Cambio de chaqueta

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Ayer martes fui a hacer la compra al supermercado de mi barrio. Suelo hacer la compra cada quince días, pero siempre en martes, siguiendo el consejo de Montse, que una vez me explicó que los domingos los pescadores no faenan y que si quiero comprar pescado fresco, lo mejor es ir el martes. Antes iba los lunes, dando un paseo con mi carro de lona, con mis gafas de sol, con mi moneda en el bolsillo para sacar el carrito y con la tarjeta en el bolsillo, pensando que era lo mejor para renovar el contenido de la nevera tras el fin de semana. Ahora no, ahora voy los martes, pero vamos a lo que vamos.

Entré en el súper sin quitarme las gafas, porque entre las gafas de sol y la nada, prefiero mis gafas de sol graduadas. Cosas de la edad y la miopía. Todo transcurrió con normalidad hasta que llegué a la pescadería: había comprado pan de molde, cebolla frita para las ensaladas, gel de ducha y desodorante, un par de botellas de lejía que estaban en oferta, un poco de atún de marca blanca, una botella de vino para cenar con Silvia y unas latas de cerveza Mahou (no me gustan los experimentos). A la vuelta del pasillo de las cervezas, en el súper al que acudo cada martes, se abre una especie de galería que enfrenta al cliente a tres puestos de atención directa, a saber: la carnicería, la charcutería y la pescadería. En el frescor de ésta busqué refugio, observando con atención el abanico de colores fríos (blancos, verdosos, azules, grisáceos) que siempre ofrecen estos puestos tan de toda la vida y que han terminado por colarse en todo tipo de superficies comerciales.

La pescadera, una muchacha menuda y resuelta a la que gusta regatear el precio del pescado cuando llega la hora del cierre, con el cuello bien abrigado, con un delantal de lona fuerte cubriéndole el torso y con guantes metálicos en las manos, despachaba a dos señoras que me habían dado la vez. Las dos, bien peinadas y con el monedero bien agarrado, llevaban debajo del brazo dos rebecas de lana muy similares, una en roja y la otra en beige. Las dos hablaban sin parar mientras iban ordenando sus pedidos.

–Yo quiero pescadilla, házmela rodajas –dijo la de la rebeca beige, sin perder el hilo de la conversación con su amiga –. La voy a hacer en sala. Sí, sí. Sí que lo vi. No me quedaba otra. Mi hijo, sí, el mayor, que no se quita las barbas ni a tiros, yo ya no sé qué hacer, agarró el mando y se terminó el debate. Oye, niña, guárdame la cabeza para hacer un caldo.

–A mí me lo plantó mi marido. ¿Y qué te pareció?

En estos momentos de espera, cuando ya he decidido lo que voy a llevar, me entretengo mirando el móvil. Que si el whatsapp, el Facebook, el Twitter o el Instagram, al que suelo subir fotos del género de la pescadería jugando con los contrastes de luz y textura de la foto, hasta hacer que los salmonetes brillen como el sol del mediodía. Me encantan los salmonetes, bien rebozados en harina y fritos en aceite de oliva. Las cosas, como son. Pero en esta ocasión no pude por más que prestar atención a la charla de las dos señoras.

–Yo qué sé, chica. Mira que ponerles a hablar en un bar. El caso es que éste de la coleta… ¿cómo se llama?

–Iglesias. Nena, ¿a cómo va el boquerón?

–Ése, Iglesias. A mí me da que vende humo. Y es verdad que están las cosas mal, ya lo decía mi hijo, es que acierta en el análisis de la situación real, y se quitaba las gafas esas de pasta que lleva ahora, pero de ahí a las soluciones mágicas… Aquí nadie ata los perros con longaniza.

–A mí me gusta Rivera, sí, sí, ponme un kilo…

–Dame un par de lenguados, que le gustan a la niña para cenar. Y a mí también.

–Pues eso, Rivera, es mucho más guapo el muchacho. Como más fresco. Lo veo con más cabeza. Además, no se traga el cuento de los catalanes, que eso ya es mucho…

–Deja, deja. Dice mi hijo que es la derecha encubierta. Un filetito de emperador para Paco, que no sé cómo le puede gustar eso tan seco. Yo, si mi hijo dice que Iglesias, con Iglesias. Que siempre hemos sido de izquierdas.

–Dame pescadilla a mí también, que tiene buena cara –la mujer dejó su rebeca sobre el carro y su amiga la imitó, tapando con el paño rojo unos paquetes de cereales y una docena de huevos –. Sí, a ver si vas a ser como la Lozano ésa, la que estaba con esa otra que parece un gato malo, socialista de toda la vida.

Las dos rompieron a reír en una carcajada tan ruidosa que me sacó del ensimismamiento en que andaba sumido desde hacía minutos. Reían sin parar mientras la pescadera les extendía sus tickets de compra y ellas abrían sus monederos, sacaban dinero y se decidían a pagar. La una revisaba bien la cuenta –me has puesto más de un kilo, no me engañes con la báscula– y la otra buscaba las monedas necesarias para completar el pico de la cuenta. Lo hacían sin parar de reír:

–De toda la vida sí, pero a mi Paco el sueldo, nada de nada –comentaba jocosa la de la rebeca roja.

–¡Jajajajajajajajaj! –reía la otra sacando la rebeca del carro antes de salir andando–. ¡Qué cosas tienes! Que también te digo, Rivera muy guapo, sí, pero mi hijo el pequeño no le anda a la zaga y ahí le tienes, con 25 años en casa y sin dar palo al agua. Aunque es peor lo de Rajoy, que con sesenta que tendrá tampoco es que se le vea moverse mucho.

–Uy, chica, qué mona. Es preciosa.

–¿El qué? ¿La chaqueta?

–Sí.

–Si es igual que la tuya, bueno, la tuya en rojo, pero muy bonita también.

–Pues me vendría genial para una blusa que tengo que no sé ni cómo combinarla. Pero de perlas, vamos.

–Pues llévatela, mujer.

–Ay chica, que vas a coger frío cuando salgas.

–Pues tú me dejas la roja y listo. Hacemos cambio.

–¡Eso! Cambio de chaqueta, como la Lozano esa. ¡Jajajajajajajajajajaja!

–¡Jajajajajajaja! Fíjate que yo veo a Rivera ya con coleta. ¡Jajajajajajajajaja!

La mujer reía sin parar, se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano mientras seguía con su recorrido por el supermercado empujando su carro. Su amiga tomó la dirección contraria y se detuvo en la charcutería.

–Hola Chechu, ¿qué te pongo? –preguntó la pescadera.

–Dame pescadilla, anda.

–Pescadilla no nos queda. Te pongo un poco de merluza, que va muy bien de precio. Oye, has venido muy fresco, ¿hoy no traes chaqueta?

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