¿Está dispuesto a ser feliz? – II

20150916_¿Está dispuesto a ser feliz? II

Aquí es. Era un edificio clásico del centro, con balcones a la calle y un portalón acristalado con un gran letrero en la puerta: “¿Está dispuesto a ser feliz? 4º izquierda”. Javier llamó al telefonillo, oyó como abrían la puerta sin contestar y subió despacio las escaleras. No es bueno llegar con la lengua fuera. Delante de la puerta del cuarto izquierda se atusó el pelo, bien peinado por lo general, se desabrochó el abrigo, planchó la camisa con la palma de la mano y llamó a la puerta.

Tras ella apareció una chica joven, al menos más joven que él, vestida con lo que tenía pinta de ser un uniforme: una falda de tubo muy ajustada que marcaba muy bien sus caderas y sus muslos, de color azul marino, a juego con una chaqueta entallada que cubría una blusa blanca de botones dorados –uno de ellos estaba apunto de reventar a la altura del pecho– y un pañuelo rojo anudado al cuello. Tenía el pelo negro, largo, recogido en una coleta que le alcanzaba hasta la mitad de la espalda, más o menos. La muchacha no dejaba de mascar chicle:

–Hola, ¿qué tal? –pintó una sonrisa forzada en su cara, muy maquillada, por otra parte –Vendrá por lo del anuncio, ¿no?

–Sí, verá… No he traído el currículum porque tengo rota la impresora y…

–Muy bien, acompáñeme. Espere en esta salita por favor –interrumpió ella, ajena a las explicaciones de Javier.

La salita estaba al final de un pasillo largo que tenía forma de ele. Era una sala de espera convencional, con un par de tresillos desgastados, tres de sillas de madera colocadas en fila y una mesa de fumador con revistas y folletos.

–Buenos días.

Javier se sentó en la silla situada en el extremo izquierdo de la pared. Los dos sofás estaban ocupados por gentes muy dispares. Había un par de chicas de no más de 20 años en las que se barruntaba un precoz fracaso escolar: no dejaban de chatear con el móvil y de manosear en sus bocas palabras y expresiones como tía, ¿sabes? y ¡qué fuerte! Junto a ellas había un tipo que causó buena impresión a Javier, quizás porque era una especie de espejo en el que se veía reflejado: unos cuarenta años, corpulento, bien vestido y con unas manos que denotaban más de media vida en el tajo. En el otro sofá había dos señoras con pinta de ama de casa y un tipo de pelo largo, barba bien cuidada, camiseta y pantalones de pitillo, que también miraba el móvil. Fue el único que respondió al saludo cortés de Javier.

Ya se había quitado el abrigo y lo había doblado sobre sus piernas. Entonces, Javier se estiró hacia la mesita de fumador y agarró una de aquellas revistas, que resultó ser una revista de autoayuda. Pasó las hojas sin mucho afán, descubriendo artículos sobre los beneficios del deporte al aire libre tras la jornada laboral, los criterios a seguir a la hora de tomar decisiones o infusiones muy útiles para mejorar el descanso por la noche de forma natural. Mucho me temo que aquí, trabajo lo que se dice trabajo, ofrecen poco, pensó. Pero decidió aguardar su turno.

Antes que él entraron –¡qué fuerte, tía! – las dos chicas del móvil, una detrás de otra, el tipo educado del pelo largo y una de las señoras del otro sofá.

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