¿Está dispuesto a ser feliz? – III

20150916_¿Está dispuesto a ser feliz? III

–Don Javier, pase por favor –la azafata que le abrió la puerta seguía rumiando chicle sin parar.

Javier se levantó, sujetó su abrigo por el brazo y se dirigió a la puerta.

–Tome asiento, por favor. Enseguida le atienden.

La recepcionista salió del despacho y él ocupó una de las sillas que había frente a la mesa principal. Era una mesa común de despacho, vacía de cualquier contenido. No había un ordenador, ni siquiera uno de esos botes metálicos en los que se guardan los bolígrafos. Ni un solo papel, ni una bandeja con carpetas ni documentos. Nada. Tras levantar la vista de la mesa despejada, Javier divisó al otro lado un biombo de madera, de fondo negro y decorado con motivos orientales. A su izquierda, un amplio ventanal protegía la estancia del frío de la calle. A su derecha, un par de carteles con el mismo eslogan que había visto en los periódicos durante el café: “¿Está dispuesto a ser feliz?”

–Hola Javier –una voz femenina le sorprendió desde detrás del biombo.

Javier volvió a fijarse en él. Sobre el fondo negro crecían flores alargadas. A él le parecieron gladiolos, gladiolos de colores. Rojos, amarillos, blancos, muy llamativos sobre el fondo negro. Debajo de ellos, un perro pequeño jugaba a los pies de una niña de pelo negro, recogido en dos moños y vestida con un kimono rojo.

–Hola –dijo un tanto aturdido –. Verá, yo venía por lo del anuncio…

–Sí. Ya lo sé, como todos los que están aquí.

Era una voz cálida, por momentos sugerente. Hasta el punto de que Javier, por un instante, creyó estar en el sitio equivocado. Pensó que se había metido en la boca del lobo. Quizás era aquél uno de esos pisos de contactos sexuales que tanto proliferan por la ciudad. Tal vez una secta. De pronto se sorprendió sonriendo, ante lo disparatado del asunto. En todo caso, aquello tenía pinta de broma pesada.

–Oiga, si esto es una broma, no me parece divertida. En todo caso, yo me marcho –dijo.

–Espera un poco, hombre. Ya que has venido hasta aquí, ¿por qué no pruebas a ser feliz?

La chica del traje ceñido y el pañuelo rojo interrumpió la charla y entró en la sala con una taza de café que colocó sobre la mesa.

–No, gracias, si yo ya me iba…

La azafata volvió a salir y cerró la puerta.

–Tómeselo, le sentará bien.

–Bueno… gracias.

–¿Había tomado café ya, Javier?

–Sí, en el bar de debajo de casa, donde Juanma. Bueno, en realidad me tomé dos –contestó mientras agitaba la cucharilla en la taza.

–Ya.

El silencio se hizo otra vez en la sala. Javier pensó por un instante en levantarse e ir a ver quién se escondía tras el biombo, pero le pareció precipitado y, quién sabe, si quizás algo grosero. Desde la silla, miró hacia la ventana, iluminada a esas horas por la frágil luz del invierno. Luego se miró el reloj.

–Oiga, de verdad, yo no puedo perder la mañana aquí. ¿Le importaría contarme de qué va todo esto?

Dio un primer trago al café. Se limpió los labios de espuma con el dorso de la mano y volvió a beber de la taza.

–Parece que le gusta el café…

–Sí, pero no creo que haya venido aquí solo para que me inviten a un café con leche–dijo con cierto desconcierto, atento a averiguar por dónde le estaban viendo.

–Oiga, y aparte de la taza de café, ¿qué ve usted en la mesa?

–Nada, ésta oficina parece recién montada. ¡Joder! Uy, perdón. Que ni un papel encima de la mesa, quería decir. Vamos, que está vacía.

Otra vez el silencio.

–¡Oiga! –exclamó Javier levantando la voz –. ¿Me van a decir qué coño es esto?

Fue entonces cuando la voz de detrás del biombo se hizo visible. Era una mujer alta, morena también, muy racial, de caderas pronunciadas y pechos levantados bajo una camiseta roja y una chaqueta negra muy ceñida al cuerpo. Salió con tranquilidad, caminando sobre unos tacones invisibles tras la mesa, pero que sonaban en el contacto con el suelo de madera. Tomó asiento frente a él y le tendió la mano, muy cuidada, de piel muy suave y decorada tan solo con una alianza que a Javier le resultó familiar.

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