Quemarse bajo la sombrilla

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Pensar que cobijarse en uno mismo evitará recibir daños externos es cómo pensar que el sol no quema si uno se mantiene escondido debajo de la sombrilla mientras pasa unos días en la playa. Las quemaduras y el escozor en la piel son inevitables, como también lo serán las ampollas si la exposición a esa sombra artificial se prolonga demasiado en el tiempo. También puede darse la situación contraria, la de sentir el calor del sol como algo reconfortante y terminar el verano con una piel envidiable de color tostado. Comprendí esto mismo al cabo de los días de haber salido de mi propio caparazón, de haber abierto los brazos para recibir en el pecho los impactos de vida que se mueven por ahí, suspendidos en el aire, buscando la chispa que genera el movimiento, la misma que pone en marcha el mundo.

Fue al cabo de los días de aquel encierro que consistía en pasar en la cama cuantas más horas mejor, salir solo para trabajar en aquella oficina en la que me alejaba de guardar relación con nadie, más allá del tienes ese informe que te pedí, no tendrás una grapadora a mano o el ¿a ti también te va lento el ordenador?, que me espetaban algunos compañeros pensando que solo necesitaba un empujoncito para abrirme al ambiente de aquel espacio, para decidirme a salir con ellos de cañas los viernes o para mantener una charla de algo más de veinte segundos si coincidía con alguno en los urinarios del baño; fue al cabo de un tiempo, ya digo, cuando comprendí que el mundo estaba afuera de mí y que pisar un bar, el mercado de flores de la plaza o la sesión golfa de un cine no eran sino actividades común de la gente común. Vamos, que lo que no era común era lo mío, que la gestión de mi ser me generaba más rémoras que beneficios, por mucho que mi cuerpo y mi mente se sintieran a salvo del desamor, de la traición, de la envidia, del frío, del despecho, del fraude, del desarraigo, del colesterol o hasta de la violencia. No hace falta explicar aquí que sentir no es sinónimo de vivir.

Todo sucedió en un sábado a la mañana. Cualquier otro sábado lo hubiera dedicado a refugiarme bajo las sábanas, a dormitar hasta la hora de la comida sin más compañía que la de un viejo aparato de radio que encendía a ratos y del que temía siempre tanto las malas como las buenas noticias, las opiniones, la música y hasta las cuñas publicitarias. Todo el peligro que podía entrar en aquella habitación sin ventanas lo hacía a través de ese transistor, pero al fin y al cabo, quién no necesita de compañía, aunque sea artificial. Aquel sábado no, aquel sábado me levanté nada más abrir el ojo, me llevé el transistor encendido a la cocina y encendí la cafetera. Mi madre asomó por la puerta alertada por el intenso aroma del café. Nunca antes me había decidido a probarlo, no fuera a sufrir una subida de tensión y el músculo de mi corazón pudiera resentirse. Ya me advertía siempre la doctora. Mi madre no dijo nada, pero yo la vi santiguarse. Después pasé un buen rato bajo la ducha –el transistor sobre el lavabo, vomitando corrupción, conflictos bélicos, resultados deportivos y muchas cuñas publicitarias– empapando mi cuerpo de un agua tibia que me resultó apaciguadora (por fin empiezo a sentir algo, me dije) y que me libraba de la espuma generada por el gel y por el champú con el que froté la mata de pelo pobre que corona mi cabeza. Me puse ropa limpia, me puse un calzado cómodo y me eché a la calle con algo de dinero en metálico, con la tarjeta de crédito que le dieron a mi padre cuando me abrió la cuenta de ahorro y unas gafas de sol nuevas que algún sobrino me había regalado hacía mucho tiempo, quizás por algún cumpleaños.

