Lentejas para dos

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Siempre cuenta doña Elvira que cuando Ernesto se marchó a vivir a Sevilla lo hizo con un equipaje muy liviano: apenas unas cuantas mudas limpias, un ordenador portátil, que compró con la pequeña herencia que le dejó su abuela, y una pequeña selección de sus libros favoritos, entre los que no faltaron los de Marías, Millas, Sánchez Ferlosio y los poemas de Miguel Hernández. Ernesto había conseguido un trabajo como periodista en el Diario de Sevilla. Visto el panorama de Madrid, con las grandes cabeceras en plena decadencia, anunciando ERE’s como quien anuncia colecciones de batallas navales cuando llega septiembre, no se lo pensó dos veces.

–Me marcho –le dijo a su madre una mañana de enero–. Tengo trabajo en Sevilla, mamá. De periodista, en un diario. El martes firmo el contrato.

Aún era viernes, pero pasaron el sábado y el domingo, el lunes se posó sobre doña Elvira como una amenaza y el martes, al abrir la habitación del chico para anunciarle, como cada mañana, que el café y las tostadas ya estaban listos, descubrió en la mujer el dolor de la ausencia de su hijo. Quizás no era tanta la preocupación por su nueva vida en Sevilla –Ernesto era un chico listo y valiente, con la cabeza bien amueblada y las ideas muy claras– sino la extraña sensación de no tener de quién ocuparse en el día a día: el café y las tostadas, las camisas bien planchadas para las entrevistas de trabajo, las sábanas limpias y las toallas siempre calientes, las lentejas de los martes –¡maldito martes!–, los boquerones fritos de los jueves y las fuentes de ensaladilla rusa…

Lo cierto es que doña Elvira y Ernesto nunca perdieron el contacto, como parece lógico cuando se trata de una relación entre madre e hijo. Aunque a veces es mejor no buscar argumentos lógicos en según qué casos, porque es posible que se acabe poniendo todo perdido. Él llamaba cada dos días (a veces, cada tres) y le explicaba a la madre sus avances en el diario.

–El trabajo está bien, mamá. Sobre todo bien pagado, si lo comparamos con lo que tenía en Madrid. Ayer hice la crónica de la feria de Arahal y creo que ha gustado bastante. Estuve con el alcalde y con el jefe de la hermandad, creo que no se dice así, pero bueno, y me invitaron a comer y me llevaron a las casetas. Por una vez en la vida me sentí importante.

Doña Elvira soltaba alguna lagrimita al otro lado del teléfono, intentando siempre que su hijo no se diera cuenta:

–¿Y comes bien, hijo? ¿Te apañas en la casa?

Y él:

–Que sí, mamá, no te preocupes.

–¿Sabes algo de mi padre?

–Nada, hijo –decía la mujer, llorando ahora sin el temor a ser descubierta por su hijo.

–Vamos, mamá, vamos… ¿Y tú? ¿Cómo lo llevas? ¿Sabes? Igual en Semana Santa voy a verte.

Y así se pasaba la madre los días. Se levantaba a las ocho y, con la taza de café caliente aún en la mano, corría al calendario para tachar en rojo los días que le quedaban para el Jueves Santo. Aquellas aspas solapaban a otras líneas azules que subrayaban la fecha en el calendario. Con esas contaba los días que llevaba sin ver a su marido, un hombre alto y fibroso, de pelo y ojos oscuros, que trabajaba como comercial en una empresa de repuestos para el automóvil. Habían sido una familia estándar hasta que desapareció, también en una mañana de martes, sin volver a casa a comerse las lentejas. Ni doña Elvira ni tampoco Ernesto volvieron a saber de su padre. Se llevó el coche familiar, los ahorros que habían ido guardando en una cuenta a plazo fijo y un par de trajes con los que salía a vender su mercancía. Hacía ya cinco años de aquello. Alguna vecindona dijo por el barrio que lo habían visto por algún club de alterne, otra que si estaba en Barcelona viviendo con otra mujer y con un niño pequeño que podría ser su hijo. Eso le había dicho su marido, eran muy amigos y jugaban juntos al póker en el bar a la hora del café. Eran aquellas malas lenguas las que infligían en doña Elvira un dolor innecesario, que se sumaba al que sentía cada mañana al descubrir el frío en el colchón y el desayuno para dos en la cocina. Con la marcha de su hijo a Sevilla, el del café era el momento más amargo del día, sentada con sus bolígrafos junto al calendario que colgaba de la pared de la cocina.

