¡Salta!

Agosto se asomaba ya por las tórridas páginas del calendario y el bueno de Javier hacía lo propio en la esquina del bloque de apartamentos en el que pensaba alojarse durante unos días. Fijaba su vista en la vida que bullía en el paseo marítimo y por un momento le pareció que aquella gran avenida, escoltada de grandes palmeras y espiada por el mar, acogotado al final de una inmensa playa de arena cubierta de sombrillas de colores, hamacas de plástico y un par de cobertizos en los que se servían bebidas y raciones, le parecía la Gran Vía de Madrid. Llevaba puesto el bañador nuevo que le había comprado su madre, una camiseta blanca que le quedaba grande y unas chanclas de colores que estrenó una vez en la piscina sindical y que no se había vuelto a calzar nunca. Javier se sentía extraño. Le parecía estar ocupando el cuerpo de otro. Echaba de menos el traje con el que acudía a trabajar cada día a su oficina, una correduría de seguros que iba viento en popa, con su corbata y sus camisas bien planchadas y con los zapatos italianos que le lustraba su madre cada mañana mientras él se tomaba el café con las tostadas.

El sol pujaba con fuerza y cegaba los ojitos de Javier, educados hasta ese día a las cuentas y los balances, a las pólizas, los contratos y a la luz artificiosa de la pantalla del ordenador. Comenzó a caminar con cierto miedo en sus pies y alcanzó la playa en un paseo que se le hizo demasiado largo. La gente se amontonaba en la orilla. Unos tomaban el sol tumbados sobre sus toallas y otros se refugiaban encogidos bajo sus sombrillas protectoras. Embadurnados de crema unos, rebozados en arena fina los otros. Vigilaban a sus niños de cerca, no fuera a ser que la osadía de una ola diera al traste con el castillo de arena y arrastrara hacia el mar el cubo y la pala del aprendiz de arquitecto. Atinó a encontrar un metro cuadrado de superficie en la tercera fila de bañistas y colocó una toalla que conservaba de su infancia (¡cómo la vas a tirar, si está nueva!, le decía su madre) y que tenía un piolín encerrado en una jaula sobre un fondo del mismo azul que el cielo. No pudo evitar sonrojarse y echó de menos la cómoda silla de su puesto en la oficina, con su respaldo ergonómico y ese cuero que tanto le abrigaba en las frías mañanas de enero. Se sentó con las piernas flexionadas, sacó una gorrita de la mochila y un bote de crema protectora que se untó con ahínco en los brazos y el cuello. No estaba dispuesto a quitarse la camiseta. Tampoco se quitaba la chaqueta en el trabajo, era parte de su indumentaria y permanecer sin ella ante los clientes o en sus habituales comidas de trabajo le parecía una falta de decoro.

Cuando Javier ya estaba acomodado sobre su toalla, mirando al horizonte y removiendo la arena con un dedo, descubrió frente a sí a un grupo de chicos y chicas ataviados todos con la misma camiseta. Eran muy jóvenes, no pasarían de los diecisiete o dieciocho años y andaban haciendo ejercicios de estiramiento. Estaban tan próximos que la arena que movían con sus pies salpicaba la toalla de Javier. Intentó esquivarlos con la mirada, que tenía fija en el mar, en los dos veleros que navegaban muy próximos el uno del otro y en los bañistas que intentaban alcanzarlos con su barcas a pedales. Pronto sacaron de sus mochilas unas combas de colores y continuaron con su calentamiento. Javier se tumbó bocabajo y se dispuso a echar una siesta.

Apenas si se quedó traspuesto durante unos minutos, no más de veinte. El tiempo justo para que por su mente desfilaran sus compañeros del departamento comercial, quienes dedicaban su tiempo para almorzar en acudir a un gimnasio próximo a la oficina. ¡Estás muy delgado, Javier! ¡Anímate, hombre!, le decían mientras desfilaban junto a su mesa, con sus bolsas de deporte en una mano y unas botellas con bebida isotónica en la otra. Javier se los imaginaba corriendo sobre una cinta como búfalos por el norte de África y levantando pesadas mancuernas para ejercitar sus bíceps.

La brisa marina aumentaba su sensación de placidez, pero un latigazo en la espalda le despertó y le hizo levantarse como un resorte.

–¡Qué! ¡Qué pasa! ¿Falta alguna póliza?

Una de las chicas que minutos antes estiraba sus músculos junto a sus compañeros le miraba de frente con cara de preocupación e insistía en pedirle disculpas. Los goterones de sudor trazaban surcos perfectos en la frente de Javier, que seguía balbuceando palabras inconexas que dieran con la explicación de lo que le estaba pasando.

–¡Duele! ¡Duele! –gritaba.

La muchacha le ofreció sus manos para incorporarlo primero y ponerlo de pie después.

–¿Le apetece probar?

Javier seguía algo aturdido y giraba sobre sus pasos para ver cómo saltaba con sus combas aquel grupo de chicos atléticos y divertidos. Sus acrobacias eran realmente espectaculares. Tanto era así que los bañistas les habían rodeado en un corro gigante y aplaudían efusivos cada cabriola. Saltaban con dos y tres cuerdas a la vez, se echaban sobre la arena para brincar después en cuclillas y se ponían boca abajo para saltar sobre sus manos dejando pasar los latigazos de la cuerda de colores por debajo de sus cuerpos.

–No, gracias, yo no…

El corro de bañistas no toleró la negativa y pronto empezó a gritar y a aplaudir con el ánimo de convencer a Javier de que intentara al menos alguna de esas contorsiones.