Mi primera parada fue la terraza de debajo de casa, donde ordené otro café cortado y donde sentí como me empezaba a escocer el alma. La parroquia del local parecía feliz sentada a los veladores que ocupaban parte de la calle, por la que circulaban sin mucho afán señoras con carritos de colores tristes, jóvenes con el rostro pálido y gafas oscuras que miraban con celo una pequeña pantalla que portaban en su mano izquierda, con las cazadoras colgando de los hombros, y chicas en mallas de colores y deportivas devorando dulces de forma atropellada. Los clientes de aquel bar hablaban sin parar en algunos casos. En otros, se dedicaban a leer el periódico, acompañando las noticias de sorbos de café con leche y de algún trozo de pan tostado o de cruasanes de mantequilla. Entonces yo pedí uno, para mojarlo en el café, y para ahuyentar los malos augurios de la doctora, que me amenazaba siempre con una diabetes de tipo A, y robé un diario que alguien había olvidado en la mesa de la izquierda. He de reconocer que el miedo y la angustia iniciales, provocados por una portada catastrófica que advertía de los peligros mundiales que nos acechaban por ser incapaces de elegir al gobierno que nos convenía, se fueron tornando en cierta diversión al leer a algunos articulistas que colocaban sus opiniones en la columna de salida de las páginas pares, con una foto en blanco y negro que al menos permitía ponerle cara al escritor de tantas sandeces. La previsión del tiempo, los dolores de rodilla de un futbolista de moda, las loterías, los horóscopos, las esquelas… Su lectura detenida y el consumo abusivo (solo llevaba dos) de café me mutaron el color de la piel en una gradación ascendente que solo se vio frenada cuando llegué a la parrilla de la tele y pude advertir que el desconocimiento y la falta de información son los principales generador del miedo: yo no había encendido la tele de casa desde que cumplí los catorce años, y ya tengo treinta y seis.

No me parecieron baratos ni el precio del café ni tampoco el del cruasán. Tampoco el del ramo de margaritas que compré después en el mercado de las flores con el ánimo de agradecer a mi madre su paciencia con un hijo autista sin tratamiento médico. Tampoco resultó económico, precisamente, el tratamiento que me recomendó la doctora tras descubrir mi alergia a las flores, pero eso ya es otra historia que no volverá a repetirse. Pronto había agotado el dinero en metálico que llevaba en el bolsillo –había desayunado, había comprado flores y también el mismo periódico que había leído minutos antes en el velador del café, con el ánimo de guardarlo como recuerdo del primer día del resto de mi vida– y tuve que tirar de tarjeta cuando aboné la cuenta de la ropa que había adquirido en unos grandes almacenes que ocupan uno de los mejores edificios del centro de la ciudad. Entrar allí era como hacerlo en un mundo totalmente opuesto al que había conocido hasta ahora. Miles –puedo decir miles sin riesgo a equivocarme– de chicas y chicos, algunos de ellos solos y otros en compañía de amigos o de sus madres, que les colocaban por encima las prendas para ver si se ajustaban a su talla, abarrotaban aquel espacio inmenso, dividido en varias plantas y con las paredes forradas de percheros kilométricos y grandes cajones que, según descubrí después, albergaban las gangas que la firma comercial ofertaba ese día a sus distinguidos clientes. Rebuscar en ellos era como rebuscar en el cajón de los cubiertos de la cocina de casa cuando mi padre me pedía su navajita de la mili para pelar la fruta. Jerséis de todos los colores, camisetas con estampados imposibles y alguna bota militar a la que no encontré mucho sentido se amontonaban entre pares de calcetines tobilleros, corbatas y camisas sin botones que se abrochaban con una cinta de velcro. Las dependientas de la tienda, a las que puede distinguir entre la marabunta por un uniforme que las convertía en clones (el resto lo ponían ellas, todas con el mismo peinado, la misma barra de labios y mascando chicle sin parar), se comunicaban entre ellas con uno de esos aparatitos con los que la gente se comunica ahora sin necesidad de hablar. Se llaman teléfonos móviles y nunca antes me había parado a fijarme en lo útil que me podrían ser para evitar conversaciones incómodas en el cara a cara con mis compañeros de trabajo. Compré dos pantalones vaqueros, uno clásico, desgastado en los muslos, y otro de color tabaco que, por qué no decirlo, me sentaba como un guante, un par de camisas abrochadas con botones (algo más caras que las otras) y unos zapatos de gamuza azul marino.

