La película de mi vida

20160227_La película de mi vida

No me gusta ver mis películas. Me sonroja bastante verme en la pantalla. Me da igual que sea en el cine o en el televisor del salón de casa, es algo que me da bastante apuro. Desde que soy actor, creo haber visto solo tres de mis diecisiete trabajos en el cine. Los dos primeros fueron hace ya veinte años, cuando me estaba iniciando en el arte de la interpretación. El último fue la semana pasada y la experiencia me aconseja no volver a repetirlo.

Lo primero que he de reconocer es que me bajé la peli de Internet, algo que siempre critico en público, cuando concedo entrevistas o, simplemente, cuando coincido con amigos que son habituales en esa práctica. Después me puse el pijama, me senté en el sillón con mi esposa al lado, con un cubo de palomitas y un par de latas de refresco y enseguida comprendí porque mis hijos, los dos muy aficionados al cine en sala, siempre vienen diciendo que la gente va al cine a merendar en vez de a ver la película. Después cogí el mando y pulsé el botón de play.

Pronto apareció mi personaje, el de un ejecutivo vestido con traje caro y zapatos brillantes, con un maletín de piel en la mano derecha y un reloj carísimo en la izquierda. Noté entonces como mi mujer se quedó fija en la pantalla para después mirarme de reojo con un gesto que iba de la resignación al desprecio. Quizás tuvo que ver con que me había manchado el pijama cenando, con que llevaba tres días sin afeitar o con que había pasado demasiado tiempo desde la última vez que me corté las uñas de los pies, que reposaban sobre la mesa. Intentando disimular, di un trago a mi lata de refresco. El líquido me resbaló por la comisura tras ver la siguiente escena.

En ella me sorprendía a mí mismo en un despacho de muebles de caoba y acristalado, desde el que parecía estar dominando toda la ciudad. Desde un sillón de cuero, con los pies sobre la mesa –como ahora, pero vestidos con dos zapatos franceses con pinta de ser muy caros – y un cigarrillo en la mano, observaba con displicencia a un tipo de rostro pálido, ropas desgastadas en tonos oscuros, encorvado y con los brazos apoyados sobre sus piernas. Entonces chupaba fuerte el cigarro, exhalaba el humo con mucha parsimonia, después soltaba una carcajada que dejaba ver mis dientes blancos y esplendentes y tras varios segundos me dirigía al hombrecillo que tenía enfrente: ¿Qué no tiene a dónde ir? ¡Y a mí que me cuenta!

Lo peor no fue la carcajada que solté desde el sofá, de la que salieron disparadas varias palomitas que fueron a parar a la alfombra, sino notar como mi mujer se apartaba de mí y se sentaba encogida en la otra punta del sofá. Noté el pavor en su rostro, que se tornaba tan pálido como el desahuciado de la película. Intenté un par de veces reducir la distancia con ella, pero siempre se resistía. Si hacía por agarrar su mano, ella terminaba por soltarse. Al principio con estrategias del tipo me pica la nariz o voy a bajar el volumen de la tele y después directamente, soltándose con un gesto de humillación que pronto dejó de dolerme.

Esa indiferencia ante el desprecio de mi mujer, a la que sigo queriendo como el primero día después de tantos años, pudo estar relacionada con una escena que al sexo femenino le puede resultar repugnante. A mí, sin embargo, me resultaba hasta divertida. Ahí estaba yo, en uno de eso bares a los que van los ejecutivos que no pierden nunca el control de la situación con mi traje caro hecho unos zorros y mis zapatos de Vuitton manchados de vómito, con un margarita en una mano y la cintura de una mujer en la otra. Ésta era ya la cuarta. Antes había intentado ligar con otras tres que habían reaccionado de forma muy diferente: la primera me besó en los labios para huir después con la excusa de ir al lavabo; la segunda, una mulata embutida en un vestido brillante y el pelo rizado, me tiró la copa a la cara y se giró dándome la espalda para pedir otra sin moscones molestos; la tercera, tras escuchar mis susurros cerca de su oído, me plantó un bofetón de los que hacen historia en el cine. Llevé yo entonces mi mano izquierda a la cintura de mi mujer, pero me sorprendí doliéndome de la mejilla derecha con la mano libre y escuché a mi mujer musitando un “poco te han dado” que me dio que pensar.

La evolución de mi papel en aquella película derivaba hacia un desenlace fatal. Lo noté, claro, en el devenir de la historia que se desarrollaba en la pantalla, pero también en el comportamiento de mi esposa, sentada ahora a mi lado entre sollozos y algún que otro gritito que aumentaba la tensión en el sofá y que se iba extendiendo por el resto de la sala como si alguien hubiera derramado un cubo de agua que ya jamás volverá al recipiente. Una noche, después del desahucio tramado por los guionistas, terminaba durmiendo en un cajero después de varias correrías por locales de mala muerte. Las reyertas en las que me veía envuelto eran habituales en el callejón al que acudía en busca de comida. Era la trasera de un par de restaurantes de comida basura, de una peluquería para perros y de una vieja tintorería. Noté como empezaban a pincharme los costados y por un momento creí notar como un reguero de sangre empapaba la camiseta blanca de mi pijama. Mi mujer logró taponar la herida siguiendo el ejemplo del mendigo que me ayudaba en la cinta, con un par de trapos de cocina y un chorro de ginebra barata.

De aquella logré salir con vida pero a la película le quedaban veinte minutos que se antojaban letales. Me di cuenta de ello –mi mujer también– cuando apareció en escena el hombre desahuciado en el despacho desde el que, en tiempos mejores, logré dominar el mundo. El tipo emergía resarcido de todos los problemas que le acuciaban hacía apenas una hora y media y parecía dispuesto a ajustar cuentas con los culpables de su mala racha. Mi mujer se tapó la cara con las manos, aunque no podía evitar seguir mirando a la tele por el hueco que dejaban sus dedos fríos. Lo demás, se lo puede imaginar el lector: alguien que te persigue en tu huida a ninguna parte, que lo hace despacio pero seguro, haciendo sonar sus pasos sobre el asfalto de una ciudad que intenta dormir, que te tiene en el punto de mira por mucho que busques donde esconderte. Dos balas que te perforan la espalda y un hilo de sangre que mana de tu boca ensuciando la acera y el parquet.

La cuarta mujer de la escena del bar, esa a la que agarraba de la cintura antes de convertirme en un vagabundo especialista en peleas y tumultos, apareció entonces entre los gritos y los llantos propios de una excelente actriz. No encontré réplica, sin embargo, en el salón de casa. Mi mujer, agotada, apagó la tele y salió al jardín. Volvió con una rosa en la mano que colocó sobre mi espalda para llamar después a la policía: Agente, hay un hombre muerto en mi casa.

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