Perder el tiempo

Estaba encerrado en casa, tirado en el sofá, con un ojo pendiente de un partido de segunda que daban en la tele, a la que había quitado el sonido, y con otro intentando terminar una novela un tanto pesada de un director de cine metido a escritor. El rótulo de la esquina superior derecha del televisor se mantenía terco en el cero a cero ante las constantes ocasiones de gol falladas por los jugadores del Rayo, que no era mi equipo pero sí al que más simpatía tenía de los dos que estaban jugando. De hecho, ahora mismo soy incapaz de recordar cuál era el equipo rival. Tal vez fuera el Girona, sí, quizás fuera el Girona, pero tampoco estoy seguro del todo.

Aquella mujer seguía sin saber muy bien qué estaba haciendo en aquella isla y qué demonios buscaba en ella. Y llevaba ya cuatrocientas páginas leídas. Me levanté del sofá con parsimonia, dejé el libro sobre la mesita de fumador y estiré mis brazos hacia el techo para desentumecerme. Después me arrastré hasta la cocina, bebí un trago de agua fría de la botella de la nevera y busqué algo para picar. Ese algo no fue más que una triste loncha de jamón de york, de ese que viene envasado en paquetes de plástico imposibles de abrir (el mío, además, estaba ya agonizando). Hice repaso de la lista de la compra: a simple vista necesitaba huevos, mermelada de cerezas para las tostadas de Silvia, algo de fruta, yogures de limón, cervezas y algo con más sustancia a la hora de llevarse un bocado a la boca a eso de la media tarde.

Regresaba al salón por el pasillo, con un paso lento y cansado, arrastrando las chanclas y fijándome en lo abombada que estaba la tarima, cuando me sobresaltó el timbre de la puerta. Era domingo por la tarde, apenas si eran las siete y hacía mucho calor afuera. Finales de junio, tal vez. No estaba esperando a nadie. Silvia se había llevado a los niños a la piscina de su hermana y nadie había amenazado con visitarme sin motivo aparente. Antes de salir pasé por mi cuarto, me puse una camiseta y me atusé el pelo frente al espejo de pie ante el que Silvia se cambia de vestido del orden de tres o cuatro veces cada mañana.

No había nadie en la puerta cuando alcancé a abrirla. Tan solo un hombre desaliñado, demasiado abrigado para las alturas del año en que nos movíamos, se alejaba por la acera abajo. La puerta metálica que separa el patio exterior de la calle estaba abierta y nadie más se cruzaba en mi campo de visión en ese momento. Deduje que fue aquel tipo el que llamó a la puerta y que, cansado de esperar a mi pachorra (que si la camiseta, que si el espejo), decidió marcharse.

–¡Eh! ¡Oiga! –le grité desde el umbral–. ¿Quería algo?

El tipo se giró sin mucho ánimo y me dejó entrever su cara sin afeitar y bastante sucia. El pelo despeinado le cubría la frente y en una mueca extraña que a mí me pareció una sonrisa creí descubrir un diente de oro que brillaba casi tanto como el sol que a esa hora sacudía la calle donde vivo. Después se dio la vuelta y siguió su camino.

Me quedé en la puerta un rato, intentando adivinar a dónde iba y comprobando que no era más que un mendigo que se pararía en las casas de mis vecinos para seguir pidiendo limosna. Pero nada de aquello ocurrió. El tipo desapareció tras una furgoneta aparcada junto al bordillo, entre dos olmos de copas frondosas.

Yo me encogí de hombros y volví a rastras hasta el salón. Desde la mesa de fumador, una mujer con el rostro cubierto por el pelo me miraba desafiante desde la portada de la novela imposible. Resoplé como lo hacen los funcionarios cuando les encargan algo que se sale de su rutina diaria y me tumbé en el sofá a mirar el partido. Gol del Rayo, había marcado el Rayo en el minuto sesenta de partido, tal y como informaba el rótulo del marcador. Rebusqué el mandó a distancia entre los cojines del sofá y subí el volumen del televisor. El locutor narraba emocionado un encuentro de mitad de la tabla en el que ninguno de los dos equipos se jugaba nada. Tal vez sí. ¿No fue esa la temporada en que el Girona ascendió a Primera? No lo recuerdo.

Sí que recuerdo que hablé por whatsapp con Silvia, que me mandó varias fotos de los niños bañándose en la piscina y que me preguntó por cómo llevaba la tarde.

–¿Ha llamado alguien? ¿Ha pasado alguien por casa?

