Ciento cuarenta caracteres

Ciento cuarenta caracteres. Todo se resumía en eso. El nuevo trabajo de Alonso estaba ahora en la redacción del diario más leído en la región. No era una gran cabecera, ni mucho menos, pero era un buen peldaño con el que escalar en su carrera profesional. Sin embargo, el suyo no era un trabajo de periodista al uso. No tenía como obligación y vocación diaria salir a la calle a buscar las historias que tocaran la piel de los lectores, esos dilemas humanos que tienen hueco en las páginas del diario, ni siquiera tenía que intentar destapar los tejemanejes del ayuntamiento de la capital, que apenas si sumaba los sesenta mil habitantes.

No. A Alonso le habían contratado como ‘comunity manager’, una forma cualquiera de denominar a la persona que se encarga de gestionar los perfiles de un diario (cabe aquí cualquier institución o entidad, por pequeña que sea) en las redes sociales. Así en la primera mañana laboral de abril se vio situado ante la pantalla del ordenador, con un listado de titulares y de noticias con las que el diario abría su web y con el deber inmediato de empezar a tuitear las crónicas del partido del equipo de fútbol, las previsiones meteorológicas para la Semana Santa y la última refriega de los dos principales partidos con representación en el ayuntamiento. Los otros, los más pequeños, no daban ni para ciento cuarenta caracteres.

–¿Cómo puede caber la crítica de un libro en un espacio tan pequeño? Le digo un libro como le digo una buena crónica parlamentaria –le preguntaba Alonso al director en el despacho de cada mañana–. ¿Cómo es posible, don Mario?

–Lo es, lo es, vaya si lo es. Pero, ¿usted conoce a alguien que se pare a leer un libro pudiendo leer un tuit?

–Hombre…

–Deje, deje. ¡Qué necesidad! Regate corto, por favor, regate corto.

‘Victoria sufrida in extremis’, escribía Alonso con fruición en la pantalla, para programar en media hora un suculento ‘Altas temperaturas y días soleados para el Jueves y el Viernes Santo’. En esos ejercicios de ajuste de espacio, en ese ir y venir contando letras y signos de puntuación, Alonso se evadía intentando trazar en su mente la crónica del equipo de fútbol. Se veía a sí mismo haciendo anotaciones en una pequeña ‘moleskine’, regalo de su novia al terminar la carrera, para luego plasmar sobre la pantalla del pecé algunos de los párrafos más gloriosos de la literatura deportiva, porque, qué era el periodismo sino literatura, sino ser capaz de plasmar sobre el papel una historia concreta, tan fiel a los hechos como fuera posible y siempre atractiva y sugerente para el lector: ‘En un alarde de pundonor, el volante izquierdo irrumpió por su carril como lo hacen las ambulancias tras un accidente en la autopista, esquivando el tráfico y los obstáculos de la gran caravana, vestida en esta ocasión a rayas blanquiazules y sujeta sobre escaramuzas que buscaban ser certeras, para alcanzar la línea de fondo y colgar el balón de la cabeza del pichichi, que solo tuvo que girar el cuello para colocar el cuero en el fondo de las mallas’. Sí, ya, pero no daba más que para una ‘Victoria sufrida in extremis’ que encima recibió el reproche del director del diario: ‘¿Y el hastag? ¿Eh? ¿Y el hastag?

Con el paso de los días, aquel trabajo que aspiraba a ser un revulsivo en la incipiente carrera de Alonso, se convirtió en un cautiverio de ciento cuarenta caracteres. Sí. Ni uno más, ni uno menos. Ciento cuarenta caracteres con los que intentaba medir el camino a casa a la hora de la cena: ‘Hoy me he cruzado con dos perros sueltos, he tomado la línea 5 del bus y he comprado un par de revistas en el quiosco de Rafa’ Ah, el hastag, el hastag –se decía Alonso a sí mismo, como si tuviera en el cogote el aliento avinagrado de su jefe–: #caminoacasa. Con esa métrica tan exacta calculaba lo que tardaba en cenar: ‘Han sido trece minutos de ensalada y pollo a la plancha #comiendosano’, y también valoraba la película que ponían en la tele y que había visto ya en varias ocasiones: ‘#lapelidehoy por mucho que la repitan, no me canso de mirarla #memolaRambo’. En ciento cuarenta caracteres quiso encerrar la belleza de las flores que crecían en el jardín de su casa, el trabajo de su madre por que luciera así de espléndido, los besos de Carla, su novia (ya, para ya, que nos pasamos de espacio) y la vida que se encerraba en los libros que leía antes de dormir.

Al cabo de cuatro meses, Alonso fue despedido de su trabajo. No se venden periódicos, le dijeron, la historias no enganchan, los quioscos devuelven cada día uno o dos paquetes de ejemplares, las ventas han bajado mucho y la publicidad también.

–Así que hemos decidido prescindir de usted, Alonso. Por lo visto hay un programa informático que hace su mismo trabajo y tiene un mantenimiento anual que es ciento cuarenta veces menor al de su nómina.

–Oiga, pero si al final no hay historias que vendan…

-¡Historias que vendan! ¡Regate corto, Alonso! ¡Regate corto!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s