Gente que lo necesita

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Conocí Rubén Santamaría cuando acababa de salir del armario. Él ya era un importante activista de los derechos de los homosexuales en una asociación del centro de la ciudad. Se reunían en un local pequeño de la calle de la Libertad y allí organizaban charlas, tertulias y también algunas acciones reivindicativas. Era 1988. En Madrid agonizaban el vanguardismo y la movida. La ciudad parecía esperar con resignación la llegada de la caspa castiza del concejal Matanzo.

–Pasa, pasa. No te quedes ahí.

Entré en el local de aquella asociación como quien entra en la consulta del médico a esperar un diagnóstico grave. Rubén Santamaría me recibió con una sonrisa que nunca se le borraba de la cara, ni siquiera en las reyertas callejeras en las que algunas veces nos vimos envueltos a causa de la intolerancia y la sinrazón. Esas algaradas terminaban a veces con la intervención de la policía, pero a Rubén nunca se le mudaba el rostro. Siempre alegre y combativo, recibiendo golpes, sí, pero orgulloso de saber que estaba luchando por algo hermoso.

Rellené un impreso sencillo para inscribirme en la asociación. Lo hice después de preguntar algunas cosas que para mí eran importantes. Rubén Santamaría las recibió con una divertida mueca de compasión: otro marica que no se lo termina de creer. Después entramos en una sala angosta que había al fondo del local. Una bombilla colgada del techo iluminaba la estancia, cubierta de afiches de temática gay y presidida por la bandera arcoíris. Las sillas, colocadas en corro, estaban ocupadas por tipos de no dejaban de fumar y que hablaban y reían sin parar. Rubén Santamaría me invitó a ocupar una de las dos sillas vacías y él hizo lo propio con la otra. Yo me limité a presentarme y a escuchar el debate, que derivó en una banda de música que estaba de moda por aquellos años y que cantaban letras bastante irreverentes que no estarían hoy, ni mucho menos, entre lo que establecen como políticamente correcto los talibanes de uno y otro bando.

Cuando Rubén Santamaría dio por terminada la sesión, los componentes de la tertulia fueron saliendo a la calle y se dispersaron como quien no quiere la cosa. Andaban felices y joviales, caminaban por las calles ocupando la calzada, quebrando siempre las normas que no regulaban su presencia en la sociedad. Yo salí solo. Me dirigía a casa con dudas de si volver a aquel lugar o no. No había encontrado en él los argumentos con que enfrentarme a mi salida del armario delante de mis padres.

No había llegado a la esquina cuando escuché la voz de Rubén Santamaría gritando mi nombre. Quiso invitarme a tomar unas cervezas.

–Vamos a un local de aquí al lado –me dijo. –En este sí que nos dejan entrar.

Pedimos dos cervezas y Rubén Santamaría comenzó a hablar sin parar de los derechos de los gays, del último hombre con el que estuvo, de cómo de excitantes eran sus erecciones –son de mármol, me decía entre risas– y de que no acostumbraba a tomar cocaína cuando salía de copas por Madrid. Pronto se unió a nuestra chara –o a la suya, para qué engañarse, yo solo me limitaba a escuchar aturdido– un tipo extraño que se llamaba Camilo y que había estado también en la reunión de la asociación. Zapatos ortopédicos, pantalones de pinzas y una camiseta de color amarillo con un punto rojo en el medio. Ésa era la vestimenta de Camilo, un tipo arrollador que, a la tercera cerveza, había monopolizado la conversación hablando de Nietzsche, de Valle Inclán y de la incipiente carrera de Pedro Almodóvar en el cine. Tenía un ojo hinchado y morado, como consecuencia de una pelea con un tal Aramburu, amigo de él.

Con un estridente ¡para ya, maricón!, Rubén Santamaría comenzó a narrarme su historia personal, aderezada de más cerveza y de patatas bravas. Era la suya una historia que caminaba entre la tristeza y el surrealismo, con un padre homosexual que nunca se salió del armario ni de los cánones establecidos por la sociedad. Estaba ésta disfrazada de sociedad libre e incluso de libertina, cuando caía la noche o llegaba el carnaval, pero era un disfraz, al fin y al cabo. Contaba Rubén Santamaría que su padre era un tipo serio y respetable, abogado de profesión. Laboralista, sí, un hombre bastante progresista, convencido votante socialista, pero miedoso de que alguien descubriera su secreto. Un secreto que salía a la luz en las preciosistas noches de Madrid, en las que reinaban también las convenciones: lo que pasa en este garito o en este retrete, en esta plaza de madrugada o en este sótano de artistas se queda aquí, no sale de aquí. Por lo visto su madre siempre sospechó, pero él nunca cedió a sus preguntas ni a sus insinuaciones.

–Algunas las resolvió con un bofetón, ¿sabes? –me explicaba Rubén Santamaría.

Aquel matrimonio de mentira tuvo una familia real que pronto se sumergió en la misma patraña. Rubén Santamaría fue el pequeño de tres hermanos. Tres hermanos, sí, tres. No les bastó con tener solo uno y darle así verosimilitud a la farsa. Aquella novela se les fue de manos.

–Si Tolstoi hubiera cogido esta historia…

–No interrumpas con tus rollos, Camilo, por favor.

