Pilas para el mando

Playa de Zarauzt

Playa de Zarauzt

Dos horas después de estar allí sentada, en una sillita plegable de tela blanca, la arena había dejado de quemarle en los pies y la brisa le refrescaba el rostro, cubierto por un elegante sombrero de paja de un sol que brillaba con menos fuerza en su huida por el horizonte. A esa hora de la tarde, en la que apenas quedan bañistas en el agua y en que solo los castillos de arena se defienden de la pujanza de las olas, la gente se concentra en los tres chiringuitos para bailar y tomar cócteles y refrescos. Son casetas de madera cubiertas de afiches y pegatinas, con frágiles tejados hechos de caña bajo los que se colocan sillas y mesas de colores, y taburetes junto a la barra para el que busca charlar con la camarera, que quedan justo a la espalda de doña Carmen, ensimismada todavía con un misterio que le fue revelado a los setenta y dos años: es el misterio de las sombrillas resistentes al viento de Tarifa, el de la espuma que nunca alcanza a rozar sus delicados pies, el de las barcas que avanzan lentas rozando el cielo y el del muelle de la izquierda, salpicado de cañas inanes y pescadores con chaleco y pagüito.

Hasta ahora, doña Carmen solo conocía del misterio de la Santísima Trinidad, del que colocaba en la cómoda al tercer domingo de adviento y del que la dejó viuda a los cincuenta y tres: el misterio de la muerte prematura, tan ajena como próxima. La muerte del otro no es encontrar el cuerpo sin vida ni la llamada sórdida del hospital. No se trata de amortajar el cadáver con el traje que colgó durante los años terminales de la última percha del armario o con un sudario blanco y hermoso, ni de velar al muerto en la cama de matrimonio o en uno de esos modernos tanatorios, con ese aire acondicionado que te hiela la carne y ese olor tan neutro y tan impersonal. Ni rastro de su olor corporal junto a ti, en las noches de invierno bajo mantas gruesas y sábanas muy ásperas, ni el del perfume de los domingos. La muerte extraña y prematura no es montarse en una berlina con tu marido detrás, tumbado en una caja con los brazos cruzados y los ojos cerrados, en dirección al cementerio, donde unos tipos acordes al entorno, manchados de polvo de yeso, esperan con la sepultura abierta y unas cuerdas largas de soga con las que poner bajo tierra la vida de dos, la del que se va y la del que se queda. No, la muerta ajena es otra cosa. La muerte ajena es desistir un día de llamar al timbre porque sabes que no hay nadie que pueda abrir la puerta, buscar las llaves en el bolso e introducirlas en la cerradura. Es ir encendiendo luces según avanzas por el pasillo con el ánimo de iluminar la realidad, de comprobar que nada ha sido un sueño, que la casa ha sucumbido a la soledad y a la tristeza. Es cocinar para uno, poner la mesa con un plato, un juego de cubiertos, un vaso y una servilleta. Es abrir un armario con ropa que está como teñida de maldición, que nadie se atreve a tocar ni a ponerse.

Esa es la muerte ajena, la que sufrió doña Carmen demasiado joven para ser viuda y demasiado mayor para ejercer de madre con cuatro hijos que ya volaban solos. El miedo a una casa grande, al cuarto de la plancha sin sus camisas y al espejo del lavabo sin su cara reflejada, con restos de jabón en el cuello y en el mentón, sin rastro alguno del aroma de la loción Floyd y de su débil cabello quebrando la loza. El temor a lo desconocido, a lo que escondía el mundo detrás de las rejas de la ventana de su casa baja, al sol porque quemaba y a la lluvia porque mojaba, al que sonreía por lo que escondía y al que lloraba por el abatimiento que remolcaba sin consuelo. Doña Carmen veía la vida por el televisor, y no toda. Le daban miedo los telediarios, los gritos y la corrupción, la música moderna y los programas de sucesos. Los dibujos animados, las películas de acción y las series de detectives. A doña Carmen le gustaban los concursos, las corridas de toros, los combates de boxeo que daban de madrugada y los anuncios. Le encantaban los anuncios por cuanto le revelaban el misterio que se escondía ahí afuera, en los avaros estantes del supermercado, en las tiendas de moda y en las agencias de viaje. Si algo anhelaba doña Carmen, en su larga vida manchada de miedos y de congojas, era conocer el mar. El mar abierto y azul que se asomaba al salón de su casa por la pequeña pantalla de su televisor cuando los reyes inauguraban sus vacaciones de verano o cuando el hombre del tiempo informaba del clima cálido tan formidable que se disfrutaba por la costa en aquellos días. Le llamaban la atención las marejadas y las marejadillas, y sobre todo el mar en calma. Ese mar que, según le contaba su vecina, también viuda y alumna de un taller de cuento, sonaba como el rumor de un beso y brillaba dorado bajo la luz del mediodía. Ni una casa más grande, ni un hombre nuevo que la sacara del brazo y que la montara en un buen coche para salir a comer, ni siquiera un vestido que no fuera negro, que estuviera al menos estampado de flores, ni una visita semanal a la peluquería. No, el único sueño de doña Carmen era ver el mar.

