Instrucciones para dormir una siesta tradicional

Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.

Julio Cortázar (Instrucciones para cantar)

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Parece cosa evidente, pero antes de una buena siesta al estilo tradicional –enseguida conoceremos los pasos básicos a seguir– se hace necesaria una comida copiosa en grasas y proteínas, que produzca el efecto de modorra imprescindible para un buen descanso vespertino. Valga como ejemplo un buen cocido madrileño, al que no le falten una sopa de fideos muy caliente, su buena palada de legumbre aliñada con encurtidos (piparras y cebolletas en vinagre), un puñadito de repollo que ejerza su función en el intestino, un buen trozo de morcillo, otro de tocino, su punta de jamón y su parte de chorizo y de morcilla de sangre. Sirven también la paletilla de lechazo al horno, el besugo relleno y la fabada asturiana, todo a gusto siempre del consumidor y regado, a ser posible, de un buen vino de la tierra.

Justo después huye uno del café como de la quema, no sea que ejerza su función y nos espante a Morfeo, para desvestirse luego a los pies de la cama en el orden lógico. Más que nada porque se antoja difícil que uno pueda quitarse la camisa sin haberse quitado antes el jersey y lo mismo sucede con el pantalón, que no puede uno desprenderse de él si no se ha descalzado primero. Una cosa: conviene dejarse los calcetines si se es propenso a tener los pies fríos, teniendo en cuenta que la muerte siempre entra por los pies. Luego levanta uno el almohadón, saca el pijama de debajo, y se lo ajusta bien al cuerpo para no perder los calores del banquete.

Parece que lo propio del asunto es meterse ya en la cama a dormir, pero no. Hay que seguir unos cuantos consejos antes de caer en profunda dormidera: acuda el individuo al cuarto de baño, agarre el orinal de hojalata y límpielo bien debajo del chorro, colóquelo bajo la cama y encienda la luz de la mesilla. Baje entonces las persianas y eche bien todas las cortinas, porque un rayo de sol puede dar en el traste con todo este ejercicio de precisión.

Hablemos de la cama antes de introducirnos en ella. Las modas pasajeras aconsejan en estos tiempos, triviales y descastados, comprarse un edredón de plumas de ganso que deriva en sueño cómodo y ligero. Sin embargo, lo que busca una siesta tradicional, que, no olvidemos, es la que motiva hoy esta reflexión, es un sueño pesado y absorbente. Dejamos a elección el modelo de colchón –cada uno tiene su espalda y sus dolores propios– pero son obligatorios, a saber: las sábanas de franela, dos pesadas mantas zamoranas y una colcha de lana.

Con estos mimbres, se mete uno en la cama con cuidado de no deshacerla mucho. Se pone uno bocarriba. Mirando al techo, vamos. Ajusta el cuello a la almohada y se tapa bien hacia la mitad superior del pecho. Importante: colocar bien el embozo, sábana, manta, colcha, y colocar los brazos sobre el mismo, con las manos entrelazadas. Antes de cerrar los ojos, asegúrese de haber apagado la luz y de que bajo el almohadón tiene escondido el transistor para escuchar los partidos cuando se desperece allá sobre las seis. Las siestas así son aconsejables los domingos.

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