Octubre

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Son solo las cinco de la tarde y ya parece noche cerrada. El cielo está cubierto por unas nubes negras que se distraen descargando un aguacero que lo empapa todo. Desde la ventana del salón contemplo como salpican los coches a su paso por los charcos que el agua deja en la calzada.

–No deja de llover.

–No.

Vuelvo al sofá, me siento en el borde y miro contigo la tele.

–Es lo que tiene el mes de octubre. En octubre siempre llueve. Así al menos lo recuerdo yo.

–Sí.

–¿Quieres un café?

–Sí.

Tus respuestas no pasan de un monosílabo que empieza a ponerme nervioso y tus ojos no se apartan de la pantalla del televisor.

–Aún no entiendo cómo te pueden gustar esos programas.

–Sí, sí. Con dos de azúcar.

–¿Cómo?

–En el café, Chechu, en el café. Dos terrones de azúcar.

Hace frío en el pasillo. La sensación de humedad no solo se instala en mis huesos, también en los bajos de la pared, por los que asoman unos manchurrones negros que están descascarillando la pintura. Sí, pues estamos solo en octubre, menudo invierno nos espera.

Octubre, ahí está. Me está mirando desde la pared, desde ese calendario que Marañón nos regala cada año y que pinta él mismo. Parece observarme desde ese gran ojo que todo lo ve que es la O mayúscula de Octubre.

Enciendo la cafetera. Añado agua, un par de cápsulas de esas que compra Silvia por Internet y espero paciente sentado en la banqueta de madera que tenemos junto al frigorífico. Desde ahí alcanzo a ver el patio, sacudido por octubre de forma cruda. Las hojas de la parra caen al suelo inclementes. Al menos no tenemos ropa tendida. Cambio la taza en la cafetera. El aroma de la primera empieza a inundarlo todo, hasta el punto de que el gato, que dormitaba en su cesta hace solo un momento, viene veloz hacia mí.

–¿Tú también quieres café?

Se restriega contra mi pierna, cubierta por el pijama de invierno que saqué ayer del armario –es octubre, me dijiste, claro que te lo puedes poner– y huye de nuevo a su nido.

–¿Te pongo una nube de leche? –grito desde la cocina.

El calendario me observa y parece asentir: tarde de octubre, lluvia, café con leche.

–Sí, dos de azúcar –te escucho decir desde el salón.

Al final lo dejo por imposible. Preparo los dos cafés a mi gusto, con una nubecita de canela, incluso. Sujeto la bandeja por el pasillo, que parece ya menos frío, y me siento a tu lado en el sofá. De nuevo en el borde.

–El café.

–Octubre.

–Octubre qué.

–Que según la tele es el mes más lluvioso del año. Y que este está siendo el octubre con más lluvias en lo que va de siglo.

–Ya. Es lo que tiene. Tómate el café, que se enfría.

–No me gusta el café con canela. Prefiero una nube de leche.

–Y dos de azúcar, ya.

Regreso a la cocina a preparar otro café. Vierto el contenido de la taza en la pila y me sorprendo observado por el calendario de Marañón. Sí, ya lo sé, es octubre.

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Un pensamiento en “Octubre

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