–¡Vamos hombre! ¡Que no se diga! –un tipo panzón que se cubría la cabeza con un gorrito de paja le propinó un manotazo en la espalda que le impidió salir del círculo. En un tono similar se expresaban el resto de curiosos: niños que portaban en sus manos el cubo y la pala de hacer castillos, señoras que habían girado su silla plegable para no perder detalle del show, una adolescente que comía sandía con cierta ansiedad y un par de socorristas que habían abandonado sus puestos alertados del corro y de la posibilidad de encontrar dentro de él a algún cuarentón infartado o tal vez alguna insolación propia de la época y del lugar.

Aplaudían todos jocosos, el rostro de Javier se iba haciendo más y más rojo, a causa del fuerte sol de mediodía y de la vergüenza que estaba pasando. Susurró un “venga, solo un poquito” y colocó sus pies descalzos junto a la cuerda que reposaba en el suelo antes de ser agitada por dos de los chicos saltarines. El gentío aplaudía y silbaba alborozado. Apenas si quedaban ya bañistas en el mar ni familias en el chiringuito, desde el que llegaba el aroma a sardinas asadas y a paellas recién hechas.

–¡Eh! ¡Un momento! –gritó la chica que lo había despertado del sueño. –. ¡Tendrá que quitarse la camiseta!

Javier lanzó un soplidito de resignación y se quitó la camiseta, exhibiendo un blanco en la piel mayor que el de la prenda. Una marca roja le cruzaba la espalda de arriba abajo, consecuencia del latigazo que lo acababa de despertar.

–¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

Las combas empezaron a volar sobre su cabeza y a azotar fuerte el suelo bajo sus pies y Javier apenas pudo soportar más de cuatro envites. El gentío prorrumpió en un sonoro aplauso, seguido de gritos y de silbidos que pusieron a Javier aún más nervioso. En medio de la algarabía pudo escabullirse del grupo, se puso la camiseta y se marchó al chiringuito. Ni la sombra del chamizo ni el frío de la cerveza fueron capaces de bajarle el rubor de la cara. El camarero le había servido un platito de frutos secos con la bebida.

–¿Sabes que no se te da mal?

Javier giró la cabeza y descubrió a la misma chica que minutos antes pedía clemencia tras el latigazo en la espalda. Después se encogió de hombros como única respuesta.

– ¿Por qué no te unes a nosotros? Vamos de playa en playa y solemos pasarlo bien.

Javier pidió otra cerveza para la chica e intentó zafarse de su estrategia. Estás solo en la playa, qué aburrimiento…

Cuando se acabaron las cervezas, Judith pidió otra ronda y después marcharon cada uno por su lado.

–Si te animas, mañana a las diez estaremos en el paseo marítimo, junto a la estatua del poeta.

Javier alcanzó su toalla, se quitó la camiseta y se dio un baño refrescante. Judith volvió con el grupo para avanzar en su recorrido, dando saltos y pasando la gorra. Su vista alcanzó a contemplar cómo avanzaban hacia la siguiente cala en un ambiente divertido y optimista. Así lo hacían cada día sus compañeros de oficina cuando salían por el pasillo camino del gimnasio.

 

Javier metió una pizza precocinada en el microondas del apartamento. Había decidido cenar en casa. No tenía ganas de más sorpresas. Se acomodó en el sofá, encendió el televisor y se dispuso a ver la reposición de una película que había visto ya en otras ocasiones. Con la pizza a medias y la película recién empezada, Javier se quedó dormido.

Eran las ocho de la mañana cuando se despertó sobresaltado y corrió a la ducha y al armario del cuarto para comprobar que la camisa del traje estaba planchada. Llego tarde al trabajo… ¡qué trabajo! ¡Si estoy de vacaciones! Volvió a mirar el reloj y se tumbó sobre la cama sin deshacer en un claro signo de agotamiento. Dormitó durante otra media hora. Después se dio una ducha de agua fría, se puso ropa cómoda y a las diez menos cinco ya estaba esperando sentado en el pedestal de la estatua del poeta.

–¡Vaya! ¡Te has decidido a venir!

Javier notaba la diferencia de edad con Judith, que había sido la primera en llegar. Apenas si llegaba a los veinte años. Sentada junto a él, la chica exhibía unas preciosas piernas, atléticas y morenas como consecuencia de sus periplos por la costa. Una sonrisa feliz se dibujaba en su rostro aniñado, de ojos claros y boca perfecta.

–Bueno, yo… –Javier seguía escaso de palabras.

Judith le tendió una cuerda y le animó a saltar con ella.

–Vamos calentando –le insistió.

Pronto empezaron a llegar el resto de chicos y chicas. Lo hacían sonrientes, entre collejas y trotes y saltos imposibles. Javier agarró los mangos de la cuerda y siguió al grupo por el paseo marítimo. Después se descalzaron y entraron en la playa y compartió piruetas con sus compañeros durante los ocho días que le restaban en la costa.

Se despidió de ellos al caer la última tarde de sus vacaciones. Le regalaron una de las combas, con los puños de madera y la cuerda de colores. Ya se había despojado de la camiseta y su piel lucía un bronceado envidiable y de ella se había esfumado el latigazo que Judith le propinó el primer día. A cambio, se llevó un estimulante beso de mermelada en los labios que le acompañó durante la noche y durante el largo viaje en coche de regreso a Madrid.

El lunes se levantó muy temprano, como de costumbre. Se vistió con su traje de raya diplomática y se tomó el café y las tostadas mientras su madre le lustraba los zapatos italianos. Después se marchó al trabajo y se enfrascó en sus informes, sus presupuestos, sus pólizas y sus clientes. No despegó sus ojitos del ordenador hasta la hora de la comida. Antes de que sus compañeros desfilaran por el pasillo, camino del gimnasio, Javier se quitó la chaqueta. Después sacó la comba de su maletín y se levantó como un resorte:

–Bueno, ¿qué? ¿Hoy no se entrena?

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