La muerte de marzo

Se va muriendo marzo como murió el año pasado, aquejado de luces y de aromas y de alguna racha de viento que amenaza con frenarlo todo. Nuestro invitado se admita de nuestra una parra virgen, sin saber que suelta lágrimas de savia cuando te sientas a leer novelas bajo su esqueleto, sin saber de esas primeras hojas que brotan por las puntas y que nos cobijarán del rigor del sol de julio. Pero ese tiempo no ha llegado: ha llegado la muerte de marzo, oliendo a los tilos de la plaza y a las rosas del jardín. La muerte de marzo sabe a ginebra con hielo y a nieve derretida en las cumbres de la sierra, avistada allá por el final del mapa. Sabe a la lluvia fina que empapa los trigales y limpia de humo el cielo manchado de las ciudades. La muerte disfraza a marzo con días cálidos y noches frías y a ti con gafas de sol, con vestidos de entretiempo y con la cazadora que compraste por si acaso. Marzo se muere, sí, y como el año pasado nos lega en su testamento los tesoros que guarda abril en su desván de sol y de agua.

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