–Mamá, ¿necesitas algo?

Su hija mayor la visitaba cada mañana, armada de paciencia, camino del mercado y de sus quehaceres. Un día necesitaba leche, huevos, fruta o pescado. Y la mayor de las veces, pilas para el mando a distancia. Eran las pilas que la conectaban a la realidad mágica que se escondía en aquella caja de cristal, el enigma de la luz que proyectaba en su salón las secuencias de Vacaciones en el Mar, de Verano Azul y de aquellas viejas películas ambientadas en la Costa Azul.

–¿Viste ayer el viaje que ganó la pareja del concurso de preguntas y respuestas?

–No, mamá. No lo vi. ¿Necesitas algo?

– Pilas, pilar para el mando a distancia.

Ésa y no otra era la obsesión de doña Carmen, encerrada en la misma casa que la vio nacer y que compartió con su marido y con sus cuatro hijos, no quedarse sin su conexión con el mundo exterior, ése al que tanto temía y del que solo conocía a través del filtro del televisor y de las teclas de su mando a distancia. En esa misma casa, en el mueble principal del salón, albergaba doña Carmen dos cajones furtivos por cuanto tenían de desconocidos para su hija mayor, repletos de pilas sin usar envasadas en paquetes de cuatro. ¿Quién no guarda un secreto en un íntimo rincón de su casa? ¿Quién no tiene la foto de un novio antiguo secuestrada en una caja de galletas? ¿Quién no esconde un cauteloso paquete de cigarrillos para los momentos de angustia? Fueron estos dos cajones ocultos durante el tiempo en que tardó en llenarlos, porque poco después fueron descubiertos por su hija, quien pronto sospechó de aquella extraña manía de su madre. La lista de la compra raquítica, algo de pan y pilas para el mando.

El enfado de la hija mayor de doña Carmen fue colosal, pero a doña Carmen no le dolieron los gritos ni las palabras gruesas, ni los gestos de arrebato ni los aspavientos de su hija plantada en el salón, frente al sillón desde el que advertía a las gaviotas que sobrevolaban el horizonte y a los grandes buques del puerto de la Bahía de Cádiz. Le dolió más la posibilidad de que un día la tele, egoísta y fatigada, se apagara y no tuviera las baterías suficientes para volver a ponerse en marcha.

–Mamá, ¿necesitas algo?

Doña Carmen llevaba tres días esperando la pregunta. Aguardaba el momento de reflexión de su hija, el regreso a esa rutina que tanto molesta y que tanto se añora cuando se rompe, la llave en la cerradura y sus pasos firmes por el pasillo. Y estudiaba muy bien su respuesta. Pensó en ir haciendo mella en el cerebro de su hija a base de palabras a medias, de indirectas que la hicieran captar su deseo. Pero al final se armó de valor y fue directa al grano:

–Ver el mar. Y pilas para el mando.

Volvió a rato con el encargo habitual. Un paquete de pilas y algo de fruta –piña y unas pocas peras de agua–. Al día siguiente regresó con más pilas, pescado fresco del mercado y una blusa nueva estampada con flores. Un elegante sombrero de paja al día siguiente y un paquete de pilas, claro. Al otro unas sandalias de dedo, junto al recado diario, y volvió al quinto día más temprano de lo habitual para ponerle su nuevo atuendo y montarla en el coche donde esperaba su yerno. Subió al asiento trasero intentando vencer sus miedos, tan humanos como su esperanza, abrochándose un cinturón que le oprimía el pecho y que le quitaba la respiración. Pronto se relajó descubriendo el paisaje que corría fugaz por su ventanilla. El cereal de los campos castellanos y el gris de los olivares andaluces la condujeron veloces a descubrir el misterio de la vida casi desnuda, que se extiende bajo un sol abrasador y que lucha divertida contra los embates de plata. Doña Carmen es feliz escuchando el rumor incesante de los besos y juega a cambiar de canal en un mando imaginario, pulsando teclas inocuas con sus dedos afilados, como los de un pajarito, disfrutando de la sesión continua que hoy programa la realidad.

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