Eskarrik asko

 

Segorbe es un pueblo fantasma. Esa es la única idea que masco en el coche después de volver a la autovía y de dejar atrás calles empedradas y desiertas, en las que es imposible hallar un bar en el que tiren una caña y sirvan un bocata de cualquier cosa. Son solo las tres menos cinco de la tarde, pero la tarea se asume como imposible. Los quince minutos de paseo nos topan tan solo con un tipo calvo y malcarado, quien oculto tras la reja echada de una cantina, nos espeta un “¿no ven que estamos cerrados?”.

Así que carretera (Autovía del Mudéjar, la llaman) y manta hasta Zaragoza. A orillas del Ebro bulle la vida cuando el sol ya se despide tras las cúpulas de la basílica que sale en los telediarios el doce de octubre y a la que una vez acudí en familia, azuzados por mi madre, a rendir honores a la virgen por una cuestión de salud. Benditos médicos. Y bendito ‘tubo’. En el ‘tubo’, los maños se consagran al jarreo con la misma fe con que lo hacen a la ‘pilarica. Corren los vinos de pitanza y las cañas de cerveza salpicando los torreznos de Soria, los arenques con pimientos, la paleta ibérica y las croquetas de boletus. Si el lector se decide a darse un pingüi por la zona, apunte dos citas: ‘el champi’ (donde le darán champiñones, claro, y una cerveza dulzarrona en tarros de cristal) y ‘la ballena colorá’ (a degustar las ballenitas, a la sazón, bollitos de pan tierno rellenos de pimientos, boquerones y anchoas).

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IMG_5338Zaragoza hace de parada y fonda camino de Zarauzt. Zarauzt es un sitio lleno de mozos bien formados, con traje de neopreno atado a la cintura y una tabla de surf debajo del brazo. Allí también se jarrea, claro. En Zarauzt el sol se baña cada día en agua arisca y congelada, reflejada en el verde de los montes que la rodean, entre los que destaca el Parque Natural de Pagoeta. En Zarauzt se baña de sol Pilar Elías, la viuda de Ramón Baglietto, asesinado por ETA en 1980. Desde una de las mesas del paseo marítimo, cerveza y olivas de por medio, la descubro saludando con alegría en uno de los corrillos. Le explico a Silvia que Pilar Elías es una de esas mujeres que utilizaron su militancia en el PP para defender la libertad y la democracia mientras otras lo hicieron para alimentar a las gürteles y a las púnicas. Y a cada uno lo suyo. La de esta buena mujer no es la única cara conocida con que uno puede toparse en Zarauzt. Arguiñano existe, y camina cada mañana por la orilla del mar atento a cuanto sucede. Si usted, querido lector, no lo encuentra –igual no todos somos de madrugar– siempre puede conformarse con visitar el monumento más sobado de toda Gipúzkoa: la estatua de bronce del afamado cocinero y comunicador (Vaquero y yo siempre soñamos con ejercer nuestro oficio de forma tan cómoda), colocada en la puerta de su restaurante. Hay quien peregrina para ver al Apóstol en Santiago y hay quien lo hace hasta la efigie de Arguiñano en Zarauzt, cuna del ‘selfie’ y de la foto cachonda.

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No obstante, he de decir que si hubo una aparición de esas que a uno le enfrenta con el mito esa fue la del ‘chopo’ Iríbar, un zarauzano de cuna que llenó las páginas de la prensa deportiva en sus tiempos como portero del Athletic y de la mítica Selección Española que se hizo con la Eurocopa del 64 gracias al gol de Marcelino. Iríbar, en domingo, toma txikitos como todo hijo de vecino. Lo hace en el bar de Joe, un buen ejemplo de integración: el bar tiene nombre inglés, sirve los mejores pintxos vascos y decora sus paredes con banderines de manzanilla La Gitana y el cartel de la Semana Grande de Bilbao en Vistalegre, donde no puede faltar Iván Fandiño. La puerta la custodian dos grandes banderas, la de la Real Sociedad y la del F.C. Barcelona.

Tras tapear a mediodía, Silvia y yo decidimos volver a Joe para la cena. Nos sentamos en la pequeña terraza que tiene alineada junto a su fachada, resguardados del chirimiri por un gran toldo que se extiende hacia la mitad de la calle, angosta y peatonal. Ensalada de tomate con ventresca y txipirones encebollados. Exquisitos. Como exquisita es la pose de Joe frente al televisor, degustando los lances de Castella en la del Puerto de Santa María. Junto a nosotros, a mi derecha, tres señoras de mediana edad comparten platos y copas de vino. Por la conversación, deben ser del gremio sanitario. En el barullo de la charla, logro entender que una de ellas estuvo al cargo de Ortega Lara tras el secuestro que lo mantuvo encerrado durante 532 días. A mi izquierda, sin embargo, hay una mesa vacía que está sin montar y que tiene sobre el tablero el rótulo de ‘Reservado’. Hacia mitad de la cena, un tipo sesentón y rotundo la ocupó sin ningún miramiento. Al minuto, un afable camarero le sirvió el café, el coñac y el faria de cada noche. ¡A ver si aprende Arturo Más de cómo se ejerce la independencia!

