Si cada día fuera domingo

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Ni siquiera Jaime ha sido capaz de explicármelo. Quizás él tampoco lo tenga claro. Venga, Jaime, dímelo tú: ¿Qué haremos cuándo se hayan ido? Los hijos llegan en días muy señalados, de nervios, contracciones y carreras hacia el hospital, llenan nuestra vida durante una serie de años que parecen inagotables y, cuando te quieres dar cuenta, huyen con sus propios anhelos, con los miedos que han ido fabricando a nuestro lado, a vivir la vida por su cuenta. Supongo que nosotros también lo hicimos así, aunque nunca hablé de ellos con mamá. Que crecimos entre algodones que en ocasiones pudieran resultarnos papel de lija, que heredamos costumbres y manías y que otras, la gran mayoría, las adquirimos sin necesidad de testamentos ni notarios. ¿Puede haber algo más gris, más adusto, más triste en definitiva, que un notario? Por eso, cuando uno es joven prefiere romper con lo que le rodea y salir a la calle y respirar por uno mismo, caminar por uno mismo y tropezar por uno mismo. Y no le gusta a uno que le recrimine nadie el tropezón, y menos su padre con un ‘ya te lo decía yo’. Se irán, Jaime, se irán aunque no quieras verlo. Se irán porque es ley de vida. ¿Y qué haremos entonces? Descubrir una casa grande y vacía. Levantarnos cada mañana, cada uno por nuestro lado, como lo hacemos ahora, y recorrer las habitaciones yermas de vida. Sí, con una cama que ocupan de vez en cuando, por Navidad y en fechas así, con los cajones de la mesita de noche sin restos de tabaco, sin cartas perfumadas y sin ropa interior, y con un escritorio desierto de apuntes y de bolígrafos que no escriben porque secaron la poca tinta que almacenaban. Habremos tirado a la basura los afiches que decoraban las paredes, habremos pintado para cubrir los agujeritos de las chinchetas y seguiremos ventilando cada mañana como si allí siguiera oliendo a tigre. Pero nada más lejos de la realidad, Jaime. ¿Qué nos quedará cuándo se hayan ido? ¿Un ticket minúsculo en el mercado y la posibilidad de comer verdura cada vez que nos apetezca? Sí, será así, aunque en su ensimismamiento Jaime prefiera no advertirlo. Pero terminará por toparse de bruces con esa realidad y se sorprenderá a sí mismo poniendo la mesa para cinco, con cinco juegos de cubiertos y cinco vasos y cinco servilletas de papel. Y cinco platos vacíos, como el resto de la casa, que volverán vacíos a las vitrinas porque no habrá lentejas para todos. Ni comensales para todos. Nadie dirá que están sosas, que hoy no tiene hambre porque picó algo al salir de clase o que se ha puesto a régimen y no puede andar todo el día comiendo cuchara. A las tres estará todo recogido, los platos en el lavavajillas y la cocina reluciente y tú, Jaime, en tu butacón durmiendo la siesta antes de salir al paseo con el perro. No creo que se lleve ninguno al perro, fíjate tú, y eso que es del mayor, al que se lo regalamos por su buenas notas. ¿Habremos descubierto para entonces que podemos dormir tranquilos cada noche de sábado? Quizás no, quizás pensemos que siguen por ahí, de copas o vete tú a saber de qué, pero que ya no controlamos cuándo ni cómo llegan, porque lo hacen en otro domicilio, quizás en otra ciudad, quién sabe si en otro país. Y podremos salir a cenar o podremos quedarnos en casa, discutiendo, cansados de vernos las caras, de no tener la responsabilidad de preparar la cena de nadie ni de garantizar que queda agua caliente en el termo cuando la mediana venga del gimnasio y quiera darse una ducha. ¡Ah! ¡La ducha! ¡El cuarto de baño! ¿Tú sabes lo que será poder entrar al cuarto de baño cuando tengamos ganas de mear y sin reñir a nadie desde el otro lado de la puerta? Pero qué vacío quedará todo. ¿No te das cuenta, Jaime? Como mucho adivino tu sonrisa cómplice cuando escuches la puerta, los domingos al mediodía, y salgas por el pasillo pensando en tus adentros ‘ya están aquí’. Pasaremos muchas tardes esperando el sonido del teléfono, al menos una llamada, tú mirando al televisor y yo leyendo una de esas novelas que me regalaban por mi cumpleaños y que no tuve tiempo siquiera de abrir. Las pasaremos el uno junto al otro, tal vez cogidos de la mano, compartiendo pensamientos que no saldrán de nuestros labios por no cargarnos de nostalgia el uno al otro. Se irán, Jaime, se irán y vagarán solos por el mundo y contaremos los días en el calendario y recordaremos con una sonrisa los nervios y las carreras al hospital, las lentejas acumuladas en la olla y el olor a tigre del cuarto del mayor. Y el perro se sentará a nuestro lado, cansado ya por la edad, a esperar el sonido del timbre como si cada día fuera domingo.

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