Jaquecas

20160816_Jaquecas

Caminar descalzos por la playa era uno de los pocos placeres terrenales que le encontramos a la vida. Lo demás traía consigo miradas amenazantes, desplantes a mediodía –delante de la nevera buscando qué llevarnos a la boca– e incluso alguna enfermedad. En mi caso eran jaquecas, intensas y desoladoras. El dolor de cabeza conseguía lo que no conseguía ella, que me encerrara en el cuarto y me acostara en la cama, con paños húmedos en la frente y las persianas cerradas. Aquel era un cuarto sencillo. Quizás austero sea una palabra que lo defina mejor. La cama era uno de esos somieres con patas sin cabecero ni pies, con un colchón de muelles que se clavaban en la espalda si no andabas con cuidado de coger una buena postura. Un armario desvencijado y con la madera desconchada –siempre le insistí en la necesidad de darle una mano de barniz– completaba el mobiliario de esa habitación en la que convivíamos cada noche sin nada que echarnos en cara, porque cuando se está dormido la mente divaga por otros rumbos.

¡Todo lo arreglas encerrándote en ese maldito cuarto!, me chillaba tras una de aquellas discusiones que lo ponían todo perdido. ¡Y deja de fumar, que cogen olor las sábanas y las cortinas! Llamaba cortinas a dos retales que encontramos en un mercadillo y que logramos sujetar a la barra con unas anillas que robamos en un bazar de chinos. ¡No cojas eso!, me decía entre dientes y con cara de malas pulgas cuando se las guardé en el bolso de esparto que la acompañaba a todas partes.

Tras una tarde de jaquecas, mirando al techo del cuarto a oscuras, me levanté para preparar algo de cena. En la nevera solo encontré una lata de atún y dos huevos a punto de caducar. Así que rebusqué en un bote que me servía de hucha unas monedas de cobre y junté las necesarias para comprar algo de pan. Se las puse en la mano y le dije: Ve tú mientras preparo una tortilla. Cené yo solo, dos horas después y la tortilla fría, porque ella no regresaba con el encargo del pan. Tardó en hacerlo veintisiete días con sus veintisiete noches, cuando la aventura no le dio para más y necesitaba un techo donde cobijarse. Me dijo que había cogido un autobús a la estación y que allí se coló en un tren con destino a la ciudad en la que viven su hermana, su cuñado y sus tres hijos. Lo que venía siendo una visita inesperada, llena de hospitalidad durante los primeros días, terminó por convertirse en un suplicio para ella. Hoy, mirando al cielo, pienso que más bien lo sería para sus parientes. Era una mujer testaruda, desconfiada y egoísta, que nunca daba su brazo a torcer, convencida siempre de que el mundo conspiraba contra ella.

Durante su ausencia se ausentaron también mi tristeza y mis fuertes dolores de cabeza. Empecé a asearme con frecuencia y a salir a la calle con otra filosofía. Por la mañana paseaba sin rumbo fijo, disfrutando de la sombra de los árboles y del crujido de la tierra y de las ramas a mi paso sobre ellas. Pero lo que más me gustaba era andar descalzo por la playa, aunque sin ella a mi lado las sensaciones no eran las mismas. En ese rato de paseo por la costa me invadían la soledad y la nostalgia, que eran mejores sensaciones que la de la bronca diaria por todo. Mis comidas seguían siendo frugales –sobrevivía con un subsidio que el gobierno me daba cada mes– pero me sentaban tan bien que hasta engordé un par de kilos. Quizás tenga que ver que las raciones de comida que antes compartíamos eran para mí solo y no tenía que andar contando trozos de carne en salsa o partiendo la fruta en porciones iguales.

El caso es que regresó y no lo hizo con la cabeza baja y modales más calmados. Me culpaba de su huida y si había vuelto era por no dejarme solo porque sabía que no podía vivir sin ella. Aquello me supuso dos jornadas completas en la cama, tapado hasta el cuello y con una jaqueca que me provocó unos vómitos que contaminaban el ambiente en aquel reducto de la casa que logré hacer mío.

