Noche de Reyes

20160110_Noche de Reyes

Hubo un momento en que me quedé sobrecogido. Fue justo cuando me sorprendí a mí mismo rodeando aquella casa, buscando un hueco por el que entrar para dejar unos cuantos regalos. Las luces estaban apagadas y la iluminación de la calle no era demasiado intensa, por lo que la tarea se hacía un poco más complicada si cabe. Era una casa baja, a la que se accedía cruzando un patio de baldosas de piedra cercado por un murete de piedra que no tardé mucho en saltar. Lo difícil vino después. Las puertas y las ventanas cerradas a cal y canto, sin tiro de chimenea y sin una mala gatera por la que intentar colar al menos alguno de los paquetes.

Lo de trabajar como falso Rey Mago en un centro comercial fue idea de Silvia, mi mujer. Hay que pagar el alquiler, cariño, no se te van a caer los anillos. Además, es un trabajo bonito, con el que regalas a los niños alegría e ilusión. He de reconocer que, al principio, maldita la gracia que me hacía aquel trabajo. Nunca me han gustado la ropa llamativa, ni mucho menos los disfraces. Siempre me han parecido ridículos, pero hete ahí que de la noche a la mañana me vi vestido de Rey Melchor, con mis sayos y mi túnica dorada, con mi corona de plástico, mi peluca y mi barba postiza, sentado en un trono bastante incómodo y sujetando niños sobre las rodillas. Huelga decir que tampoco los niños me gustan demasiado: la prueba irrefutable es que no tengo hijos ni está en mis planes tenerlos algún día.

–Yo quiero un coche teledirigido y un balón de reglamento.

–¿Y has sido bueno, bonito?

–Sí, claro, muy bueno.

­–Venga, mono, pues déjame tu carta.

El niño bonito tenía ya doce años, pelusilla en el bigote y algo de sobrepeso, poco recomendable para mi reciente operación de menisco. Tras él, se iban sucediendo escenas similares con niños y niñas de lo más variopinto que pedían un videojuego descatalogado, una chucho de juguete que se hace pis si le acaricias el lomo, una muñeca vestida de azul, una tele para su cuarto y un coche de carreras como el de Fernando Alonso (tampoco pasa nada, me dije yo, alguien tendrá que perder la carrera).

El horario era agotador. Llegaba allí a las diez de la mañana, paraba sobre las tres para comer un par de sándwiches y volvía a mi puesto hasta las diez de la noche. Cuando volví a casa después de mi primer día estuve decidido a no volver. Pero Silvia insistió a la mañana siguiente. El alquiler, Chechu, el alquiler. Y allí estaba otra vez, vestido de Rey Mago, con la corona y las barbas en una mano y el bono del autobús en la otra.

Sin embargo, aquel segundo día ya no estuvo tan mal. Los niños ya no pesaban tanto y lo que el día anterior se había convertido en una cantinela insoportable ahora comenzaba a despertarme cierto interés. Preguntaba a los niños por los videojuegos que pedían, a las niñas por los complementos de la muñeca y hasta por los regalos que les habían dejado los reyes el año anterior. Al final de la jornada, incluso incidía en si no necesitaban algo más, quizás algo de ropa o algún libro para el cole, o si tal vez tuvieran un capricho inconfesable que quisieran recibir en casa. Y recogía sus cartas con cierta predisposición y antes de marcharme a casa las ordenaba por barrios y por calles.

La sonrisa y el buen rollo me delataron en casa después de las doce horas de trabajo en aquel trono destartalado.

–¡Pero bueno! ¡Parece que hasta te gusta el trabajo! –me dijo Silvia con cierta sorna.

–Podías plancharme esta túnica –le dije yo mientras me quitaba la ropa– el Rey Melchor no puede ir hecho un adefesio.

Al tercer día gocé como un enano. Tanto charlaba con las criaturas que la cola que formé en el centro comercial era mayor que la de la juguetería o la de la tienda de moda, que ya avanzaba las rebajas de temporada. El tipo que me había contratado me llamó la atención un par de veces, hombre, no monte colas innecesarias, está bien que se lo tome en serio, pero aligere, por favor, hasta que a la tercera fue la vencida. Eran las diez menos diez de la noche, quedaban dos hermanitos por atender, muy monos los dos, vestidos iguales e igual de rubios, pero el encargado se negó a que los atendiera.

–¡Márchese ya, por favor! ¡Y mañana no vuelva! –me gritó, mientras me entregaba un cheque con el salario convenido.

