Sobrepeso

20160309_SobrepesoSobrepeso. Tú problema se llama sobrepeso y sabes que la solución no es otra que el ejercicio físico. Quien así me hablaba era mi mujer y además me decía que me quería mucho y que si me pedía el esfuerzo de adelgazar era por mi bien, porque a ella le encantaban mis carnes gruesas. Los michelines, vamos. Yo no lo tengo tan claro, pero el caso es que un día me decidí a poner en orden mi estado físico y me inscribí en un gimnasio de esos que huelen a sudor, a spray antiinflamatorio y a ego desmedido.

El primer paso fue comprar ropa deportiva. Mi armario estaba repleto de camisas bien planchadas, de corbatas a juego, de jerséis y polos de marca para el fin de semana y de pantalones bien colgados en sus perchas. No, en mi armario no había chándal alguno porque no me gusta del deporte y porque hay pocas cosas con menos sentido común que un chándal con el que salir a la calle el domingo a comprar el pan, las porras, el tabaco y el periódico. Todo muy sedentario y tal, pero con ropa de deporte. Mi hermano, deportista impenitente –lo mismo te monta en bici, que sale a correr, que juega al tenis y que además tiene tiempo para el trabajo y la familia–, se brindó a acompañarme a un gran almacén que, por lo visto, está dedicado en exclusiva a la ropa y al utillaje deportivo. A mí aquel espacio me resultó macabro cuanto menos. No cabe en el mundo una mente tan perversa como la que inventó esta cadena de tiendas de nombre impronunciable, repletas de chándales como los que usan mis vecinos los domingos pero preparados para las más variadas disciplinas. Los había para jugar al pádel o al squash y hasta para cambiarse después de sudar en la bicicleta estática y en la cinta de correr. También los había específicos para el trekking, que es como salir a dar un paseo pero por la montaña, los había clásicos, con su chaquetilla abrochada con cremallera y colorines llamativos y también hechos de algodón con una sudadera estampada con motivos variados. A mí aquello me agobió bastante, pero mi hermano, habituado a estas tiendas por lo que pude comprobar allí mismo, esa soltura con la que se movía por los pasillos y hablaba con las dependientas, todas vestidas como para arbitrar una final de Roland Garros, enseguida resolvió el problema de mi atuendo. Salí de allí con uno de esos chándales estampados –el mío iba aderezado con una colección de balones y pelotas de todo tipo: de rugby, de fútbol, de tenis, de básquet, de voleibol– y con unas zapatillas blancas radiantes que me quedaban estrechas pero que mi hermano insistió en comprar. Ya las domarás, me dijo, a mí, que hasta ese día solía ser bastante indomable.

Con el equipamiento listo en una bonita bolsa de lona que también compré en aquella megatienda y en la que también metí una toallita de lavabo y una cinta roja para evitar que el sudor de mi frente rozara mis párpados, me planté en el gimnasio después de una jornada frenética de oficina, a las siete de la tarde de un lunes de recuerdo aciago. Antes de entrar por unos tornos de los que luego resulta difícil huir, una señorita embutida en unas mallas de colores y con una cinta verde chillón que le sujetaba el flequillo me hizo una foto desde una cámara minúscula que estaba conectada a un ordenador. Es para el fichero, dijo sin parar de masticar chicle. La sensación de estar convirtiéndome en una cabeza de ganado –quien sabe si una vaca o un cerdito, quizás una oveja lanuda y asustada– crecía dentro de mí. Aquello era como dirigirme al matadero sin camino de retorno.