Sus dos hermanas habían terminado derecho y ejercían de abogadas, como su padre. La mayor lo hacía en Barcelona después de haber huido de un Madrid y de una familia que la estaban asfixiando. La casa de Rubén Santamaría madrugaba para el desayuno: a las siete y media, todos juntos a la mesa, con su zumo de naranja natural y su pan recién tostado, con el café aromándolo todo y las cucharillas sonando delicadas al chocar con la loza de la vajilla. Irene huyó de aquello al día siguiente de toparse con su padre en el Elígeme, un local de Malasaña al que acudió con unas amigas a celebrar un cumpleaños. Ya se había quitado el traje, ajustaba unos pitillos a sus piernas y besaba la boca de otro hombre más joven que él. En el escenario, una corista sin fuste cantaba ‘No me importa nada’. Embelesado, Pancho Varona la miraba desde la barra del local. Irene se fue sin decir nada, sin despedirse de nadie. Dio señales de vida quince días después, al otro lado del puente aéreo, con una beca en un bufete y un piso compartido con dos chicos que resultaron también ser pareja.

La otra hermana de Rubén Santamaría, la de en medio, era un tanto pusilánime. Andaba por casa como ausente, sin ánimos de nada, del sofá a la cama y de la cama al sofá y, entretanto, pasaba algún juicio o estudiaba alguna sentencia en el escritorio de su cuarto. El padre, con su antifaz, le pasaba algo de trabajo, bien remunerado siempre. Rubén Santamaría me contó en aquel luminoso mediodía que lo de Julita era una forma de huir de la realidad tan legítima como la de Irene.

Aquella era un forma de vivir como otra cualquiera. Quién no esconde un secreto. Quién no guarda un muerto en el armario. Quién no tiene un hijo homosexual y no quiere que lo sepa el resto del mundo: qué dirán las vecinas, las amistades, la familia del pueblo, con lo atrasados que están, qué dirán en el partido. Qué dirá su padre. Ah no, su padre no, por ahí no pasa. El padre de Rubén Santamaría nunca pudo tolerar el amaneramiento de su hijo, su buen gusto por la moda o su reacción ante cualquier juego de chicos: el fútbol, las chapas o cosas así. Sin embargo, aquello era imparable. ¿Cómo iba a serlo, si no? Rubén Santamaría creció feliz con sus hermanas, con las amigas de ellas y con las suyas propias y cuando dejó el instituto, con unas notas envidiables y un futuro más que halagüeño, salió del armario con la naturalidad con que sale uno a la calle por la mañana, a comprar el pan, el periódico y los churros con que desayune la familia.

–¿Qué pasó entonces? –le pregunté.

Camilo bebía cerveza sin parar. Estaba sentado en un taburete, aturdido por el alcohol, leyendo un diario que alguien había olvidado en la barra del bar.

Por lo visto, pasó algo imprevisible. Muy bien hijo, pero tú búscate novia y cásate y forma una familia. Se un hombre de provecho, le dijo su padre. Rubén Santamaría estuvo varios días sin pasar por casa, hablaba con su madre por teléfono. Durante aquellos días, el padre la pegó más de lo habitual. Al parecer, ella salía siempre en defensa de Rubén y una vez le echó en cara su doble vida. La situación se fue normalizando y Rubén Santamaría comenzó a vivir su vida sin tener en cuenta a su padre. Eso sí, a las siete y media, cuando todos se sentaban a la suculenta mesa del desayuno, el padre preguntaba como si tal cosa:

–¿Qué tal hijo mío? ¿Alguna chica por ahí de la que nos quieras hablar?

Rubén se metía entonces la tostada en la boca y miraba para otro lado y la única hermana que le quedaba en casa seguía tan ausente como la que huyó a Barcelona. El padre no cambió de actitud ni siquiera cuando Rubén anunció en casa la fundación de la asociación en defensa de los derechos de los gays en pleno barrio de Chueca.

–Así me gusta, hijo, yo en el despacho también defiendo a la gente que lo necesita. Los banqueros no necesitan abogados, los obreros sí.

Todo muy progresista, sí, pensaba Rubén Santamaría apurando el zumo de naranja y saliendo a la calle con su mochila a la espalda y su sonrisa pintada en la cara.

Rubén Santamaría insistió en pagar la cuenta de las cervezas. Recogió las vueltas y me dio un abrazo amistoso, fraternal. Me sonrió de cerca y estalló en una tremenda carcajada cuando descubrió a Camilo dormido sobre la barra. Le despertó y le ayudó a salir a la calle. Un tipo trajeado, de pelo ensortijado y zapatos caros se paró delante de nosotros, justo cuando andábamos despidiéndonos. El pijo resultó el padre de Rubén Santamaría.

–¡Hola hijo! –dijo entusiasta. Después, nos saludó efusivo a Camilo y a mí.

–Disfrutad del día, que es estupendo, y a ver si buscas novia ya, hijo, que el tiempo pasa muy deprisa–. La risa del padre de Rubén Santamaría retumbó en aquella calle estrecha del barrio de Chueca. –¿Y vosotros qué? ¿Tampoco pensáis en casaros?

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