Pozos sin fondo

A don Rodrigo le llamó especialmente la atención aquella noticia. Hojeaba el periódico como cada mañana, acompañándolo de un delicioso desayuno propio de los grandes magnates que se retratan así en las películas, con su batín de seda y una mesa suculenta y exagerada a la que no le faltan los zumos de frutas naturales, la bollería recién hecha, el pan tostado y el café de Brasil con dos de azúcar, cuando se topó con una crónica que le despertó una sonrisa en su cara de moneda de diez duros: “Un banco atraca a un hombre armado y la cara cubierta con una media”.Lo cierto es que la noticia estaba tan bien escrita –entraba en todos los detalles, con un lenguaje certero y cargado de matices– que a don Rodrigo se le abrió el cine en la mente. Parecía estar viendo una película de poco más de cinco minutos, con todos sus actores bien definidos y con un guión digno de Pedro Masó adaptado a los tiempos de la crisis y de los gánsteres de traje y corbata. Mojaba don Rodrigo el cruasán en el café con leche de soja, se limpiaba la rebaba con una servilleta bordada en hilo negro, y se topaba con un empleado de banca situado al otro lado del mostrador, sobre el que no le faltaban sus folletos de planes de pensiones ni su bolígrafo atado a la madera con una cadenita de chichinabo. Aburrido y a la espera de clientes, aquel tipo de sangre fría leía un libro de Eduardo Mendoza sobre la vida de tres santos cuando un tipo alto y espigado, vestido con una gabardina sucia y un gorro negro de lana, entraba en el banco con gesto de pocos amigos. Llevaba el rostro cubierto con una media –¿cómo si no?– y las manos en los bolsillos del gabán. En una de ellas, aparentaba llevar un arma de fuego.

–¡Esto es un atraco! –dijo (como no podía ser de otra forma).

–Efectivamente –respondió lacónico el empleado perezoso, marcando la página en la que dejaba la lectura y apoyando el libro de Mendoza sobre unas carpetas de cartón que escondían apuntes contables, deberes y haberes, saldos y números rojos. Después sacó del cajón derecho de su escritorio una máscara de goma con cara de cerdito y se la ajustó bien a su carita, redonda y rematada en un flequillo canoso–. ¿Conoce nuestro plan de liquidez para botellas vacías? ¿Y nuestros seguros contra la desilusión? ¿Ha oído hablar de nuestros pozos sin fondo? ¡No! ¡Ya sé! A usted lo que le interesa es una cuenta contracorriente, con su tarjeta de crédito claro, con comisiones al alcance de todos. ¡Eso es!

–¡Angelines! –gritó don Rodrigo–. Acércame la corbata, la roja, sí, que tengo que ir al banco. Y con la servilleta de hilo negro, se limpió con remilgo los restos del banquete en su morro fino.

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