La niebla

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Una bruma espesa nubla la vista de Antonio ante la ventana de su dormitorio. Tras él, su esposa, hecha un ovillo entre las mantas, sigue dormida. Esa sensación de no alcanzar a nada con la vista, de no ver más allá de la punta de su nariz, la tuvo también anoche durante la cena. Una vez más no fue capaz de entender el mensaje encriptado del rey ni de comprender el porqué de un banquete que, por lo general, no pasa de una sopa caliente o de una ensalada de tomate en las demás noches del año. Manteles de tela, una vajilla nueva, copas y vino embotellado con etiquetas estimulantes. No comprendía nada. Quizás la presencia de su padre le hubiera bastado para sentirse más seguro, para advertir que no hace falta entenderlo todo en la vida para estar feliz y afianzado con los pies sobre la tierra. Pero su padre ya no está –falleció en mayo, en un día esplendente en el que la vista sí que alcanzaba a vislumbrarlo todo– y Antonio se encuentra perdido en el mundo. Su mujer y sus hijos le adoran, sí, incluso tiene dos nietos que le llenan de vida cuando lo visitan en su casa, tan humilde como él, situada en un barrio rendido pero desbordado de dignidad en las calles y en las plazas. Era su guía, su ejemplo, un espejo en el que mirarse cada mañana. De manos grandes y piel morena, arrastrando un bastón de caña en sus últimos años, siempre tuvo la palabra precisa, la acción concreta que resolvía el problema más insignificante y también el que podía hacer que todo se tambalease. Sus hijos cenaron anoche en casa, y también los dos niños, y aunque tuvo que presidir la mesa e intentar que todo marchara más o menos conforme a cualquier cena de Navidad, Antonio no dejaba de temblar. Disimulaba su inseguridad jugueteando con los cubiertos y, a veces, cuando su mujer le hablaba buscando su asentimiento o su nieta María le tiraba del jersey con el ánimo de llamar su atención, era incapaz de prestar atención, absorto en mil pensamientos que nunca conducían a nada. En su casa, de niño, era todo bien distinto. Allí se cantaba y se bailaba y se brindaba con vino de garrafa o quizás con algo de anís, para aliviar el frío. Se comía más bien poco, pero siempre reinaba la alegría. Su padre agarraba la pandereta y provocaba que los demás perdieran el hambre entre villancicos y sonajas y un caballo de cartón que envolvían cada año como si fuera nuevo. Ahora hay mucha comida sobre la mesa –demasiada, sigue pensando Antonio– pero falta ese espíritu de batalla con que siempre se movió su padre en la vida y que tanto bien le hizo a la hora de protegerle del resto del mundo. Un mundo en el que escaseaban el pan y la decencia. Pero hoy su padre no está, no, porque murió en mayo, y su mujer duerme en la cama, cansada por el esfuerzo que supone preparar de comer para tanta gente. Sin quitar los ojos del cristal, Antonio enciende un cigarrillo. El humo ayuda a nublarlo todo un poco más y saca de sus ojos dos lágrimas de rabia que llevaban minutos intentando salir a comprobar cómo es la Navidad ahí afuera. Antonio mira al cielo buscando su consuelo, su aprobación, buscando una señal que lo aferre al suelo. El timbre de la puerta rompe un sondeo que empezaba a ser eficaz. Por un momento le pareció ver que un rayo de sol, humilde y rendido como su barrio, luchaba por abrirse hueco en la mañana. Frente a la puerta, con sus hijos y sus nietos, abrigados hasta el cuello y cargados de juguetes tan extraños como todo lo demás, Antonio volvió a no entender nada y a reclamar la presencia de su padre, con su palabra precisa y su acción concreta.

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