El hombre que no pudo vencer al miedo

20160624_El hombre que no pudo vencer al miedo

Cuando lo descubrieron debajo de aquellas ramas secas, el cadáver de Andrés Díaz tenía la cabeza abierta y su boca era un níspero podrido bañado de sangre seca y rodeado de moscas. Fue un perro suelto que corría en aquel páramo como a cincuenta metros de su dueño el que olfateó primero y destapó después el cuerpo inerte de Andrés Díaz, ayudado de sus patas, desenterrando también un viejo zurrón de cuero cubierto de tierra seca. Pronto volvió agitado hacia su dueño, que caminaba hacia él ayudado por un palo y con la cabeza tapada por un gorrito de paño. Nunca pudo imaginarse el caminante que aquél pudiera ser el cuerpo de Andrés Díaz, el tipo que en el pueblo presumía de haber vencido al miedo con la pistola siempre al lado del vaso de whisky en la barra del bar.

Aquel caminante, un hombre afable muy conocido en el pueblo por su oficio de carpintero, no volvió a pegar ojo durante cuatro noches. La imagen de la muerte se grabó en su retina hasta el punto de pasar las noches sentado en su viejo sofá de muelles, con los ojos muy abiertos y las ventanas cerradas cal y canto. Dicen que así pasó sus últimas cuatro noches en el pueblo Andrés Díaz, aquejado de un arrebato de locura que generó entre sus vecinos alguna broma que nunca se elevó de tono por miedo a las consecuencias. Nunca lo hizo porque al pueblo sí que lo venció el miedo, el de enfrentarse a un tipo hosco y malcarado con un punto de delirio que lo convertía en peligroso. Dicen de él, los que lo conocieron y también los que no, que fue capaz de matar a un gato de dos tiros solo porque lo sorprendió merodeando entre los sacos de pienso que tenía apilados en el patio trasero de su vivienda. Ésta era algo así como un fuerte al que nadie se atrevía a entrar. Ni siquiera a pasar por su acera. Él mismo decoraba la fachada con pintadas groseras y mensajes amenazantes. La puerta era una reja oxidada que dejaba ver un pasillo estrecho y oscuro desde el que se repartían las habitaciones, en cuyas puertas colgaban unas llaves grandes que servían para abrir cada cerradura. Cuando llegaba el frío, protegía el acceso principal con una cortina de tela que tan solo servía para evitar que entrara el tibio sol que se asoma al cielo en alguna corta tarde del invierno. Unas veces se asomaba a la puerta con una radial con la que asustaba a los niños y a las mujeres y otras veces se apostaba en la calle, usando el tocón de un árbol como asiento, con una botella de alcohol a un lado y un hacha con el filo manchado de sangre al otro. La mayor de las veces, dicen los que compartieron con él su vida y su temor en el pueblo, era sangre de algún cordero que acaba de desollar y descuartizar sin más objetivo que el de alimentarse. Pero hay quien dice que tal vez fuera la sangre de la mujer que un día entró a vivir con él y a la que nadie más volvió a ver por la calle. Ni siquiera en el colmado que servía para el avituallamiento de una población cada vez más corta y más envejecida recuerdan ya su rostro ni su voz, porque nunca se dejó caer por allí.

Cuatro noches en vela y una desaparición que nadie denunció por miedo a que el loco de Andrés Díaz volviera al pueblo. Era mejor así. A enemigo que huye, puente de planta. Habían pasado ya doce días desde que el último vecino lo viera merodear por la cantina, con la pistola siempre en la mano. El testimonio de éste advirtió de que su punto de enajenación era ya extremo. “Siempre había usado el arma de forma intimidatoria, la colocaba en la barra del bar o en el mostrador de la tienda para poder marcharse sin pagar y sin que nadie le rechistara, pero aquella tarde iba riendo a carcajadas mientras apuntaba a la gente con el cañón”.

Así consta en el sumario del caso que investiga la muerte de Andrés Díaz, quien según otros testimonios pudo pasar por su casa antes de desaparecer, con el ánimo de recoger alguna que otra pertenencia. Llevaba la misma bolsa de cuero a la espalda que encontró junto al cadáver el perro del carpintero. En ella encontraron dos cuchillos muy limpios y recién afilados, una petaca rellena de vodka, una gorra de color marrón y una azadilla con la que solía escardar de malas hierbas la pequeña huerta que había puesto en el patio, en el que meses atrás había colocado una especie de espantapájaros de trapo colgado de una cuerda por el cuello. A la mañana siguiente de su desaparición, el muñeco había dejado de asomar por encima de la tapia y, a pesar de ser agosto y de padecer en el pueblo una ola de calor extrema, típico del verano en la meseta por otra parte, la cortina de tela había vuelto a cubrir la reja metálica que daba acceso a su casa.

Nadie vio entrar ni salir gente de allí en los doce días siguientes. Tampoco era de esperar que nadie lo hiciera. Andrés Díaz había huido del pueblo y nadie nunca vio asomar por allí a la mujer que una vez se quedó a vivir con él. Un par de muchachos, ebrios de cerveza y de osadía, intentaron acceder a la vivienda al quinto día de la desaparición de Andrés, pero les resultó imposible. No pudieron forzar la reja y nadie salió a ver qué estaba ocurriendo allí afuera, a pesar del ruido propio de aquel conato de asalto. La Guardia Civil los detuvo por intento de allanamiento pero, sobre todo, como sospechosos de la desaparición de un hombre al que ni los agentes comarcales echaban de menos. Salieron pronto del cuartelillo sin cargo alguno sobre sus espaldas.

Fue el carpintero, su perro más bien, quien se topó con el cuerpo muerto de Andrés Díaz en uno de sus largos paseos por el páramo. Él mismo recuerda en el sumario cómo fue el macabro hallazgo: “Estaba allí, tirado, muerto y manchado de sangre. Tenía un golpe fuerte en la cabeza y… ¿sabe qué? Por primera vez vi en su cara la cara de una buena persona. Sí, claro, volví al pueblo para dar aviso a la Guardia Civil y después me encerré en casa con el perro y el recuerdo de mi mujer”.

Tras aquella primera noche de insomnio, salió muy temprano a la calle. “Podrían ser las seis y media o así”. Llevaba en la mano el palo que le ayudaba a caminar y el gorrito de paño que le protegía de los primeros rayos de sol. El perro, fatigado y nervioso, caminaba junto a él. La calma era absoluta a esas horas en el pueblo. Sus callejuelas, estrechas y de fachadas encaladas, con portones de chapa y ventanales de madera, tan solo albergaban el frescor de la mañana. Solo un tractor rompió el reposo cuando giraba por la plaza camino de la era. El campesino saludó con la mano y el carpintero, como sin ganas, hizo lo propio. “Nadie, no había nadie –reza en el sumario– tan solo aquella sombra que perdí de vista a la vuelta del colmado. Quizás se acercó a comprar comida antes de marcharse y comprobó que estaba cerrado. Sí, señoría, le aseguro que era una mujer y que nunca la había visto por el pueblo”. La declaración del carpintero termina con un coche fúnebre que huye por la carretera de acceso a la aldea, camino del cementerio, sin comitiva, sin cura, sin lágrimas y sin flores. El cadáver de Andrés Díaz descansa ya en un nicho cubierto por una lápida limpia de inscripciones. Unos muchachos la pintaron con letras rojas hace unas semanas: “Aquí descansa Andrés Díaz, el hombre que no pudo vencer al miedo”.

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