Los ojos hechos fuente

20151118_Los ojos hechos fuente

José abrazó el hueco vacío, aún caliente, de su cama y después se levantó entre confuso y atormentado. Subió la persiana para descubrir que la lluvia lo empapaba todo, incluso su alma después de santiguarse. La escasa luz que se proyectaba en el cuarto no le impidió descubrir en el suelo los restos de una noche tan especial como turbadora: un paquete de tabaco, una barra de labios y unas braguitas minúsculas de color rojo. Con todo ello en la mano, se sintió observado por el crucifijo de madera que colgaba del cabecero de su cama. Sin embargo, José no fue capaz de devolverle la llamada y de mirarle a los ojos como lo había hecho tantas veces.

En la cocina preparó café y el aroma empezó a despejarle la mente. Comió algo de pan tostado y un racimito de uvas de las que le trajo su madre cuando vino del pueblo, después de la vendimia. Después se metió a la ducha. El inicio del otoño quedaba muy atrás y todo los síntomas que se apreciaban en la calle amenazaban ya con el invierno a la vuelta de la esquina. Sin embargo, desnudo, tras la mampara traslúcida de su estrecho cuarto de baño, decidió abrir el grifo del agua fría y soportar el castigo con resignación. A los diez minutos, con el albornoz puesto y el pelo aún enredado, salió decidido a poner orden en su habitación, creyendo que sería un buen primer paso para poner orden en su vida. Haciendo la cama, José descubrió el Santo Grial debajo de una manta.

Fue entonces cuando no pudo por más que mirar de frente al Cristo que lo observaba desde niño en lo alto de la cama. Dos lágrimas desiguales se deslizaron por su mejillas hasta alcanzar el mentón, de formas geométricas y siempre bien rasurado. No era la primera vez que lloraba ante él. Lo hizo de niño, de muy niño, cuando supo que su padre acababa de morir arrastrado por los aperos con que labraba la tierra de su señor. Entonces no entendía muy bien lo que era la muerte, ni sabía que el cuerpo y el alma de su padre se disolvían para encarnar el milagro de la resurrección. Lo que no podía soportar era ver a su madre llorando, desconsolada, ante el cuerpo sin vida de su padre. Aquellas primeras lágrimas, enjugadas con las oraciones que aprendió en el colegio, se fueron repitiendo con cierta asiduidad en su infancia, sobre todo cuando descubría a su madre implorando por las noches, dolida por la soledad, o cuando salían juntos los domingos a misa y comprobaba que el resto de niños caminaban en familia (un niño, una madre, un padre) por la calle Mayor. En los bancos de la iglesia, José apretaba fuerte la mano de su madre y, con la mirada fija en el altar y los dientes bien apretados, no podía sujetar esas dos lágrimas imperfectas que brotaban de sus ojos cuando éstos se cruzaban en el camino de los ojos de Dios.

Lo había vuelto a hacer. Había vuelto a llorar delante de él, sin separar la mirada de unos ojos lacerados, heridos de muerte y vestidos de misericordia. Ahora lo hacía como lo había hecho tantas veces, desnudo, sí, pero manchado por dentro, y con el Santo Grial, el mismo que entregó Jesús a José de Arimatea, el que recogió sumiso la sangre de Cristo a los pies de la cruz, debajo del brazo.

