Oye, Norma…

No parecía éste el sitio en el que fuera a encontrar a Norma. Sin embargo, la encontré aquí, en esta casa de piedra cerrada con este portalón de dos piezas y situada a la retaguardia de un patio muy fácil de cruzar. Apenas si tiene veinte o veinticinco pasos que no necesitan de torcerse para alcanzar la puerta que da acceso a la vivienda. Sentada en una butaca de mimbre, acolchada en la espalda y de patas robustas, estaba la pobre Norma. De un primer vistazo parecía abatida. Como cansada de vivir en un cautiverio al que se vio sometida sin quererlo. Ésa es al menos la primera idea que obtuve de aquella estampa. No obstante, y al cabo de estar allí, de pie, junto a ella, pude descubrir que sus sensaciones eran otras.

Norma estaba feliz y plena. Había descansado durante varios días, según me dijo: de la cama al sofá y del sofá a la cama. Por las tardes se daba un baño caliente, con un libro y un buen vaso de whisky y solía comer ligero, ensaladas muy frugales sin apenas proteínas. Necesitaba algo así, una temporada alejada de todo. No podía soportarlo más, ¿sabes? He tenido mucho tiempo para pensar, para recomponer mis ideas, para darle una vuelta al futuro que espera ahí afuera.

Ahí afuera no hay futuro que valga, le dije yo, solo existe el presente y discurre lento, muy lento. Aquella aldea era una mota parda sobre los campos de cereal vistos desde las alturas. La rodeaban varias calles cortas y estrechas, escoltadas, eso sí, por hileras de plátanos muy altos que abrigaban del calor a las casas de barro y adobe que conformaban aquel poblado. Eran casas de dos plantas, en su mayoría, de fachadas encaladas unas y simulando el ladrillo visto las que más. De ladrillo visto era la casa que daba cobijo a Norma, que solía salir a la acequia de detrás de los árboles para coger agua fresca para beber. En mi otra vida nunca me vi haciendo tal cosa, siempre pensé que el agua fría era producto de la nevera. Única y exclusivamente. Hacia el interior de la aldea, al final de varias callejuelas angostas que terminaban allí, había una plaza mayor que era tal porque así lo decía en las placas identificativas: “Plaza Mayor”. Era una plaza porticada que acumulaba en los soportales unas placas de hielo que permanecían allí durante gran parte del invierno frío y seco.

Dicen que esto es otra cosa, pero yo sigo teniendo frío, me dijo ella cuando nos metimos en la cama la noche en que la encontré. El mes de mayo cabalgaba ya con rabia sobre el calendario, pero las noches requerían de una manta en aquel lugar tan inhóspito para gente como Norma o como yo, tan acostumbrados a vivir de noche, a pelearnos con los fotógrafos cuando ella salía de cenar de algún restaurante con alguna amiga, con el rímel corrido de tanto llorar, a coquetear con las drogas en los retretes. Vivíamos de noche y soñábamos de noche también. Soñábamos con que alguna de sus películas fueran por fin un verdadero éxito de taquilla y con ser ricos, verdaderamente ricos, gracias a su talento. Lo hacíamos siempre en reservados en los que no faltaban ni el alcohol ni la coca, casi siempre de mala calidad. Advertíamos un futuro en el que éramos capaces de rechazar entrevistas –Norma no habla con vosotros, Norma está muy cansada, Norma hablará cuando a ella le apetezca–, de apoyar a la izquierda en las elecciones legislativas e incluso de grabar algún disco con el musical que siempre soñó con protagonizar. Entre tanto, Norma pasaba por demasiados castings y demasiadas camas, incluida la mía. Bebía demasiado y comía muy poco, se dejaba caer por algunos de esos programas que mastican la carne de cañón con colmillos afilados y molares devastadores.

Hacer el amor esa noche era algo extraño para los dos. No estábamos habituados a follar sin ruido. Sin los cláxones que sonaban bajo el hostal de Princesa en el que dormíamos cuando andábamos por Madrid, sin la música retumbando en el tigre de las discotecas a que me arrastraba ansiosa cogido por la bragueta. Ella entraba con violencia y yo cerraba como podía la portezuela de madera, atascándola con la papelera o con lo primero que encontraba en aquellos espacios que apestaban a orín y a humedad. Después le subía el vestido por encima de los muslos, le bajaba las bragas y la penetraba mientras le cerraba la boca con mi mano abierta. No chilles, joder, le decía mientras la empujaba contra la pared o mientras ella se movía sobre mí, sentado en el wáter. Otras veces follaba con otros y yo la sorprendía cuando acudía al baño para aliviarme o para ponerme una raya. Entonces apartaba al fulano de un empujón y volvía a penetrarla. Justo después le quitaba el bolso de las manos y me llevaba la pasta que ganaba prostituyéndose.

Follar en aquella casa era otra cosa: era escuchar al silencio de fondo, si acaso el ruido que hacen las neveras por la noche, cuando la quietud lo invade todo y solo la rompe el aullido de un lobo cercano y nervioso.

–Que sensación tan extraña –dijo Norma–. No recordaba que el sexo fuera esto.

Yo solo pude guardar silencio. Tampoco recordaba el sexo de aquella manera. Norma estaba tendida sobre la cama, desnuda, mirando al techo de la habitación en la que solía dormir desde que llegó allí, hacía mes y medio. En la casa había otras tres, pero me comentó que aquella se iluminaba por la mañana solo con el sol que se colaba por la ventana.