Una especie de monitor –sumiendo al castellano en lo más hondo del desprecio, él se hacía llamar con un nombre en inglés bastante ridículo– me recibió en la sala de máquinas de aquel submarino acristalado, desde el que éramos observados por la gente que a esa hora paseaba tranquila por la calle, comiendo un helado, tomando un refresco con patatas fritas o fumando un cigarrillo sin mayor preocupación que la de soltar el humo. Aquello estaba repleto de tipos bastante fondones –con sobrepeso, que diría mi mujer– en camisetas de tirantes y pantalón corto. Los tipos cachas y fornidos eran una minoría en aquella habitación repleta de máquinas pensadas por las mentes más malignas que uno pueda imaginarse. Las formas de levantar pesas con el cuerpo humano son variadas y extrañas. Aunque a mí me faltaba un rato para montarme en uno de esos potros de tortura. Lo primero, unos ejercicios aeróbicos, me dijo el monitor, señalándome una ciclo estática y una cinta de correr. Media hora en cada una. No me había subido todavía y ya estaba sudando. Desde mi posición, primero en una y luego en la otra máquina, contemplaba el panorama del gimnasio hasta que me vi sorprendido por las miradas incrédulas de los que iban por la calle y se asomaban a los ventanales. Vi caras de sorpresa, de burla y de mofa y, sobre todo, vi muchas risas. Risas por todas partes que atronaban mudas al otro lado del cristal. Fue una señorita de muy buen ver, de pechos prominentes ajustados a una camiseta elástica, la que, desde su máquina me miraba y hacía señales tocándose la frente con la mano. Enseguida toqué yo la mía y descubrí un machurrón rojo y húmedo que se extendía por mis dedos, fruto de la mala calidad de la cinta que llevaba en la frente y que había desteñido. Corrí al baño y no pude sofocar el grito que brotó de mí, creyendo por un momento que el sudor rojo era sangre y que estaba ante mi rostro después de un accidente doméstico o de una reyerta salvaje. Me lavé la cara rápidamente y volví a la sala como si tal cosa, como si no hubiera pasado nada, como si todos aquellos rechonchos que intentaban ponerse en forma no se hubieran percatado del ridículo que acababa de hacer con la cara colorada y asomada a las cristaleras.

Noté en el monitor una sonrisa sospechosa, aunque enseguida acudió solícito a mí, quizás por los 90 euros del ala que me costaba la broma al mes.

–Acompáñame a aquella máquina de allí, empezaremos con algo sencillo.

Aquello era un aparato imposible en el que no sabía ni cómo sentarme. El tipo debía ser consciente de la dificultad que entrañaban los inicios en la máquina de los novatos como yo, porque sin mirarme a la cara y sin demora alguna siguió con su explicación.

–Siéntate por aquí, por favor. No, así no, del revés. A ver… el culo, mueve el culo a tu izquierda y saca pecho. Pon erguida la espalda, por favor, que te puedes hacer daño.

La sola posibilidad de poder hacerme daño me encogió el alma.

–El cuello, por favor, el cuello. Ponlo recto, mirando al frente, y cuidado con el brazo izquierdo que puedes lesionarte el hombro.

Una lagrimita se deslizó por mi nariz hasta alcanzar mis labios. La sorbí, aguanté el tipo y me decidí a comportarme como un machote. Era difícil en esa posición imposible, que me tenía tumbado en una camilla en forma de escalón y desde la que se suponía que tenía que levantar veinte kilos con un brazo y veinte con la pierna opuesta.

–Así, de forma armónica y sincronizada.

No sé si sonó armónico el golpetazo de las pesas contra el suelo ni si el chasquido de mi hombro y mi rodilla, vencidos por el peso y la postura, sonó sincronizado. Salí del gimnasio en una camilla sin escalón y sin pesas, arrastrada por dos enfermeros del SAMUR y sin poder despedirme de la señorita que mascaba chicle y que me sacó la foto apenas una hora antes. Una ambulancia me esperaba en la puerta.

Ayer salí del hospital del brazo de mi mujer, con uno de mis pantalones más elegantes y con un polo a juego recién planchado, recién afeitado y oliendo a perfume. Salí después de tres operaciones y dos crisis nerviosas de las que aún me estoy recuperando con fuertes dosis de ansiolíticos. No he olvidado el ridículo de la cinta roja ni tampoco el accidente que me ha tenido dos meses en cama. Como tampoco he olvidado las risas del personal sanitario de Urgencias cuando me vieron entrar en posición fetal, con aquel chándal estampado que dejaba ver mis michelines y con restos de tinta roja en la cara.

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2 pensamientos en “Sobrepeso

  1. Pingback: Mis enlaces semanales (LIX) – 30 de diferencia

  2. Pude leer una parte en el taller de cuentos, mientras lo comentabais y ahora lo he podido terminar y reír con ese final. Y recuerdo que un amigo médico, cuando le dije que iba a empezar a caminar para mejorar mi estado físico se asustó porque me dijo que el deporte mataba más que los malos hábitos.
    Hagamos deporte, bien, pero moderadamente.
    Un abrazo.

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