Un hombre formal

20151208_Un hombre formal

A Juan no le gustaban los chistes ni las bromas. No se puede decir tampoco que fuera un sieso o un tipo hosco y malcarado. Era un tipo serio y cabal, de rectas costumbres, muy educado, con la palabra correcta saliendo siempre de su boca. Pase usted, doña Carmen, cuando coincidía con su vecina en el ascensor. Gracias, que tenga usted un buen día, cuando compraba el periódico al salir de casa, siempre impecable, con la corbata bien anudada y la camisa bien planchada. Eso sí, lo de sonreír lo llevaba regular. Nadie le conocía un gesto que no fuera el de la rectitud, el de las cosas bien hechas bien parecen, el del hombre que sabe lo que le conviene a cada momento. Así era Juan, un tipo severo en lo tocante a los buenos modales, que no terminaba de entender a la gente que canturreaba por la calle o que hacía ruiditos en la mesa. Ni siquiera su mujer fue capaz de hacerle cambiar el gesto cuando hacían el amor, aunque de la última vez hace ya mucho tiempo. El caso es que nunca hubo nada que le hiciera tanta gracia como para verse forzado a sonreír. Ni siquiera el alcohol le inhibía del mohín grave, aunque nadie puede jurar haberle visto borracho. Ni siquiera contentillo. Era Juan de una copa de vino blanco antes de comer y de otra de tinto a la mesa. Por lo demás, la cerveza le daba gases y jamás se le ocurrió siquiera oler la boquilla de una botella de whisky. Tenía buenos amigos, sí, pero no amigotes con los que juntarse en el bar de abajo. Sal y que te dé el aire, Juan, le decía su mujer. Ya tenemos el balcón, contestaba él, con el batín bien anudado y un libro entre las manos. Era Juan amante de los ensayos y la novela histórica, no cayó nunca en la tentación de deslizarse hacia novelas más o menos frívolas que lo sacaran del contexto cultural en que gustaba moverse. ¿Al teatro? No, mejor a la ópera. ¿Al cine? Sí, claro, pero independiente y en versión original. Así era Juan, Juanito de niño, un tipo que usaba el por favor y el gracias en los momentos más insospechados, como cuando se llegaba a la cocina para pedirle a su mujer un vaso de agua o como cuando intentaba hacer ver al director de su banco que aquella comisión por el mantenimiento de su cuenta era un robo a mano armada. Pero por favor, ¿no se da usted cuenta? Después salía a la calle, quizás más serio de lo formal, y ni siquiera el sol cegándole los ojos le hacía cambiar de gesto. Buenas tardes, don Juan. Buenas tardes, doña Elvira. De vuelta a casa, antes de cenar, gustaba de sentarse en su sillón de orejas y de leer tranquilamente el periódico. Nunca se detenía ni en el deporte ni en los pasatiempos ni el horóscopo. Supercherías, pensaba para sí torciendo el hocico. Después, encendía el televisor coincidiendo con la hora del telediario y aprovechaba para cenar. Algo frugal que le aliviara de las tensiones del día. Departía entonces con su mujer, aunque sin quitar ojo de lo que salía por la tele, a la que solía mirar arqueando mucho las cejas. Hacia las diez menos veinte, cuando las noticias sobre el fútbol invadían su salón, Juan apagaba el televisor, doblaba su servilleta, ayudaba a su mujer a quitar la mesa y se encerraba a leer en su cuarto. Hasta mañana, decía solemne, aunque anoche fue distinto. Anoche Juan dejó la tele encendida en un descuido sin importancia, pensó su mujer, que en uno de sus viajes a la cocina lo sorprendió en una mueca lo más parecida a una sonrisa. No había bebido más vino, no. Juan no quitaba la vista de la pantalla, en la que no quedaba ni rastro de los goleadores de la jornada de liga. Ni siquiera parecía enfermo, que va. Tres tipos y una mujer bajita discutían acalorados con la grandilocuencia de quien sabe que no tiene nada que decir. Juan parecía más sano que nunca. ¿No vas a leer hoy, Juan? Deja, deja –respondió él–. Por cierto, mañana vamos al teatro, ¿qué te parece?

 

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