Una mujer muerta

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Envalentonado, el viento levanta una molesta polvareda a su paso por el camino de tierra, escoltado por unos cuantos árboles desnudos de hojas y de futuro. Al llegar a la calle principal, la que atraviesa esta vieja aldea de arriba abajo como una cicatriz, hace girar violenta la veleta de la torre de la iglesia, que aguarda al fondo, erguida no se sabe por cuánto más. El campanario lleva oxidado mucho tiempo, por la lluvia y por la nieve y por la ausencia de sonido en su interior. Las telarañas avanzan en sus recovecos y el badajo de la campana central lleva callado desde hace años. Un gato escapa veloz, escaleras abajo, para toparse con una racha de aire fanático que se cuela por el portalón roto de madera. El animal, escuálido, suelta un maullido aterrador que es incapaz de erizar la piel de un santo manco y manchado de pintura y de un cristo acostado sobre una cruz rota. Bancos partidos, un cáliz volcado sobre el altar de forja, un púlpito mudo y sediento de mentiras. Afuera está el cementerio, un espacio recoleto rodeado por una verja de hierro desgastado con la puerta abierta. Sus hojas se baten contra el viento, que revuelve las flores secas que en su día tiñeron de color las lápidas y las cruces, hoy vencidas por la historia. Más abajo, está la escuela. El viento huye de los soportales de la vieja plaza terriza y alcanza a colarse en una habitación desgastada. La pizarra cuelga solo de uno de sus vértices. No quedan rastros de ciencia ni de sabiduría. Un reguero de tinta seca se extiende sobre el tablero de la mesa y también sobre la tarima del profesor, partida por la mitad. El aire huye del pueblo por un callejón al que se asoma una ventana abierta y enrejada. Se introduce con cautela –apenas una ligera brisa– para descubrir una vieja cocina de formica, con los cajones abiertos, dos gatos dormidos sobre
la mesa y un olor estremecedor a podrido. Sobre el suelo de baldosas, un muerto. Parece más bien una muerta, descompuesta, sí, pero una mujer muerta. Un capazo del revés, una panera abierta y vacía, una sartén colgada de un clavo. Y el viento, asustado, que vuela despavorido levantando polvo y hojas muertas. Sí, estaba muerta. Una mujer muerta.la mesa y un olor estremecedor a podrido. Sobre el suelo de baldosas, un muerto. Parece más bien una muerta, descompuesta, sí, pero una mujer muerta. Un capazo del revés, una panera abierta y vacía, una sartén colgada de un clavo. Y el viento, asustado, que vuela despavorido levantando polvo y hojas muertas. Sí, estaba muerta. Una mujer muerta.

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