Álbum de recuerdos

No hace ni una semana que regresamos y aún no hemos tenido tiempo de echar la vista atrás. No hemos podido siquiera componer un álbum de recuerdos que nos devuelva a las cenas de ensalada y pescado a la brasa en esos patios floridos y escuetos, en La Playa o en La Tasca de la Prensa, a los pies clavados en la arena y al fuerte viento de cara que nos impedía avanzar al objetivo, a las risas que provoca un sombrero volado por el aire y el calzado empapado por el agua que se cruza en el camino. A las escaladas imposibles por las calas que te refugian del viento. No hemos sido capaces de rememorar los besos robados al calor de una copa, y de otra, y de otra más, y de la última que nos echamos al coleto. Ni de reírnos recordando los bailes al son de la música propia del lugar –hoy, pa’ti, la vida sale– ni de las cuestas empinadas ni de las noches en vela al lado bueno de la ventana. Ni del gallo despertador de acento cerrado y voz aguda, apostado en un poyo de la calle que vomitaba unas escaleras que se hacían eternas cuando se acometían en sentido ascendente. Ni del encanto del pueblo blanco, elegante y señorial, aromado de buen gusto. Por eso me permito hoy conformar este álbum de imágenes del que yo huyo, porque la belleza del paisaje, de las plazas y calles angostas de la tacita, solo es mejorable con tu presencia.

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