–¿Cuándo te vas? –me preguntó. Después giró su cuerpo hacia la ventana.

–No lo había pensado. Igual debería quedarme contigo unos días, hasta que tú también te decidas a volver.

–A volver a dónde –contestó Norma, con una insolencia inhabitual en ella. Jamás tuvo una mala palabra para conmigo.

–A Madrid. La gente, el público… te están esperando.

–No pienso hacerlo. Al menos de momento. Así que, por mí, te puedes marchar ya mismo. Si no te apetece, quédate a dormir y te vas mañana. Hay camas de sobra.

Después se levantó, se puso una bata de seda y se encerró en el cuarto de baño. Desde el pasillo se oía el ruido del grifo. Norma estaba llenando la bañera. Estaba junto a la puerta del baño cuando salió desnuda. Me apartó de un manotazo y se metió en la cocina.

–¿Qué? ¿Te vas ya o te quedas a dormir?

Salió enseguida con un vaso lleno de hielo en una mano y una botella de Cutty Shark en la otra.

–Igual no deberías beber tanto, Norma. Así es muy difícil que te recuperes.

–Igual tú deberías largarte ya, ¿no?

El portazo retumbó en toda la casa. Después un trueno hizo vibrar todo el espacio y la lluvia empezó a arreciar fuerte en aquella aldea. Salí al patio para ver con mis ojos el diluvio. El cielo estaba cerrado, la nube amenazaba con prolongarse al menos durante un par de horas. Así se lo hice saber a Norma desde la puerta del baño.

–¿Qué sabrás tú de nubes? –me dijo desde la bañera, otra vez con insolencia.

Abrí la puerta. Su cuerpo era invisible desde mi posición. Estaba cubierto de espuma. Solo su cabeza asomaba, recostada sobre el borde de la bañera. Llevaba el pelo mojado y salpicado de espuma. En el borde reposaban el vaso lleno y la botella de whisky, un cenicero lleno de colillas y un paquete de Marlboro. Yo estaba en calzoncillos y descalzo, fumando también. Lo hacía de forma ansiosa. En Madrid nos esperaban muchas cosas: nos esperaba la noche, sí, otra vez la noche, y nos esperaban algunos contratos en discotecas, un par de programas del cuore y algunas deudas que nos perseguían desde hacía meses. Eso solo lo solventaba Norma, pero Norma no estaba en esas.

–Oye, Norma…

–¡Quieres cerrar la puerta y dejar de molestar!

Así lo hice. Cerré la puerta y dejé de molestar. Crucé el patio bajo la lluvia, que golpeaba con crudeza el suelo de terrazo. Un relámpago iluminó mi huida hacia el coche, aparcado bajo uno de los árboles que escoltaban el refugio de Norma. Hice el viaje acompañado de un terrible dolor de cabeza y de la maldita tormenta, que seguía descargando un aguacero a mi paso por aquellas carreteras comarcales.

Llegué a Madrid entrada la noche. Debían ser más de las once. Dejé el automóvil en un aparcamiento de la Plaza de España y decidí comer algo antes de subir al hotel de la calle de la Princesa en el que pasaba las noches con Norma. Entré en uno de esos bares que abren hasta muy tarde, tal vez las dos o las tres de la mañana, y mientras digería una hamburguesa con patatas fritas en una amistosa charla con el camarero, un tipo vestido de traje y zapatos italianos se colocó junto a mí para exigirme el cobro de un par de contratos en una discoteca que Norma se había merendado con su estúpida idea de huir. Dijo que era el abogado del local al que Norma había plantado y que al día siguiente registraría una nueva demanda contra mí y contra la artista. Contra la artista, así lo dijo. Cuando se fue pedí una copa de ron y después otra. Robé en el bar el periódico del día y subí a la habitación del hotel en el que tantas noches pasé arropado con Norma.

Ojeé el diario como quien lee una vieja novela del oeste que ha leído varias veces por aburrimiento. Las noticias se preocupaban de gente más importante que Norma, pero la ruina, mi ruina, rondaba por mi cabeza con más frecuencia que la crisis del lino o la toma de posesión de Berlusconi como primer ministro en Italia.

Desperté a eso de las once de la mañana, con una tremenda sensación de resaca, emocional más que otra cosa, porque apenas si había bebido y no había probado las drogas la noche anterior. Agarré el mando de la tele, que reposaba en la mesilla junto al diario, el paquete de tabaco, la cartera y un puñado de monedas, y la encendí. La imagen de Norma, en una foto de archivo, me dio la bienvenida en la pantalla, colgada de la pared situada frente a la cama. Las sábanas eran ásperas y el olor a lejía invadía todo el cuarto. Una de esas presentadoras estrella de las mañanas, a la que habíamos visitado en alguna ocasión para subirle la audiencia, anunciaba en exclusiva la muerte de Norma. Un escalofrío me recorrió el cuerpo de arriba abajo. Alguna lágrima se escurrió por mi cara, demacrada ahora frente al espejo del baño. El teléfono de la habitación comenzó a sonar con insistencia. Yo me metí en la ducha, me masturbé dibujando a Norma en mi mente y pensé en el trayecto que me esperaba hasta la aldea donde, la tarde antes, la había dejado sola. Pagué la estancia con el poco dinero que me quedaba y una vez colocado frente a la puerta del coche, con la llave en la mano, decidí que prefería desayunar primero. No estaba demás alargar la tragedia y poder pagar con ella las deudas que dejó en tierra la buena de Norma.

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