¿Quién tenía que llamar? ¿Quién tenía que pasar por casa para romper mi tranquilidad? Vale, puedes llamarlo aburrimiento. A mí me da lo mismo. Lo que no entendía era esa pregunta de Silvia, sobre todo después del extraño episodio del mendigo o lo que carajo fuera aquel tipo que acababa de llamar a la puerta. Tal vez no fue él, me recordé a mí mismo con el único ánimo de ahuyentar a los fantasmas y de pensar en otra cosa. Volví a beber agua a la cocina y de fondo escuché como la tele narraba el segundo gol del Rayo. Esto está hecho, pensé. Volví al salón y, sin sentarme, vi la repetición del gol (un churro de rebote). Luego me acerqué a la ventana para ver qué pasaba por la calle. No vienen todavía, es pronto, dije justificando mi acción en una repentina preocupación por la llegada de Silvia y los niños. Nada más lejos. Estaba buscando al tipo que había llamado a la puerta. De pronto, la furgoneta tras la que había desaparecido arrancó el motor y se marchó y descubrió al tipo abrigado y desaliñado sentado en el suelo y recostado sobre uno de los olmos. Estaba fumando y parecía contar algo con las manos. Desde mi perspectiva parecían billetes: no, no puede ser, es un mendigo, me dije.

–¿Cómo va la novela? ¿La habrás terminado esta noche? Me apetece un montón empezarla.

Silvia me reclamaba al whatsapp y me recordaba que la mujer de la isla me esperaba sobre la mesa. Quité el volumen al televisor, abrí el libro por la página en que lo había dejado –suelo usar de marca páginas una de mis tarjetas de visita, a veces pienso que con el objetivo inconsciente de no olvidarme de quién soy– y retomé la lectura. La niña seguía tan repelente como siempre, las vecinas de la protagonista no avanzaban en sus propias tramas y la mujer que andaba buscando no sé qué seguía haciendo gala de una zozobra desproporcionada.

El timbre sonó de nuevo. Recé por que fueran Silvia y los niños y poder salir por fin de aquel agujero en el que yo solo estaba empezando a hundirme. Una cerveza en alguna de las terrazas del barrio, quizás hubiéramos quedado a cenar con mis cuñados o con otras parejas de amigos… Chanclas, camiseta y paseíto hasta la puerta para toparme con la nada de nuevo, aunque esta vez el tipo estaba demasiado pegado al murete que separa la calle de nuestra casa:

–¡Oiga! ¡Me quiere decir qué le pasa! Si no se explica no podré ayudarle.

El tipo movió el labio superior y volvió a exhibir impúdico su diente de oro. Después caminó hacia mí y se colocó junto a la puerta de casa. Llevaba varias bolsas de plástico en la mano derecha y de su hombro colgaba una mochila raída y, en apariencia, bastante cargada.

–Si me va a pedir limosna, me temo que no podré serle útil. Mi mujer se ha llevado todo el dinero a la piscina y…

–No me gusta que me hagan perder el tiempo, haber empezado por ahí –me dijo el tipo con una voz ronca, como si saliera de una caverna.

Después se dio la vuelta y se marchó por donde había venido. Estupefacto ante la reacción del mendigo –a estas alturas ya no tenía dudas de que fuera tal cosa– volví al sofá y volví a mirar a la tele. Un busto parlante daba las noticias, por lo que deduje que el partido del Rayo habría terminado ya. Miré la hora en el móvil, busqué en Twitter el resultado final y acudí al whastapp para preguntar a Silvia por su planes.

–Conduciendo –me dijo sin más.

Deben estar de camino, pensé. Terminé el capítulo que había dejado a medias y pronto me di cuenta de que había pasado la tarde en balde. Ni había visto el partido ni había avanzado con la lectura de la novela de la isla dichosa. Volví a la nevera, tomé la última loncha de jamón de york que quedaba en el blíster y di otro trago largo de agua de la botella (cuando estoy solo aprovecho para beber a morro).

De vuelta al salón, volvió a sonar el timbre. Al otro lado de la puerta escuché a los niños discutiendo y un suspiro de alivio se escapó de mi boca. Cuando abrió se echaron los tres sobre mí. Me besaron, me abrazaron y me aturullaron con sus aventuras en el agua: ahogadillas, chapuzones y hasta un picotazo de avispa sobre la rodilla de Nacho, que lucía más roja que su bañador.

–¿Dónde está vuestra madre? –pregunté con cierta ansiedad.

Pronto la escuché hablar y entonces salí al patio exterior a recibirla.

–¡Silvia!

–¿Qué te pasa, cariño? ¿Estás bien? ¡Estás totalmente pálido!

Aquella fue la reacción a ver a Silvia camino de casa acompañada del mendigo que había llamado ya dos veces a la puerta.

–Venga por aquí, que seguro que queda algo de jamón de york para que al menos pueda comer algo.

Mi mujer me apartó de un manotazo –tómate una cocacola o algo, a ver si te sube la tensión, me dijo– y abrió paso para que entrara el mendigo. Éste solo se volvió cuando estaba ya encarando el pasillo. Lo hizo para mirarme con su sonrisa sardónica, de la que se escapó de nuevo el brillo de su diente de oro.

–Cariño, creo que me voy a tumbar un rato, a ver si soy capaz de terminar la novela.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s