Desmemoria

20161007_desmemoria

Antonio Bueno acaba de llegar a casa. Son las siete y media de una tarde oscura de octubre que amenaza tormenta, aunque Antonio tiene la sensación de que al final no romperá a llover. Maldice la hora en que se puso la gabardina y el sombrero a juego, regalos de una vieja amiga, un estorbo más que otra cosa en un día tan hostil como agitado. Hasta la entrada que da al chalet se llega por un camino terrizo rodeado de setos y arbolitos ornamentales que plantó hace ya unos años, cuando adquirió una casa tan hermosa como triste, en la que nadie le espera cuando regresa. Ni siquiera un perrillo de esos que ladran cuando llega el amo porque tiene ganas de mear. Azarado y nervioso, Antonio Bueno busca las llaves en el bolsillo del gabán, porque adentro suena el teléfono insistentemente. Cuando consigue entrar, de forma brusca, casi violenta, y alcanza a descolgar el auricular, la llamada se corta.

Quizás era de la oficina, piensa, colgando la gabardina en el perchero del recibidor y dejando debajo los zapatos, manchados de polvo y fatiga. Soltándose el nudo de la corbata carmesí que le oprime la respiración desde primera hora de la mañana –otro regalo de aquella vieja amiga, de cuyo nombre no puede, tal vez no quiera, acordarse–, ayudándose del precioso pasamanos de madera tallada, sube por la escalera hasta alcanzar su cuarto. Allí se desviste por completo, dejando un montón de ropa a los pies de la cama, sobre la que se extiende agarrando un mando a distancia con el que enciende un pequeño televisor que tiene en la cómoda. Con una mano cambia de canal con cierta velocidad, como si quisiera cerciorarse de que no dan ningún programa con la calidad suficiente para obligarle a estar siquiera un rato pendiente de la pantalla. Con la otra acaricia su cuerpo desnudo, muy despacio, desde el pecho hasta el abdomen para terminar en sus genitales. Una sensación extraña le invade y le eriza la piel y le hace levantarse como un resorte para meterse en la ducha.

Con el grifo abierto y el agua caliente empapando su pelo, largo y ondulado, y su cuerpo, de complexión atlética y vello abundante, Antonio Bueno vuelve a detenerse en sus genitales cuando en un ejercicio reflejo se frota con las manos, como si intentara expandir el agua por todos los pliegues de su piel, como si hubiera algún rincón que quedara seco debajo de la lluvia. Es entonces cuando le vuelve a la mente aquella vieja amiga, tan aficionada a lavarle el pelo con un champú de avena que compraba en la farmacia. ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! Sin tiempo a aclararse, Antonio Bueno agarra un viejo albornoz raído ya por la espalda y corre descalzo escaleras abajo para coger el teléfono, que suena otra vez obstinado. Los pies mojados, ya en el último escalón, le juegan una mala pasada y le llevan a caer de bruces sobre la alfombra del salón. Es un tapiz sin motivos, de mullidas rayas negras y blancas, a tono con el mobiliario de la estancia. En el momento en que intenta levantarse, el teléfono enmudece y recrudece la trémula sensación de fracaso que Antonio Bueno ha arrastrado durante todo el día. En el piso de arriba, el televisor sigue sonando.

Se atusa entonces el pelo con las manos, de dedos gruesos y uñas bien cuidadas, se ajusta la cinta del albornoz y camina hacia la cocina con los pies ya secos. Al encender la luz comprueba que el tubo del techo está fundido. Lo anota en esa pequeña libreta mental que nunca se acuerda de revisar. Antonio Bueno levanta con energía la persiana. La luz artificial de una farola se cuela por la ventana y ofrece una tenue iluminación a la cocina. Afuera sigue sin llover.

Antonio Bueno abre la nevera buscando algo que comer. Antes de decidirse, da un trago de agua fría de una botella de plástico. Luego coge un manzana. Su suavidad y su forma redonda le recuerdan al tacto frío de sus genitales. A pesar de todo, saca un cuchillo del primer cajón y pela la pieza de forma meticulosa. Después, la descompone en gajos más o menos uniformes y la muerde sin gana. La fruta de hipermercado sigue sin saber a fruta, se dice, intentando recordar quién pronunciaba esa frase cada vez que hacían la compra juntos. Con el último trozo de manzana en la boca, el timbre del teléfono vuelve a sorprender a Antonio Bueno en la tranquilidad de la noche. Corre entonces por la casa, veloz, hasta que por fin logra descolgar el auricular. Él mismo se sorprende contestando con una energía impropia del momento.

–¡Sí! ¡Dígame!

Al otro lado del hilo nota que alguien respira, escucha sonidos lejanos y guturales que denotan duda, como si la persona que llama no se atreviera a hablar.

­–¡Oiga! –insiste Antonio Bueno, escuchando después en el teléfono el pitido que anuncia que la persona que llama ha cortado la comunicación.

Antonio Bueno ya ha abandonado la idea de que la llamada proceda de la oficina. Regresa entonces al salón con la mano en un costado, dolorido por el golpe. Se recuesta en el sofá, coloca los pies sobre la mesita de fumador y enciende la tele con la misma indiferencia con que lo hizo minutos antes en la habitación. No fumes, por favor, no fumes. Es una frase asimilada ya, que salta como un resorte en su mente cada vez que enciende un cigarrillo y que le recuerda a esa mujer que lo acompañó durante un tiempo y de la que no recuerda su nombre. Quizás no quiera recordarlo, que es algo muy distinto, aunque tiene la sensación de que esta noche todo le conduce a ella. Incluso el sueño que le invade observando en la pantalla una de esas series sin gracia llenas de histrionismo y palabras malsonantes. El humo blanco del cigarrillo se ha esfumado ya en el cuarto y el filtro ha caído sobre la alfombra. Un pinchazo en las costillas y el teléfono timbrando impaciente le despiertan de nuevo.

Aturdido, Antonio Bueno se levanta pausado del sofá y anda hacia el teléfono como el que se dirige a la sala de extracciones de un hospital. En la calle sigue sin llover y solo algún trueno, esporádico e inofensivo, rompe la calma de la noche. Está ya delante del aparato, que sigue cimbreándose delante de él. ¡Ring! ¡Ring! ¡Ring! Hace el amago de descolgar el auricular, pero como el que tiene miedo a la aguja y a ver entrar la sangre en el émbolo de la jeringuilla, Antonio Bueno se ajusta el cinto del albornoz y decide regresar a la desmemoria del sofá. No fumes, por favor, no fumes.

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