La trenza dorada

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La tarde está templada y Juana se decide a salir a la farmacia. Antes de que caiga la noche, se dice mientras coge el bolso, segura de que no se olvida nada sobre la cómoda del recibidor. Como cada vez que se acerca al pueblo, Juana sigue con un paso lento y fatigoso la senda del río, trazada por la millaca y los guijarros y por las rodadas de los pocos coches que circulan por ella. Es el mismo camino que desemboca en la calle principal, la misma en la que de niña jugaba con sus amigos al corro y a las adivinanzas.

Ese recuerdo la devuelve al sótano en el que se refugió una vez jugando al escondite y en el que se encontró una moneda que resultó ser un doblón de oro. ¡Una moneda!, gritó con júbilo para poner en alerta a Jaime, que la encontró enseguida y la puso a contar. ¡Sí, pero tengo una moneda! ¡Una moneda de oro! Tras el escondite, quiso cambiarla con sus amigos en un juego de piratas fingidos, que se tapaban el ojo con una mano, que cojeaban divertidos y que se fabricaban sus garfios con las ramas caídas de los castaños.

En esas andaban cuando los viandantes, en su mayoría mujeres que salían alteradas de sus casas, viejos que solo ya valían para tomar el sol y algún que otro agente de la autoridad se arremolinaron en torno al pozo, situado hacia la mitad de la calle y con un brocal de piedra vista al que alguno de los amigos de Juana de subía de forma temeraria arengando al abordaje.

No pasaron ni diez minutos cuando ya habían sacado de dentro el cuerpo ahogado de Amparito.

–¡No puede ser! ¡Es uno de los nuestros! –dijo Jaime con el falso parche sobre el ojo, convencido aun de que aquello era parte del juego.

El cadáver de Amparito estaba hinchado por el agua y cubierto por la ropa que llevaba cuatro días antes, justo cuando desapareció. Los dos agentes de la Guardia Civil que recogieron el cuerpo desde lo alto del brocal la tumbaron de inmediato y comenzaron a oprimirle el pecho uno y a arrancarle la ropa el otro. El guardia iba arrojando los jirones a un lado, cuando de pronto Juana descubrió que lo que aquel hombre de gesto preocupado acababa de tirar era una preciosa trenza dorada que de ninguna manera pudo pertenecer a Amparito, una niña morena que siempre llevaba el pelo corto y a la que alguna vez los adultos confundían con un niño.

Se escabulló entre la gente y agarró el apéndice empapado –al tacto era como un estropajo con los que fregaban los pucheros en la cacera o como la estopa que usaba padre en sus tareas– y lo guardó bajo sus ropas, sabedora de que alguien podría reclamarlo alguna vez. ¿Qué llevas ahí?, le preguntaron Jaime y los demás, y Juana se echó a llorar y volvió a casa por la misma senda que hoy ha recorrido a la inversa para acudir a la botica.

Ya en casa, secó durante la tarde la trenza al sol y a la mañana siguiente descubrió en ella el olor al agua del pozo y el tacto suave de su propio pelo, al que quiso aplicar la trenza y no halló manera de hacerlo. Su madre la sorprendió frente al espejo del cuarto de estar, rodeada de horquillas y de peines de nácar. Pronto la reprendió, ya estaban tocando a misa y aún no estaba lista para ir al funeral de la pobre Amparito.

Llegaron ambas, Juana y su madre, cuando don Saturio, un cura gordo y tristón y aficionado al clarete de la taberna, estaba dando el sermón ante el pequeño féretro que encerraba el cuerpo menudo de la niña. Juana sentía un pinchazo en un costado cuando, desde su posición en la ermita, veía destrozada a la madre de la difunta, una mujer alta y muy guapa –mucho más que su madre, dónde iba a dar–, de riguroso luto y que había perdido de pronto su hermosa melena rubia. El pinchazo se hacía más fuerte por momentos y solo le tranquilizó apretar con su manita la trenza dorada que guardaba en un bolsito de pellica que le había cosido su hermano Ángel.

Es el mismo ejercicio que practica hoy Juana, que acaba de sobrepasar ya el pozo y que está casi a la altura de la farmacia. Unas campanillas situadas sobre la puerta del establecimiento alertan a Marisol, que sale sonriente de la rebotica para despachar.

–Es ese maldito bicho –le dice Juana quejumbrosa, casi sin aliento.

Ese bicho no es más que un cáncer la devora sin piedad, le provoca un dolor intenso por todos los huesos y le ha hecho perder hasta el poco cabello que le quedaba. Solo los homeopáticos de Marisol y el contacto con la vieja trenza dorada alivian a Juana en el presente. Y también en el pasado.

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