¿Está dispuesto a ser feliz? – IV

20150916_¿Está dispuesto a ser feliz? IV

Ella se quitó el anillo y lo puso sobre la mesa.

–Bueno, Javier, ya tenemos dos cosas sobre la mesa. Tu taza de café y mi alianza. ¿Te suena de algo?

–Es igual que mi anillo de boda, idéntica… –Javier se buscó en el anular de su mano izquierda, pero allí no estaba. Enseguida recapacitó y se dio cuenta de que nunca lo llevaba, de que se lo quitaba para trabajar –. ¿Sabe? Yo trabajo, bueno, trabajaba con las manos y por eso me lo quito, la alianza, quiero decir, pero es igual a la mía y a la de Marisa. Marisa es mi mujer, aunque ella tampoco la lleva. Dice que si le molesta cuando friega los platos, que si a veces se le engancha en la ropa, en fin, ya sabe…

–Es tuya, Javier. No quiero decir que te la esté regalando, no, sino que es la que te puso Marisa cuando os casasteis.

Javier agarró el anillo y se puso de pie.

–¿Y de dónde la ha sacado? –preguntó enojado.

–Tranquilo, Javier. ¿Quieres otro café?

La azafata que le había abierto la puerta tres cuartos de hora antes volvió a interrumpir con otra taza de café.

–No, no quiero más café –dijo, y se volvió a sentar.

–Coge la alianza y póntela, por favor.

Javier obedeció.

–Solo por esto habrá merecido la pena venir hasta aquí, ¿verdad?

Ahora fue él quien forzó el silencio. Lo mantuvo durante diez o quince segundos que se hicieron eternos en aquel despacho. Con los dedos de su mano derecha no dejaba de acariciar el anillo.

–Entonces, ¿ya me puedo ir? –dijo al fin.

–Hasta siempre, Javier. Que tengas un buen día.

Javier se puso el abrigo, se despidió de aquella mujer tan extraña con un nuevo apretón de manos y volvió a la calle con la alianza en su dedo anular izquierdo. En el camino a casa, se la quitó un par de veces, la miró con curiosidad, buscó la inscripción con su nombre y el de Marisa y con la fecha de la boda, jugueteó con ella entre los dedos, pensando en ese despacho inerte, en el biombo oriental y en la mujer que le había devuelto a su condición visual de casado. Otra carcajada salió de su boca, llamando de nuevo la atención de unos cuantos viandantes.

Antes de subir a casa, decidió pasar por el bar de Juanma a tomar una cerveza. No solía cometer esos excesos cuando estaba en paro, pero un día es un día, se dijo. En una de las mesas, lo esperaba Marisa tomando un vermú. No tuvo fuerzas para reprocharle el gasto. Se besaron en los labios sin mucho afán y sentaron a charlar sin la tensión que, en los últimos tiempos, había presidido sus conversaciones. Javier descubrió enseguida que, tras la silla de Marisa, se escondía un paquete bastante grande y muy bien embalado.

–Es un biombo, cariño. Lo he comprado esta mañana en una oficina… Bueno, en el centro. Es una historia muy larga. Pero es precioso, ¿eh? Es de fondo negro, con flores de colores y un perrito jugando con una niña china. Ya verás como te gusta.

Marisa dio un trago al vermu y tendió la mano sobre la mesa, agarrando con fuerza la de Javier. Éste notó como su alianza chocaba con otro metal en la mano de ella. Al bajar la vista, comprobó que la mujer había recuperado también su anillo.

Juanma interrumpió con otra ronda de bebidas y una nota que dejó sobre la mesa.

–Javier, vinieron de esta empresa a buscarte esta mañana. Que te pases por allí, que tienen trabajo.

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