si ella tiene más de seis decenas de pares, yo andaré por los tres o cuatro. Pares, que no decenas.

Así que más te vale encontrar una camisa acorde a los zapatos que ya llevas puestos, Chechu, me digo delante del armario. Siempre hay alguna que encaje con el calzado, desde luego. Una blanca, que va con todo, me digo, mirando bien que el cuello no esté sucio y que los puños no estén muy desgastados. ¿Por qué te pones siempre las mismas? Sí, la pregunta, flemática y certera ahí donde más duele, es de Silvia. Creo que no le gusta que me siga poniendo mi ropa de soltero, aunque ella diga lo contrario. El “te queda mejor esta, ¡dónde va a parar!” siempre termina con sus manos en una de las camisas que me ha comprado ella desde que vivimos juntos. Además, nunca te la pones, me dice. Y así siempre.

El caso es que ya estoy listo. Ya tengo puesto el pantalón (tiene buenas manos mi suegra para la costura), la camisa y los zapatos a juego. Estoy sentado en los escalones de la puerta, echando un vistazo al móvil y atento a pillar al cerdo que nos deja cada día la mierda de su perro en la puerta de casa. Aún me queda media hora para salir y llegar tarde, estimo. Silvia tiene siete vestidos extendidos sobre la cama (aún no ha decidido cuál ponerse) y juega a los barcos en el vestidor. Los de la casilla C8 van bien con el verde, pero no con el de gasa blanca. ¡Tocado! Casi mejor me quedo con los de la J7, me dice gritando desde el interior de la casa. ¡Agua! Yo asiento sin mucho afán y ella se ratifica en su teoría mientras recorre el pasillo de un lado al otro: los zapatos son parte de la personalidad de la gente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s