Claro que no me marché. Primero recogí mis cosas: un pequeño bolso en el que llevaba la comida, una botella de agua y el saco con la cartas. Agarré a los dos niños, me los llevé a la calle y allí mismo atendí a sus peticiones bajo la atónita mirada de su madre y de su abuela. Un cajón con piezas de construcción, un barco pirata y una bicicleta con ruedines.

La bronca de Silvia fue monumental, claro, pero yo no le presté mucha atención. Que si eres un desastre, que si vaya un irresponsable, que si el alquiler… Estaba dispuesto a asumir mi papel hasta el final. Ocupé los dos días posteriores en preparar el coche: vacié el maletero y desmonté los asientos para poder cargar con todas las peticiones. También monté una especie de baca con la que poder ampliar la carga. Utilicé para las compras el dinero de mis tres días de trabajo y algún ahorro que Silvia y yo teníamos para poder pagar el alquiler en caso de que la crisis nos alcanzara. Con la ranchera cargada y vestido de paisano, me acerqué hasta la gasolinera para luego volver a casa y ponerme el disfraz de Rey Melchor.

El trabajo fue agotador, pero muy reconfortante. Subí y bajé escaleras a pesar de mi menisco, en alguna casa tuve que forzar la cerradura y en algún chalet con perro me conformé con dejar los regalos al otro lado de la cancela. Estuve a punto de ser sorprendido un par de veces por los niños y otro par de ellas fui sorprendido por sus padres. En un piso de la calle de las Moreras esquivé un buen estacazo. Un señor de mi edad, año arriba o abajo, se abalanzó sobre mí pensando que era un ladrón, pero terminó cayendo al suelo. Cuando le conté mi historia, se marchó dando arcadas al baño. Después salió con muy mal aspecto, el rostro pálido y restos de vómito por el pijama, y me despidió con mucha educación.

Como hora y media después ya había terminado la mayor parte del trabajo. Había repartido decenas de muñecas, coches teledirigidos, balones de reglamento y camisetas del Atlético de Madrid (hay gente pa tó, que dijo Rafael el Gallo). Solo me quedaban dos cartas, las de los dos hermanos a los que tuve que atender en la calle tras ser despedido de aquel trabajo basura que me había tomado tan en serio. Me planté en su dirección sobre las seis de la mañana. Las noches se alargan en enero y la oscuridad lo invadía todo, como ya conté hace un rato. Al contrario que los de otros niños, los paquetes eran muy voluminosos y difíciles de transportar. Ya había saltado el murete de piedra, sí, pero era demasiado arriesgado dejar allí los paquetes, al alcance de cualquier chorizo o de cualquier niño pobre ansioso de juguetes.

Estaba sentado en el suelo, molido por el cansancio, después de haber inspeccionado todas las posibilidades que me brindaba aquel búnker, cuando de pronto se encendió una luz en la planta baja. Con los bultos de la bici y el cajón de piezas hice una pequeña trinchera tras la que esconderme, sobre todo para evitar ser visto. Por las sombras que empezaron a moverse tras las cortinas pude comprobar que se trataba de los dos niños, seguro que muy nerviosos por mi llegada. Vamos, por la llegada de los Reyes Magos. Tenía poco margen de actuación, así que decidí acercarme a la ventana y llamar con los nudillos. Los niños abrieron la boca asombrados y pasaron de restregarse los ojos de sueño a abrirlos como si hubieran tomado coca en una fiesta. Yo hacía gestos reclamando silencio y pidiéndoles que abrieran la ventana para poder entrar a dejar sus regalos. Fue el más mayor el que dio un paso al frente y decidió correr la hoja de aluminio y de cristal. Entonces, el pequeño chilló y yo no tuve más remedio que lanzarme sobre ellos para evitar más gritos. Después los até a la cama y los amordacé con la funda de la almohada. Con total tranquilidad, introduje como pude los tres paquetes, comprobando que ya no quedaban más en el coche.

Hubo algo que me llamó mucho la atención: esos dos angelitos no soltaron una sola lágrima. Asumieron aquello con total naturalidad. Después apagué la luz, me ayudé de la linterna para salir y cerrar la ventana desde fuera. El cansancio no me impidió saltar el murete de un brinco y volver hacia el coche. Lo hice solo para cerrarlo y comprobar que se quedaba bien cerrado. Había decidido volver a casa dando un paseo, pensando que para el año que viene quizás me líe la manta a la cabeza y me compre un camello.

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