No quiero perder la memoria

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Aquí, sobre esta tierra de rastrojo, pasamos juntos muchos veranos. El sol del otoño la ilumina de costado, proyectando nuestras sombras sobre un espacio cargado de vida durante décadas. En mi caso, durante años (no muchos), los de una juventud precoz, aliñada de sueños y resacas de domingo. Tras años de forzada distancia, forjamos una amistad que aún dura, y que sellamos muy a menudo con una cerveza fría y una charla siempre instructiva de doble sentido. Con mi padre gasté muchos veranos en este espacio tan fértil, tirando mangueras que se inundaban de agua para regar el maíz; almorzando a la sombra de la última morera, pendientes del agua; empacando y cargando paja y alfalfa, regulando el latiguillo del cargador y estirando bien las cinchas para no perder la carga; sudando en pajares envilecidos, de ladrillo, polvo y uralita, y construyendo con las alpacas las magnas encinas que daban de comer al rebaño del pastor de Valdeguerra. En esta tierra recibíamos la visita de mi abuelo, que se alejaba en su panda negro a la hora de la comida, con el sol en lo alto, hasta perderse en el horizonte de un camino que de vez en cuando sigo recorriendo porque no quiero perder la memoria, como le pasó a mi abuela. Deben de ser las siete y media, acaba de pasar la espartera. Vamos ahora a recoger el huerto: tomates, pimientos, calabacín (para el hombre guapo) y alguna berenjena para la cena. Me recuerdo arrastrando la manguera del pozo, cubriendo de agua los caballones, enrollando de nuevo la goma, que no la rompa el tractor. Hay que ponerle la pala, engrasar la empacadora, bajar las rejas a famba. Y preparar la romana, que hoy despachamos dos sacos en Ferroviarios y hay que bajar algún melón, que en casa ya no quedan y las mujeres aguardan a la venta. Los gatos que nos rodean, viven ajenos al trajín hasta que no huelen las sobras de la comida.

El aire reseco del verano de las vegas me soplaba en la cara subido al asiento que mi padre instaló en un ala del tractor, que se paraba irremediable en la cantina de Matute o en el bar del Cortijo, mientras yo buscaba a Bernardino el de la báscula. Hoy apenas viajamos juntos, alguna vez en su coche, como este viernes en el que nos sorprenden nuestras sombras sobre la fértil vega de un Tajo agonizante. Y pienso en dejarlo todo: las negras teclas del ordenador, las notas de prensa y las fotografías de las que me oculto al otro lado del objetivo, el móvil que vibra porque sí, porque es así la vida de hoy, los correos a la editorial y la pasión enfermiza de leerlo todo. A veces me planteo volver a aquella pubertad dorada por el sol del secano y teñida de un polvo seco y oscuro, regresar a este espacio que se llena de vida cada primavera y en el que se negocia hasta el último céntimo en el precio del grano. Enganchar al tractor las rejas y luego las vertederas, y trazar los caballones que embalsan el agua del riego. Y volver a almorzar a la sombra de la última morera, oyendo el rumor del agua en las caceras: algo de pan y fiambre, un tomate recién cortado del huerto, tal vez unas aceitunas recién aliñadas. Y recibir su visita, sí, la de mi padre, con su consejo sabio sobre el cultivo, y verle perderse en el horizonte con su coche como se perdía el de mi abuelo a la hora de comer, por un camino invadido de árboles a los que no les llega la poda ni la ordenanza. Ese mismo camino que recorro de vez en cuando porque no quiero perder la memoria.

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