El líquido de la vida

 

20160520_El líquido de la vidaEs este un río que, agonizante incluso, no se cansa de regar de vida estos campos matizados de verde. Fértil vega del Tajo, fecundada de cereales y leguminosas, de frutales, hortalizas y verduras. Camino de la vega estoy, en este coche renqueante que sobrevive como el río, a duras penas, cargado siempre de cajones y herramientas. A la sombra ya de la vieja morera, que se viste de hojas vivas por este tiempo, resistiendo a las podas y a las heladas del invierno, me calzo las botas de goma, me echo al hombro el azadón y ando el camino de polvo que termina en el canal y que tantas veces recorrí de niño, siempre un paso por detrás de los pasos valientes de mi padre. El aire fresco me espabila cuando me sopla en la cara. Es primavera incipiente, es temporada de riego y el agua es abundante en esta obra de ingeniería trazada en el gusto por el paisaje y el cultivo. Abro las compuertas. El agua sale con fuerza, choca contra las paredes de la arqueta y emprende camino cacera abajo en una carrera preciosa entre la millaca y los cantos acumulados en el cauce. Yo la espero abajo, en la porción tierra que se deshace reseca y sedienta en mis manos duras y agrietadas. La planta, más bien rasa, amarillea en el tallo. También tiene sed. Preparo la tierra para canalizar el agua con un par de golpes de azada. Ayer ya tiré los caballones con el tractor y las vertederas. Ya está aquí el líquido de la vida, alcanza la tierra y la empapa con el mismo amor con que la madre empapa de leche la garganta de su niño. Erguido, con la azada al hombro y cegado en el reflejo de la manta de agua –así sorprendí a mi padre muchas veces, en mañanas como ésta–, pienso en ellos y en ese milagro que nos mantiene aquí, firmes y constantes, infatigables, generación tras generación. Me seco el sudor de la frente con el puño de la camisa y regreso por la orilla a la sombra de la morera. Sus raíces se extienden abajo, buscando también el alimento del agua. Solo algún coche despistado, un par de ciclistas quizás, rompen el rumor del agua y de los pájaros, que sobrevuelan la siembra y se posan elegantes en las ramas que me cobijan del sol del mediodía. Saco la fiambrera, saco la navaja y pico el tomate para bañarlo después en aceite de oliva y sacio el apetito como lo hace el cereal, con un tallo que coge color de abajo a arriba a medida que lo alcanza el agua. Aún no ha llegado a la punta, así que camino a la casilla, ordeno los aperos recojo la huerta –algún tomate pintón, pocos pimientos todavía y un par de calabacines para el hombre guapo, que decía bromista mi padre– ante la mirada recelosa de los gatos. Regreso a la linde a esperar el agua, apunto de alcanzar ya el caballón. Por la espalda me sorprende mi padre, su voz grave y sabia, elevada en contadas ocasiones, protegido del sol con un sombrero de paja y apoyado en su bastón, con el que señala una pequeña fuga que salta embarra al camino. Corro a taparla y regreso con él, pero ya no está. La vida nos resulta siempre fugaz, pero su esencia fluye y pervive como el agua en el cauce de las acequias y los canales, en el cauce de un río, el Tajo, que se resiste a morir, en esta tierra que preña de vida cada temporada.

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