Agua en Marte

20151027_Agua en Marte

Antes de que comenzara aquella trágica tormenta, pararon el coche en un bar a la entrada del pueblo. El cielo estaba muy oscuro. Parecía invadido ya por la noche, aunque eran solo las cinco y media de un viernes cualquiera del mes de septiembre. Las nubes se agolpaban en un cielo plomizo, de esos que siempre amenazan con descargar los restos del diluvio universal y que, en aquella zona tan árida y baldía, casi nunca pasaba de tres gotas mal repartidas. Los tres tomaron café con hielo mientras miraban embelesados la televisión del local.

–Yo voy a sacar tabaco –anunció Guillermo camino de la máquina expendedora.

Guillermo era el más alto y el más delgado de los tres. Vestía vaqueros y camiseta blanca y se rascaba a menudo la cara sin una regla fija que lo justificara, deslizando la palma de su mano derecha por la barba, bien cuidada por lo general. Era ingeniero de caminos y apenas si conocía a sus dos compañeros de viaje. Ramiro era el segundo, un tipo menudo y gruñón, bien entrado ya en los cincuenta y con pinta de haberlo visto todo en la vida.

–¡Agua en Marte! ¡Ja! –murmuró apoyado en la barra, quitándose las gafas oscuras y agitando la cucharilla en la taza sin perder detalle del televisor.

Ramiro, el conductor de la empresa que había juntado a los tres hombres en aquel viaje, lucía un bigotito negro justo debajo de la nariz y vestía un pantalón largo de lino con una camisa abierta hasta casi el ombligo. Cualquier otro escritor le hubiera colocado un cigarrillo en los labios, un purito de esos que venden en cajetillas de ocho, pero Ramiro detestaba el tabaco.

–Te largarás a fumar fuera, ¿no? Y ahórrate pedir permiso en el coche, que lo tienes denegado.

Javier sonrió socarrón, guiñando un ojo a Guillermo. Este vestía también con tejanos y un polo rojo bastante ceñido. Era también ingeniero. Había coincido con Ramiro en otros viajes similares y ya conocía de sus formas y sus manías.

–Tranquilo, que no muerde –le dijo al fumador, que salió a la calle como si tal cosa.

Debajo del toldo del local respiró el olor a tierra mojada y se refugió de las primeras gotas.

Adentro, apurado ya el café, Ramiro seguía atento al reportaje de la televisión. Javier tenía sed y había pedido un vaso de agua con que acompañar al café. Después había cogido un periódico del día anterior y lo estaba hojeando sin mucha curiosidad. Solo se detuvo en las páginas de ciencia, con tanto interés que solo le despegó de la lectura la voz ronca de Ramiro.

–Venga, coño, vámonos.

Cuando al fin alzó la cabeza, Ramiro y Guillermo estaban frente a él, el uno de brazos cruzados y el otro rascándose la barba.

–Está empezando a chispear, será mejor que salgamos cuanto antes.

Apuró el vaso e agua y con un gesto de cabeza, Javier pidió permiso al camarero para llevarse el diario y se unió a sus compañeros, que ya se estaban montando en el coche.

Las gotitas de agua se dejaban caer sobre el parabrisas sin un orden establecido. La parsimonia con que golpeaban el cristal era tal que Guillermo, sentado en el asiento del copiloto, se creyó capaz de contarlas. Ramiro encendió la radio del coche, una emisora musical con éxitos de los Rolling, los Supertramp y gente así, y Javier siguió con su artículo de ciencia en el asiento de atrás.

–¿Usted conoce esa aldea a donde vamos, Ramiro?

Habían dejado atrás dos pueblos más, atravesados por una carretera de doble sentido y de arcenes muy estrechos, escoltados por matorrales secos y alguna señal de peligro. Los rastrojos de cereal, divididos en polígonos irregulares, presentaban un paisaje desairado y monótono, roto tan solo por alguna casa de labor y algún tractor que se movía lento en el negro horizonte. A pesar de todo, la tormenta no pasaba de cuatro gotas que se secaban irremediables en su contacto con el asfalto abrasante.