Lo del seminario y lo del sacerdocio fue vocación. José no podría hoy decir lo contrario, porque una de las primeras cosas a las que aprendió allí fue a no mentir. Su madre lo vio con buenos ojos –José no soltaba el catecismo y había formado un altar de estampas, medallas y figuritas en la cómoda de su cuarto–, sobre todo como una buena salida para el niño huérfano de una familia humilde. Ya en la ciudad, a la que llegó con una maleta de cartón con dos camisas, un pantalón y el crucifijo que lo acompaña hasta hoy, José supo crecer como un chico bien formado, con vastos conocimientos de teología y un dominio casi perfecto del latín, lengua en la que era incluso capaz de leer los evangelios. Dedicaba sus días al estudio y a la oración, hasta convertirse en uno de los favoritos en aquella institución tan estricta como dormida en el tiempo, en la que no existían inventos modernos que distrajeran la vocación de ningún chico: la radio era un invento perverso custodiado siempre en los despachos de la dirección y los libros se revisaban cada semana, de forma concienzuda, para evitar desvíos innecesarios en la buena moral cristiana. Eso no impidió que José leyera y se empapara con las obras de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa de Jesús o de Fray Luis de León, su favorito.

Colocó el Santo Grial sobre la cama y comenzó a vestirse sin perderlo de vista. No se lo pensó mucho. José descartó los vaqueros y eligió el uniforme de los días importantes: pantalón y camisa negra con alzacuellos. Sobre la cama, el Santo Grial no brillaba demasiado, sin embargo su sola presencia lo iluminaba todo, proyectando en el cerebro de José las mil teorías sobre el objeto sagrado que se han trazado a lo largo de la historia. Su mente se concentró pronto en el contenido que una vez tuvo dentro y que fue recogido a los pies de la cruz clavada en el Gólgota. En sus ojos, se volvieron a concentrar las lágrimas.

Pronto llegaron la hora de ordenarse, el trabajo previo como diácono de una parroquia de barrio, donde ayudaba a diario en la misa y donde impartía las clases de catequesis y organizaba al grupo de chicos y chicas del barrio que encontraban refugio en la iglesia: un equipo de fútbol sala, clases de corte y confección con las beatas del distrito, las excursiones a El Paular, a Aranjuez o las jornadas de convivencia en el Cerro de los Ángeles… En uno de esos viajes fue donde intimó con Sara, algo más joven que él, de pelo largo y rostro melancólico. Su aspecto virginal escondía a una chica divertida y mordaz, elegante y atrevida, de la que pronto conoció algo más que su historia personal o su gusto por el café y por el tabaco.

Guardó el grial en una bolsa de viaje y bajó hacia la sacristía desde la casa parroquial. Olía fuerte a incienso. Don Andrés estaba de espaldas a la escalera, junto al armario de puertas barrocas en el que guardaba las obleas y un par de garrafas de vino dulce.

–Buenos días, don Andrés.

–Hola, hijo –respondió cortés el cura sin volver la cabeza, afanado en ordenar el contenido del bargueño.

Desde allí, salió José al altar como lo hacía cada mañana antes de misa de nueve. Se santiguó frente a Jesús, gozoso siempre de contemplar a sus fieles desde lo alto, y encendió las velas nuevas situadas a los costados. Después, con lágrimas en los ojos, abrió la bolsa de viaje, sacó el Santo Grial y, arrodillado en el centro del altar, se lo ofreció a Jesús para luego colocarlo en el sagrario.

Quince minutos después comenzó la misa diaria. Apenas veinte feligreses acudieron al templo. Las mismas caras de siempre a la misma hora de siempre. El párroco y José salieron por el pasillo central, con sus casullas esplendentes y las manos enlazadas a la altura del vientre. Los salmos, el perdón, el evangelio según San Mateo, el dolor por la pérdida de los seres queridos y la alegría de la resurrección y la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo. Sí, llegó el momento de la comunión y don Andrés se giró hacia el sagrario para rescatar el cáliz de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros. Otra vez las lágrimas, ahora en el rostro del cura, afloraron como de un brote cuando don Andrés descubrió el Santo Grial en aquel cajetín dorado y motivos adustos. José lo miraba de espaldas a los fieles, que esperaban al momento de la comunión. Lo hacía entre lágrimas de nuevo y recitando en su mente los versos de Fray Luis: el amor y la pena/ despiertan en mi pecho un ansia ardiente; despiden larga vena/ los ojos hechos fuente…

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