La vida es ausencia

Ya en mi alma pesaban de tal modo los muertos/ futuros que no podían andar ni un solo paso sin que/ las piedras revelaran sus entrañas.

Rafael Alberti

Llegado un punto de la noche, el abuelo mandaba callar, alzaba su copa y brindaba por los ausentes. Aunque ya no estén aquí, decía, estarán siempre presentes en nuestra memoria. ¿En quien pensaría mi abuelo cuando ponía en marcha el protocolo y soltaba semejante frase? En la mesa apenas quedaba hueco: grandes fuentes de marisco fresco y de quesos y embutidos, una cubertería resplandeciente y una cristalería fina y deslumbrante. El resto de los comensales dejaban por un instante sus vacuas ocupaciones y se ponían de pie y reían a carcajadas mientras chocaban sus copas llenas de vino de la tierra. Los niños mirábamos sorprendidos el ritual y enseguida volvíamos al plato de sopa de picadillo y a las croquetas. El olor del cordero en el horno llegaba hasta el comedor. Se referirá a los muertos, digo yo. Pero, ¿a qué muertos, si aquí no falta nadie? Que no ha muerto nadie, vamos, que yo tengo doce años y no sé lo que es un funeral. Tan solo lo que me contó mi amigo Óscar en el colegio, días después de que apareciera un conserje en clase diciendo que su madre le esperaba fuera porque acababa de morir su abuela. Así, tal cual. Acaba de morir su abuela. La mía estaba en la mesa, sin embargo, con su delantal manchado de grasa y un sorbito de vino blanco en su copa. Estaban también mis padres, discutiendo sobre un asunto que carecía de importancia desde mi perspectiva de un niño de doce años, y también mis tíos, discutiendo sobre el mensaje del rey y repitiendo los argumentos del año anterior, y del anterior, y del otro. Siempre los recuerdo así. Y estaban mis primos, devorando croquetas unos, bebiendo otros refrescos de limón y cantando villancicos con una pandereta los de la tía Angelines. Pero mi abuelo estaba allí, presidiendo la mesa con sus gafas de concha, su corbata granate y una camisa blanca con gemelos en los puños, haciendo un ejercicio evocador que solo se entiende ahora, casi treinta años después, cuando el rey ya no es el rey que todos conocimos, una vez que mis padres dejaron de discutir por temas nimios (se divorciaron porque no se soportaban) y con mis primos desperdigados por el mapamundi: Bruselas, Girona, Biarritz, Londres y Honfleur, una pequeña villa normanda al oeste de Francia. Se entiende mejor aquel brindis tradicional a los pies de su tumba, a la que me acerco en la mañana de Navidad cada año desde que murió. El silencio se contrapone a la memoria bulliciosa, a las cenas copiosas y a la ebriedad de los invitados, a los villancicos de mis primos y a las voces de mi abuela pidiendo platos para servir el asado. Hace mucho frío, son apenas las diez de la mañana y la niebla no ha levantado y no deja ver el horizonte y el hielo hace peligroso caminar por las zonas umbrías del cementerio. Pero es aquí, entre lápidas de piedra selladas al suelo y flores secas, donde cobra sentido todo. Por aquí navegan las almas de aquellos ausentes a que se refería mi abuelo: sus restos descansan (quien sabe si aquí también, en la otra vida, sigue trabajando como lo hizo al otro lado de la verja de hierro) junto a los de sus padres y a los de mi abuela, que murió después que él. Las inscripciones sobre el mármol delatan que la vida es ausencia, anunciando apellidos que antes yo era incapaz de colocar en alguno de los que acudíamos a aquellas cenas de Nochebuena, que a la mesa siempre hay alguna baja involuntaria y que no está demás que haya alguien capaz de recordarlo sin confundir la memoria con la nostalgia. Mi abuelo lo hacía con su brindis por Navidad. Yo lo hago en silencio, visitando su recuerdo de piedra, con abrigo, bufanda y guantes, sentado sobre él como lo hacía de niño en su regazo.

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