Bendito lunes

20160425_Bendito lunes

No suelo recibir muchos encargos los lunes. El lunes es un día anodino, lastrado de cansancio, en el que cuesta mirar al futuro con algo de optimismo. Es de esos días en que el despertador te recuerda que no eres millonario, que te duelen demasiado los huesos y que la ducha pilla muy lejos de la cama. El lunes: ese día de la semana repleto de caras largas y de cafés y cigarrillos interminables y, casi siempre, vacíos de trabajo en la tienda.

En uno de esos cafés cargados ando sumergido, pensando en lo divertido que resultó el fin de semana a su lado, en las carreras para no perder el tren y en las risas que explotaron en los billares cuando arranqué un trozo del tapete a causa de mi impericia con el taco. En el último sorbo, el timbre del teléfono me saca de la ensoñación y de la nostalgia tan próxima que me embaucaba. No puedo por más que mirar el calendario y comprobar que es lunes. Un lunes con encargos, pensé, levantándome de la silla y dirigiéndome al teléfono con pasos cortos y arrastrados.

–Sí, dígame.

Tomo nota del recado con desgana y cuelgo. Dejo el lápiz sobre la mesita del teléfono y camino tan despacio al obrador como si fuera lunes. Es que es lunes, pienso justo después, intentando recuperar en mi cabeza los pormenores de la reciente conversación, como queriendo descubrir quién se escondía detrás de aquella llamada telefónica, que expulsaba por el auricular una voz tan particular como reconocible en mi cerebro. Con los guantes puestos y las tijeras en la mano, comienzo a preparar el ramo de rosas rojas que me han encargado. Selecciono las mejores, las que acaban de llegar esta misma mañana desde el invernadero. Es verdad que los lunes vienen pocas, porque apenas hay trabajo, pero siempre hay algún funeral o un cumpleaños con el que quedar bien, aunque si este cae en lunes, la lógica empuja a celebrarlo en la jornada del domingo.

Los tallos verdes, las hojas y los trozos de papel celofán con el que envuelvo el ramo van cayendo sobre la mesa de trabajo, una mesa grande, con las dimensiones necesarias para que trabajen a la vez varias personas. No es el caso del día de hoy, en que trabajo yo solo porque es lunes y los lunes apenas vienen encargos. Vuelvo entonces a reírme yo solo, evocando de nuevo la hazaña en los billares y el lamparón que dejo en la camisa nueva tras intentar dar un trago a uno de esos gintonic que más que una bebida espirituosa y refrescante parecen la nueva creación de un cocinero de moda. Ella saca luego unas toallitas del bolso, me frota con ahínco la camisa empapada y no deja de reír. Su risa es sonora y divertida y deja entrever una fila ordenada, casi perfecta, de dientes blancos entre los que rueda una bola de chicle de menta. El aliento fresco alcanza mi nariz, las manos siguen restregando la camisa, blanca hasta entonces, y es mi boca la que se abalanza sobre la suya para dejar de perder el tiempo. Date prisa, debió pensar mi cerebro, que mañana es lunes. Ella no se aparta, es más, busca mi lengua con la suya, sus labios absorben los míos, los humedecen con ese particular sabor a menta fresca que deja el chicle, hasta el punto de que este se cuela en mi boca y los dos volvemos a reír de forma descontrolada.

He de reconocer que he hecho lazos mejores. Los de los viernes me salen superiores, con las medidas justas, sin un cabo más largo que otro, seleccionando siempre el color que mejor va con las flores que estoy empaquetando. Pero es que hoy es lunes, pasan ya cuarenta minutos de las doce del mediodía y parece que son las ocho y que acabo de levantar la persiana metálica de la floristería. Tampoco ha quedado tan mal, me digo, el cliente entenderá que es lunes y que los lunes el mejor escribiente deja un borrón. Aunque para borrón el que dejé ayer en la cuenta corriente, después de la cena y de unas cuantas horas de hotel. Que si marisco, que si foie, que si vino de Burdeos y un coulant de chocolate blanco. Que si que nos suban una botella de champán, que si sal tú a recibir al camarero que yo ya estoy desnuda … Otra vez me sorprendo riendo, esa vez subido en una furgoneta castigada por los años y por los kilómetros, pero que sigue siendo útil cuando la necesitas.

Déjame en casa, me dice. Son ya la seis y media, el sol barrunta el lunes y se asoma con poco entusiasmo por el horizonte. Así que aparco en su calle, de calzada adoquinada y bordillos estrechos, justo debajo de dos farolas fundidas. Allí, bajando el volumen de la radio y desabrochándonos el cinturón de seguridad, volvemos a reírnos, a besarnos y a hacer el amor de forma atropellada. El sonido de una campana próxima, la de la Iglesia del Salvador, y la presencia de un par de hombres a los que la vida maltrata haciéndoles madrugar un lunes, nos obligan a despedirnos.

A estas horas, pasado ya de largo el mediodía del lunes, las legañas se han enamorado de mis ojos y se esconden bajo unas gafas de sol que me protegen de la poca claridad que dejan pasar las nubes. Giro por una calle que va a parar a una iglesia cuyo campanario ha enmudecido (¿alguien entiende por qué las campanas de las iglesias solo suenan de madrugada?) y termino aparcando bajo dos farolas fundidas que saben camuflarse entre el resto de lámparas, apagadas durante el día. Una cierta emoción –llámalo angustia, conmoción, turbamiento– me sube por el gaznate. Agarro la nota del encargo, ¡y mira que los lunes apenas hay encargos!, para descubrirme frente a la puerta en la que estuve horas antes, tocando ahora el timbre con la misma determinación con la que había besado su boca de sabor a menta.

–Ya estás aquí. Menos mal. Pensaba que eras de esos hombres que no regresan con flores después de una noche inolvidable.

Bendito lunes.

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