–Sí, ya vinimos una vez por aquí –contestó Ramiro –. El alcalde anda empeñado en que la carretera que va a construir la diputación pase por allí. Dice que si no, a este paso, en el pueblo quedarán él y tres viejos más y que la carretera le devolverá la vida.

–¿Y qué problema tienen en la diputación? A más kilómetros de carretera, más comisión al bolsillo –dijo Guillermo riendo y acariciándose el mentón.

–Al parecer, el pueblo está rodeado de unas corrientes de agua subterráneas que hacen imposible que allí se construya nada sin riesgo de que en uno, en diez o en veinte años se hunda y todo quede arrollado por el agua. Era por eso, ¿verdad, Javier?

Javier no respondió, abducido aún por la lectura. Ramiro lo dio por imposible cuando lo descubrió por el retrovisor: las piernas estiradas sobre el asiento, la espalda recostada en la puerta trasera del coche y el periódico del bar cubriéndole la cara. Guillermo dio por válida la explicación y volvió a interrogar al chófer:

–¿Y qué se supone que tendremos que hacer nosotros allí?

–Me da que nada, ¿Guillermo?

–Guillermo –asintió éste con la cabeza.

–En esa aldea andan buscando como sea un informe técnico que avale la construcción de la carretera. Vamos, alguien que les jure y les perjure que por allí ni corrientes de agua ni Cristo que lo fundó, ¿me entiendes? Eso es lo que espera de vosotros.

La lluvia comenzó a hacerse más intensa, hasta el punto de que Guillermo no pudo seguir con el ejercicio de contar las gotas y de que Ramiro tuvo que encender el limpia.

–Si cree que es peligroso conducir podemos parar en el siguiente pueblo –dijo Guillermo algo asustado por lo que estaba sucediendo afuera.

La carretera, de trazo recto, se perdía en un punto lejano sobre el que, cada minuto o minuto y medio, se dibujaba un rayo que partía en dos el paisaje. Los truenos se hicieron más intensos en un cielo negro como la caverna, iluminado tan solo por el aparato eléctrico de la propia tormenta.

–¿A ti te da miedo, chaval? –dijo ufano Ramiro, sin perder de vista el frente y sin soltar las manos del volante.

–A mi… no–. Guillermo se tocaba la cara y volvía la vista hacia la ventanilla cerrada de su puerta. Pensó que le relajaría ver llover.

En la radio sonaba Eyes wider than before, de Scott Mathews.

–Bonito tema, sí señor.

Javier cerró el periódico y se incorporó en su asiento, asomando la cabeza entre los dos asientos delanteros.

–No se ve nada, es imposible seguir leyendo.

–¿Qué leías tan interesado? –preguntó Guillermo estirando su espalda sobre el asiento. En una señal de la carretera creyó advertir que tan solo faltaban quince kilómetros para su destino y apenas si se habían cruzado en la vía con dos turismos y un camión de reparto.

–Parece que han encontrado agua en Marte. ¿Lo sabíais?

–No había oído nada –respondió Guillermo–. Eso significa que si no hay vida, al menos existe posibilidad de que la haya.

Ramiro reconoció haberlo visto en la televisión del bar.

–Si no anduvieras siempre fumando, te hubieras enterado de algo. Dicen que es agua salada, ya ves tú. A ver si va a ser agua de La Manga… No me lo creo. Nos tienen embobados con noticias de ese tipo para que no estemos pendientes de lo importante. ¿Sabes cuánto me va a quedar a mí de pensión cuando deje el volante? ¿Eh? ¿Lo sabes? ¡Agua en Marte! ¡Paparruchas!

