A perro flaco

20151008_A perro flaco

Ese perro flaco que te sigue de cerca y te olfatea con su morro de punta, ese chucho del color de la tierra y de orejitas lacias y sucias, no alcanza a distinguir el olor a jazmines de tu piel, nutrida a diario de agua y jabón. Es un perro que parece callejero, de ojitos tristes y tan colorados que parece que hubiera estado bebiendo en el bar de tu esquina, ése en el que el vino sabe a vino, el café a café y tus besos a ginebra. Está flacucho ese perro viejo que te persigue en el desierto de la noche. Debe llevar varios días sin echarse un hueso a la boca. El caso es que va tras de tu falda, sin alcanzar a saber que a ti lo que te gusta es la poesía de Alberti (“Lo más triste, caballero, un reloj: las 11, las 12, la 1, las 2”) y que pasas de esos bares de luces indiscretas, que descubren los lamparones en las camisas y se alimentan de bocas agriadas por la cerveza. Una vez le dijiste, mesías, que se levantara y que aprendiera a caminar, como si el perro fuera Lázaro, pero sigue ahí, el pobre infeliz, oliéndote esos zapatos de piel que nunca pisan mierda, buscando que le acaricies con la palma de la mano y pueda menear el rabo como lo hacen los perrillos felices que salen con sus dueños a la calle y se mean en la esquina de la caja de ahorros. Es entonces cuando comprende que la felicidad es tan efímera como el reloj del poeta. Se aleja un poco, quejoso por el desprecio, pero vuelve al rato entre los coches aparcados a la sombra de la luna, con un palo entre los dientes. Se tumbará panza arriba delante de ti, suplicante, con un gemido ridículo y ahogado. Altiva la mirada, condescendiente, enciendes un cigarrillo y soplas el humo en volutas irregulares. Él no va a entender que esta noche dormirás entre almohadas mullidas y sábanas nevadas, abrazada a tu dulce soledad, a tus sueños empapados de ginebra y a las palabras que se anuncian, vestidas de negra noche, en las hojas amarillas de tus libros de poemas (“Hace falta querer ya en vida ser pasado, obstáculo sangriento, cosa muerta, seco olvido”). Y el chucho ahí, agitado, buscando solo un guiño que le permita soñar entre los cartones.

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