Cuando me recuperé, a base de paños húmedos y de agua de manzanilla –no consintió en acercarse a una farmacia–, salimos una noche a pasear por la orilla del mar. Dicen que la música amansa a las fieras (estoy seguro de que quien dijo esto se refería a Joe Lovano o a Miles Davis, quizás a Dizzy Gillespie) pero a ella lo que le amansaba eran el rumor jazzístico del mar y el contacto de sus pies desnudos con la fina arena de la costa. El agua fría nos mojaba los tobillos y las luces del paseo marítimo, esperándonos al final de la playa, nos advertían de que saliendo de allí regresábamos a la civilización que nos encanallaba y nos abatía sin remordimiento alguno. La luna llena plateaba el mar y se convertía en la única farola que alumbraba nuestro camino, lo justo para que viéramos por dónde íbamos. En uno de los requiebros que hace la arena al contacto con el agua, ella se tropezó y cayó de espaldas al suelo. Tuve la tentación de reírme, hasta de llamarla torpe, pero antes de dejar que me culpara de su derrumbe me eché sobre ella, la besé en los labios e hicimos el amor como ya no lo recordábamos. Atisbé entonces la sonrisa en su cara y el deseo en sus ojos. Sus manos recorrían mi cuerpo en caricias imposibles, deteniéndose en mi pelo escaso, en mis nalgas y en mi pecho, y también en mi sexo. Era de noche y la playa estaba desierta. Tan solo la luna nos miraba y las farolas del paseo se iban apagando tras el paseo festivo de los veraneantes. Acostados en la orilla, boca arriba, jadeantes aún y desnudos, con el pecho palpitante y los ojos acuosos, volvimos a lanzarnos miradas de odio. En esa pose tan extraña, ella me soltó un manotazo y plantó un arañazo de tres centímetros en mi mejilla izquierda.

Recuerdo la medida porque no dejé de observarme la herida durante días ante el espejo partido del cuarto de baño. La vi en su esplendor, una raya viva de sangre, muy caliente al tacto, y la vi remitir al paso de los días, tras las curas pertinentes con un frasco de agua oxigenada que guardábamos en al vitrina en el que ella guardaba sus ansiolíticos. Lo peor de todo fue escuchar de su boca, en sus propias palabras, que ella no me había agredido jamás y que nunca había hecho el amor conmigo en la playa. Que jamás se habría prestado a hacer el amor con alguien tan repulsivo como yo.

Después de aquello vinieron varias tardes sin salir de la habitación, de paños húmedos y algún que otro vómito. De gritos el baño y en la cocina, en el comedor y en el recibidor en el que el cartero nos dejaba las notificaciones del banco una vez que las introducía por debajo de la puerta. Llegó un punto en que dejamos de abrir aquellos sobres cargados de amenazas y llegó un punto también, bastante desasosegante, en el que dejamos de abrir nuestras bocas para insultarnos. Las conversaciones se limitaban a la pura (he estado apunto de escribir puta, y bien pensado, el adjetivo le va que ni pintado en todos los sentidos) cortesía: ¿Me acercas una toalla? ¿Te sirvo un poco de agua? ¿Te importa que ponga la radio?

Hace ya tres años que se marchó. No soportaba aquella vida tan mansa y doméstica. Conociéndola como la conocía, sé que le ardían las entrañas en un ambiente que suponía ya una voladura controlada de nuestra relación. Los insultos, las malas caras, los gestos y las palabras altisonantes se amontonaban en su cerebro y en su alma y la destrozaban por dentro. Yo sigo aquí, en nuestra casa, tan lóbrega y tristona como siempre, animada tan solo por un silencio atroz que me despierta por las noches y que me evoca recuerdos de paños húmedos e intensos dolores de cabeza, en la que resuenan sus gritos amortiguados ya por la muerte y la ausencia de rencor. Cada noche salgo a pasear a la orilla del mar y cuando alcanzo el recodo en el que hicimos el amor me siento en la arena, procurando no manchar de barro el único pantalón que tengo. Entonces miro a la luna mecerse en el agua plateada y la busco a mi lado, desnuda y jadeante, y me acaricio la mejilla herida por uno de sus zarpazos. Paulatinas, las luces del paseo marítimo que advertían siempre de la tormenta, se van apagando para dar paso a la madrugada.

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