–Hombre, Ramiro…

–¡Que no, hombre, que no! ¿Y eso cómo lo saben? Si allí no ha pisado nadie.

Ramiro hablaba sin perder la posición que tomó al inicio de la borrasca. Las gotitas de agua se habían unido en una manta tupida que había embarrado los arcenes y encharcado el asfalto, bastante irregular en ese tramo de la calzada. El agua golpeaba con fuerza el techo y la capota del coche, aumentando la sensación de inseguridad en Guillermo. Javier sonrió desde su asiento, intentando vislumbrar la carretera por la que se suponía que andaban circulando.

–No sé si es cosa de científicos o solo de periodistas, pero siempre nos gusta elucubrar sobre una hipotética llegada del hombre a Marte, sobre el descubrimiento de vida en aquel planeta…

–Usted sabrá, que es científico. ¡Vamos, digo yo! –exclamó el conductor.

–Yo solo soy ingeniero, Ramiro. Ingeniero de caminos.

Impaciente, Guillermo se tocaba la cara a la vez que intentaba reír.

–¿Sabe lo que evidencian todos esos análisis? –preguntó Javier, respondiendo de inmediato–. Un sentimiento de superioridad en el ser humano que, a mí, particularmente, me repatea. Y si son los marcianos los que nos visitan un día y los que descubren que hay vida en la tierra. Esto es como lo de descubrir América, ¿o no? A la invasión y al saqueo de una parte del planeta lo llamamos descubrimiento.

–Deja de leer, anda Javier, que dices muchas tonterías. Hazme el favor.

Ramiro subió el volumen de la radio: Why don’t you call me, James Blake.

Pasaron cuatro o cinco minutos en silencio. Guillermo contestaba al whatsapp de su teléfono móvil y Javier se recostó sobre su asiento, con el periódico doblado sobre el pecho, bañando su mente en el agua salada de Marte. La del cielo seguía bañando la carretera, los campos de barbecho y las casitas de labor que se abrían a los lados del camino, salpicado a estas alturas con tres árboles vencidos por la fuerza del viento y de la lluvia. Una nueva señal, abollada y descolorida, les alertó de que habían llegado a su destino.

–Aquí es –dijo Ramiro orgulloso –. ¿Has visto como era cosa de poco, chaval?

Guillermo suspiró aliviado y Javier volvió a asomarse entre los dos asientos delanteros. El chófer orilló el coche en una placita empedrada y desierta de gente. Un hombre mayor, debía brincar de los setenta, vestido con un chubasquero azulón y protegido con un paraguas negro se plantó delante del coche. El limpia se movía agitado e inútil por la luna, empañada de vaho, de agua y de barro. Los tres ocupantes decidieron bajarse del vehículo. Fue poner un pie en la calle y quedar empapados por el jarreo. Aquel tipo resultó ser el alcalde de aquella aldea casi fantasma.

–¿Saben que llevaban razón? –dijo tembloroso bajo el paraguas–. No hay nada que hacer.

No tuvo tiempo de decir más. El cielo tronó con fuerza y el suelo tembló bajo sus pies. La calle que daba entrada a la plaza, mal asfaltada, repleta de baches y socavones, comenzó a partirse en dos. Una gran corriente de agua emergió para llevarse por delante el coche parado, un par de contenedores de basura, unos cajones con fruta que alguien olvidó recoger antes de la tormenta y tres o cuatro mesas de plástico que estaban apiladas a la puerta la cantina. Sin un mal grito, sin más esfuerzo que el de dejarse llevar por la crecida, el alcalde desapareció calle abajo. El violento torrente se llevó también a Ramiro y a Guillermo, que intentó salvarse nadando contracorriente, aunque sin mucha fortuna. Javier logró encaramarse a las rejas de una ventana, hasta que el agua lo alcanzó sin remedio. En la agitación de su cuerpo por salvarse, justo antes de morir ahogado, se descubrió un extraño sabor salado en la boca.

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