Feúcho y manco

20170219_feucho-y-manco

El de su nacimiento fue sin duda uno de los peores momentos en la vida de su madre. La ilusión de dar a luz a su primer hijo (el hijo, el nieto, el sobrino, el primito que todos estaban esperando) se vio truncada al descubrir que Jaime García Blanco había nacido sin su bracito izquierdo. El niño estaba completamente sano, lloró al recibir los azotes del médico, tomaba el pecho a sus horas y dormía como lo hacen los niños de su tiempo. Todo en orden, sí, con la salvedad de su extremidad superior izquierda. Jaime García Blanco creció con las dificultades propias de quien padece un carencia como la suya. Su madre tenía que ayudarle a vestirse cada mañana, antes de marcharse al colegio con la mochila colgada del hombro derecho. Los primeros contactos con el resto de niños fueron lo suficientemente traumáticos para que Jaime García Blanco recelara por siempre del género humano. Algunos niños le llamaban manco y otros se burlaban de él sacando sus brazos de las mangas del abrigo y desfilando tras él en la fila de entrada a clase para diversión del resto. Nunca pudo aprender a montar en bicicleta y tampoco pudo jugar al baloncesto en el equipo del colegio. A pesar de todo, el currículum escolar de Jaime García Blanco fue bastante brillante y, aunque en el instituto las chicas huían de él y de su discapacidad, no tuvo problemas para ir a la universidad y estudiar una carrera. Su madre seguía ayudándole cada mañana a ponerse el jersey y pronto conoció a una chica bastante feúcha con la que comenzó una relación que duró hasta la semana pasada.

Comían juntos en la cafetería de la facultad y ella se ofrecía siempre a cortarle el filete empanado y a pellizcarle el pan en trocitos para que él se los fuera comiendo. En un rincón del edificio, entre clase y clase, jugaban a besarse y a meterse mano, con las dificultades que aquello entrañaba para el bueno de Jaime García Blanco, que pronto se convirtió en un abogado de prestigio y felizmente casado con Mari Carmen Ruano aquella chica tan poco agraciada a la que conoció en las clases de Mercantil. Ganaba mucho dinero, es cierto, y no dejó por ello de cumplir con uno de sus sueños: comprarse un coche deportivo automático con el que viajar a todas partes acompañado de su chica. Nunca tuvo carnet de conducir, porque la sociedad pacata que dictaba las leyes, pensaba él, nunca se lo permitió. Sin embargo, se las ingenió para aprender a conducir con destreza, sobre todo cuando salía de la ciudad, donde los giros del volante eran muy pronunciados y su ejercicio se antojaba muy difícil con un solo brazo, y se introducía por algunas de esas carreteras secundarias en las que siempre tuvo la tentación imposible de sacar la mano por la ventanilla para disfrutar de la brisa. ¿Te gusta conducir?, se decía a sí mismo. Me encanta, se respondía riendo, para descubrir después que le faltaba un apéndice con el que accionar el elevalunas cuando ya estaba en carretera.

–Un día tendrás un problema –le decía Mari Carmen cuando le veía salir por la puerta con las llaves del coche en la mano.

–¿Te parece poco este? –respondía él agarrando la manga vacía de su chaqueta con la única mano con que le agració la naturaleza.

Jaime García Blanco y Mari Carmen Ruano tuvieron dos niños tan feúchos como su madre pero tan resueltos ante la vida como su padre. No tuvieron problemas para desenvolverse en clase con los otros niños, para jugar al baloncesto en el equipo del colegio ni para ligar con las chicas del instituto.

La familia progresaba feliz en la vida, con los altibajos propios de la clase media en la que se movían. El problema surgió hace algo menos de año y medio, cuando Mari Carmen, cuyo rostro se había ido afeando con las arrugas propias del paso de los años, anunció a su marido que estaba embarazada de nuevo. Entonces solo la alegría invadió la casa, aunque los dos mayores aguardaran con recelo la llegada de un hermano pequeño que se dedicara a acaparar las atenciones de sus padres.

–Igual se lo gastan todo en pañales y biberones y al final no me compran la moto –le decía por la noche Isaac al que todavía era su hermano pequeño, que dormía en la cama de al lado.

En todo caso, la familia al completo celebraba las jornadas de compra en los grandes almacenes de la ciudad, a los que acudían en el coche de Jaime García Blanco, que seguía conduciendo con habilidad pero sin permiso, para adquirir todo aquello que el bebé necesitara: una cuna de madera y un balancín, un moisés y una sillita para el coche y mucha ropita de todos los colores. Celebraban también las visitas al ginecólogo y las ecografías que mostraban la evolución del niño. Celebraron todas menos la penúltima, en la que los doctores detectaron que al niño, sí, sería también niño y ya habían decidido que se llamaría Jaime, como su padre, le faltaba también un brazo.

–¡Ya me extrañaba a mí que esto no fuera hereditario! ¡Pero si es que lo tuyo no es normal!

Los gritos de Mari Carmen desconcertaban a Jaime García Blanco, que de la noche a la mañana se vio comiendo filetes a bocados y dando grandes mordiscos al trozo de pan que le cortaban sus hijos mayores con bastante displicencia. Nadie le ayudaba a vestirse: ni siquiera le ayudaban con el nudo de la corbata cuando tenía que pasar algún juicio importante. Las cosas se iban torciendo más y más y cuando nació el bueno de Jaime García Ruano, que lloró cuando la matrona le dio unos azotes en el culo, que tomaba el pecho a sus horas y que dormía como un bendito, feúcho como su madre y manco como su padre, todo terminó por explotar. Mari Carmen Ruano no estaba dispuesta a pasarse la media vida que le quedaba haciendo lo mismo que había estado haciendo durante su media vida anterior.

–¡Ya! ¡Claro! ¡Dos mancos para vestirse y dos mancos sin poder utilizar los cubiertos a la hora de comer! ¡Solo me faltaba eso!

Los gritos de Mari Carmen aterraban ya a Jaime García Blanco, quien hace una semana se decidió a poner tierra de por medio. Se levantó el miércoles muy temprano y se ayudó de Isaac, el mayor, para poder vestirse y dar de desayunar a Jaime García Ruano, al que colocó en la sillita que habían instalado en el coche deportivo con el que pensaban huir y con el que definitivamente huyeron por una carretera secundaria por las que a Jaime García Blanco le gustaba conducir.

Ya por la noche, los dos hermanos que permanecieron en el hogar familiar al calor de su madre, más feúcha que nunca y bastante hundida por el desenlace tan infeliz de una historia que había durado tantos años, hablaron cada uno desde su cama.

–¿Por qué lo hiciste? –preguntó el mediano, del que hoy nadie recuerda su nombre.

Isaac le respondió con otra pregunta.

–¿El qué?

–Ayudarles a huir. Al fin y al cabo, son nuestro padre y nuestro hermano.

–La moto, hermano. No quiero quedarme sin la moto.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s