El teléfono sonaba a menudo. Cada dos o tres días. A veces, cada cuatro.

–¡Hola mamá! ¿Cómo va todo?

–Bien, hijo, aunque estoy muy sola. Hoy me sobran lentejas, no me acostumbro a guisar para mí sola. ¿Y tu trabajo?

–Muy bien, mamá. Hoy salgo en la portadilla regional. Ayer estuve cubriendo la inauguración de un centro de salud que ha construido la Junta de Andalucía en Dos Hermanas. Estuvo la presidenta y estuve charlando un rato con su jefe de prensa. Nos hemos hecho muy amigos, hemos coincido ya en varios sitios y… ¿sabes qué?

–Dime hijo –doña Elvira esperó por un instante escuchar a su hijo anunciando su vuelta a Madrid.

–Me han ofrecido entrar en el gabinete. Es un buen sueldo, no te digo que no, pero he rechazado la oferta. Lo mío, mamá, es el periodismo. Me quedo en mi diario.

Así siguieron los días de doña Elvira, entre pucheros de lentejas, fuentes de ensaladilla y marcas en el aquel calendario eterno. Así siguieron hasta la mañana del 2 de abril: Jueves Santo. Aquella mañana doña Elvira no sintió el frío en la cama y le puso mucho azúcar al café. Salió de casa muy pronto, a misa de ocho, prefería dedicar la tarde a su hijo Ernesto que asistir a los oficios. Después, compró pan en el economato y un par de barras para torrijas. Ya en casa, se decidió a no salir de la cocina. Preparó harina y batió un par de huevos para rebozar los boquerones y prendió fuerte el aceite para hacer sus torrijas. Igual me han salido muchas, se dijo, pero si sobran se las lleva el chico para Sevilla. Aquella mañana, contra sus costumbres, encendió la radio y se pasó la mañana canturreando.

A eso del mediodía, sonó el timbre de la puerta. ¡Ernesto! Doña Elvira se limpió las manos bajo el grifo de la pila, se secó en el mandil y corrió a abrir la puerta.

–¡Ramón!

Ramón estaba consumido, escuálido. Vestía desaliñado uno de aquellos trajes que se llevó cuando se marchó de casa, la cabeza clareaba entre las canas, que también le salpicaban la barba de varios días. Se quitó las gafas de sol, se echó a llorar y se abrazó a su mujer, sobrecogida por la visita.

–Pero, ¿dónde has estado todo este tiempo? Ay, Ramón, cómo se te ocurre…

Le temblaban las manos y las piernas, y los labios, y los ojos se le empapaban en lágrimas.

–¡Dejalo! ¡Ay, Ramón, que hoy comemos en familia! Vamos a la cocina, que estará apunto de llegar Ernesto.

Hacia las cuatro de la tarde, casi sin ganas, doña Elvira y Ramón se sentaron a comer. Los dos se decantaron por la ensaladilla, porque los boquerones se habían quedado fríos. Así lo hicieron porque Ernesto no llegó nunca. El periodista no volvió a dar señales de vida ni al teléfono ni al correo, pero sus padres se acostumbraron a vivir sin él. Para seguir sus pasos, su madre se suscribió al Diario de Sevilla, que leía con veinticuatro horas de retraso, con su taza de café en la mano y su calendario al lado. Los martes volvió a cocinar sus lentejas estofadas para dos. A la hora de la comida, era Ramón el que hojeaba las páginas del periódico.

–Ayer debió de estar en Utrera, mira, en un festival de flamenco.

–¿Comerá bien? ¿Se apañará en casa?

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