Y salí decidido a comprarme un móvil, visto que era fundamental tener una de esas piezas en mi nueva vida, visto que la gente que me rodeaba los usaba sin parar tecleando con sus dedos en la pantalla, hablando con ellos colocados junto a la oreja o, lo que me resultaba más inquietante, hablando a través de unos cables que unían sus oídos con el celular, guardado en el bolsillo de la chaqueta. Entré en una tienda de rótulos llamativos, de aspecto psicodélico, con espacios diáfanos y pequeños expositores con varios modelos y marcas de teléfono. Era todo tan limpio, tan claro, tan brillante. Estaba lanzado ese día, así que compré el más caro que encontré. La dependienta, que también mascaba chicle sin parar y hablaba de forma mecánica, como los aparatos que vendía, me dio unas nociones básicas de su uso e incluso me ayudó a descargar algunas aplicaciones que me conectarían con mis amigos, me dijo. Yo no tengo amigos –contesté– pero los pienso tener muy pronto. Entonces se disparó hacia la caja registradora, me extendió el ticket de compra sobre el mostrador de cristal y yo me apresuré a sacar la tarjeta de crédito. Tuve la sensación de que mi confesión pudiera haberla molestado, pero nadie se quema sin salir de debajo de la sombrilla, me dije.

Pasé el resto del sábado y gran parte del domingo afanando con mi nuevo teléfono móvil. Cada vez que hacía un nuevo descubrimiento, corría a explicárselo a mi madre, que no daba crédito y que miraba a mi padre con ojos de preocupación. La radio me acompañaba siempre, había que perderle el miedo a la corrupción y a las cuñas publicitarias. En el aparato descubrí la posibilidad de escuchar música moderna, machacona, repetitiva e insistente, pero moderna al fin y al cabo, entendí que ya no es necesario comprar un periódico cuando uno quiere enterarse de lo que pasa y encontré a muchos de mis compañeros de trabajo en algunas de esas aplicaciones que aún no terminaba de manejar y en las que se exhibían en la playa con la familia, en largas sobremesas cargadas de alcohol y en las que exponían profundas reflexiones sobre la política, la literatura, el arte, el deporte o la vida misma. Alguno de ellos intentó interactuar conmigo, pero no me vi capacitado, al menos por el momento.

Esas interacciones se multiplicaron con el paso de los días, después de presentarme el lunes en la oficina, estrenando mis atrevidos vaqueros de color tabaco, una de las camisas que compré en los grandes almacenes y los zapatos de gamuza a juego con el cinturón. Recuerdo que también me puse unas gotas de colonia de un frasco que estaba sin abrir y que supuse un regalo de alguno de mis sobrinos por alguno de mis cumpleaños, lo que provocó que Marisa, la administrativa de la segunda planta con la que solía coincidir en el ascensor, esbozara una sonrisa hasta ahora desconocida en su rostro cuando me dio los buenos días. Las conversaciones en el lavabo o en las mesas de trabajo se extendían más allá de la necesidad de pedir una grapadora o un informe y entraban en terrenos que resultaban tan novedosos como inquietantes. Pronto empezaron a preguntarme por mi situación sentimental, una vez que habían detectado por el móvil que estaba soltero y que no tenía fotos con nadie del sexo opuesto –ni siquiera del mismo que el mío– y por mis aficiones. No te leemos nada sobre el campeonato de liga ni sobre política, ni acaso sobre algún libro favorito. ¿Te gustan los animales?, preguntó uno de ellos con descaro.

A todos intenté satisfacer con mis respuestas y durante aquellos días iba informando a través del móvil de las cosas que me preocupaban –o, más bien, de las que podían preocupar a mi entorno, por aquello de no desentonar y no decepcionar a nadie– hasta que llegó el viernes y salí de la oficina y tiré el móvil en el primer contenedor de basura que encontré camino de casa. Allí, tras besar a mi madre y saludar a mi padre, me desnudé y busqué cobijo bajo las sábanas de mi cuarto. El transistor estaba sobre la mesilla pero tuve miedo de encenderlo. Tras un par de cabezadas y de salir a cenar en familia comprendí que el sol quema igual debajo de la sombrilla pero que siempre es positivo tomar cuantas precauciones hagan falta.

 

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