¿Una cerveza?

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No se espanten los presentes ni tampoco los contrayentes porque las cosas que aquí se cuentan no son inconfesables ni deben, por tanto, conducir al divorcio instantáneo de la pareja que aquí nos reúne. Porque el sermón de este cura mal vestido es tan inofensivo como ese novio que ven ustedes ahí, con aspecto de buena persona, de cabeza despejada y corazón rojiblanco. Ese tipo sereno (entre nosotros, solo pierde los nervios cuando le ganamos al pádel, ¿verdad, Javi?), ese tipo sereno es mi amigo.

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Se forja la nuestra, nuestra amistad, en un secreto a voces: la lealtad. Es Rivera un tipo leal, afable, trabajador, desprendido y generoso, que está siempre que se le llama y que acude siempre veloz al problema de un amigo. La nuestra, nuestra amistad, se forja en charlas interminables bañadas de cerveza, en ceremoniales amistosos bañados en cerveza, en derbis pintados de blanco merengue, claro, y bañados en… cerveza. La nuestra, nuestra amistad, se forja en la cerveza, sí. ¿Qué pasa? Me dijo que se casaba un 9 de julio, en esta sauna que acoge debates en ocasiones tan fatuos como las tardes de los domingos, que no me quedó otra opción que preguntarle por el sitio elegido para tomar la cerveza de después, que cualquier excusa es buena. Nos unen muchos y todos muy buenos: el viejo Pontarrón, la taberna del Primi y la barra de La Venta, el Bar Rejón y el Luis el Orejas, El Porrón y la vieja cantina de Juan, hecha de botijos y cacahuetes. Y estuvimos apurando los barriles del Rivera, claro, donde las cañas se tiran con el esmero que requieren el cliente y la historia del establecimiento y donde se sirve la mejor tortilla que hayan probado ustedes nunca.

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La cerveza, sí, no vean si une ese líquido dorado tan amargo como algunos viejos amigos a los que hoy no vamos a invitar a estas líneas porque no se lo merecen. Porque esta fiesta es nuestra, amigos y amigas, la fiesta a que nos invitan los novios, Rivera y Olga. Fiestas así, entre nosotros, entre Rivera y un servidor que les habla y otros cuantos que están escuchando expectantes, con una sonrisilla delatora y el colmillo retorcido, hemos pasado una pocas. Las principales las pasamos en un garito de colores en el que lo único que no faltaban eran los amigos y el whisky con coca cola. Noches interminables a cualquier lado de la barra, en cualquiera de las mesas, entre la buena gente que nos cobijaba y hasta en una trastienda rodeados de cajas, botellas y neveras rotas, escondidos siempre en una nube de humo perfumado.

Aquellas noches interminables terminaron con el trabajo, las hipotecas, las novias, algún espejo que se rompe en medio del silencio y los primeros dolores de espalda. Y las primeras noches sin dormir, animadas por el llanto de una niña que hoy nos mira de frente con ojos inocentes y una sonrisa honesta en la cara. He de reconocer que pocas cosas me han llenado más de alegría que ver a mi amigo estrechando en sus brazos el cuerpo menudo de Abril cuando vino al mundo.

Aquellas noches parecían interminables y hoy nos resultan tan efímeras como aquella juventud de la que vamos soltando lastre. Es la vida la que se esfuma sin darnos cuenta, la que convierte en efímero lo que toca. Bueno, no todo, hay cosas que permanecerán eternas al paso del tiempo: el lazo de amistad que nos une, amigo mío.

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Larga vida, por tanto, al matrimonio que empieza hoy a ser oficial, y que lo viene siendo de facto desde hace años. Larga vida a vosotros, Abril, Olga, Rivera, y larga vida a los Barras Bravas, testigos impenitentes de vuestro amor.

Bueno, ¿dónde tomamos luego la cerveza?

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