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El avezado lector será consciente de que que la gastronomía zarauzana no termina en Joe, sino que se extiende por un bueno puñado de sitios muy recomendables en la guía de cualquier viajero al que le guste comer, como es mi caso y el de mi amigo Óscar Toldos, al que no dudé en bombardear por whatsapp con fotos de platos suculentos, ricos, ricos y con fundamento. La cena en Arguiñano ­– fantásticas las almejas, el rodaballo y el tinto de Navarra – no le quita méritos a la de Telesforo. Telesforo es un restaurante sin barra de pintxos ni zarandajas, pero en Telesforo sirven unos formidables pimientos con anchoas, un cogote que parece el de Iñaki Perurena pero que en realidad es de merluza y un chuletón de buey de los que te cierran las venas y te dejan al borde de la arritmia. Dos camareras nos atienden de forma cercana y amable, cosa de agradecer cuando se trata de zampar sin nadie dándote la brasa alrededor.

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A Telesforo llegamos recomendados por un charcutero que tiene su puesto en el mercado municipal de Zarauzt, una coqueta galería comercial que se divide en dos plantas: la superior está dedicada al arte en su mínima expresión (cuadros y esas cosas) y la inferior, dedicada al arte de la buena mesa. Benetako Berezia es el nombre del establecimiento en cuestión, de tonos granates y aromas embaucadores, regentado por un tipo zumbón y dicharachero que echa el guante al personal haciendo sonar un pollo de goma. Después ofrece jamón, chorizo y txacolí a los clientes, habla de su hijo que vive en Barcelona y de una hamburguesa que una vez se comió allí y aconseja sobre el vino a acompañar a la paleta ibérica que compramos en el puesto, que al parecer es el mismo que consume él en casa y que es de la Rioja baja (en precio). Entretanto, su mujer es la que despacha.

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Zarauzt no está solo en la costa vasca. Su vecino Getaria se pinta cada día de un color, en función del cielo, y le espía cada mañana alzado por una monumental arcada de piedra. Allí es donde me dice José Luis Moreno que hay que comer el rodaballo, pero lo de encontrar mesa es casi tan imposible como encontrar talento en el Consejo de Ministros. Lo que sí hay son parrillas salpicadas por las calles, junto a los bares y restaurantes, escupiendo al aire un humo aromado por el carbón, las carnes y los pescados. Un poco más abajo, por la misma carretera que bordea el Cantábrico en cabriolas imposibles, está Zumaia, que ofrece estampas del paraíso cuando va cayendo la tarde. Y justo al otro lado del camino, de vuelta por Getaria y dejando Zarauzt a la izquierda, está Orio, al que llegamos recomendados por Ignacio Moneo, donde destacan la inmensa paz que ofrecen sus playas y su puerto y la Iglesia de San Nicolás de Bari, levantada en lo alto de un peñasco y en torno a la cual se fue construyendo el pueblo, dando lugar a espacios urbanos realmente curiosos.

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De San Sebastián hay pocos tópicos que soltar aquí y que nadie conozca, pero interesante también, por lo que tiene de experimento sociológico, es visitar Biarritz, en el País Vasco francés. Me cuenta mi padre que contaba mi abuelo, dedicados ambos durante décadas a la ganadería, que en cierta ocasión se topó el segundo con la cuadrilla de un torero que andaba por Aranjuez de paso. Alguien les propuso ir a comer a Casa Pablo y uno de los mozos le espetó: “Deje, deje, que ahí solo valen los billetes de cinco mil duros”. Pues Biarritz, pero por tres. O por cinco, en función de la nómina de cada uno y del crecimiento que anuncia Rajoy. Eso sí, no perdimos la ocasión de comer bien mirando al mar, deglutiendo un delicioso plato de pasta con almejas, langostinos y mejillones. Y de visitar una preciosa librería, de esas en las que uno se podría pasar las horas de no ser porque los libros están en francés.

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Antes de cerrar, podría hacer alguna gracia sin tal con la forma de ser de los vascos y sobre todo con su lengua, el euskera. Podría decir que cuando hablan el euskera no se entienden ni entre ellos o que parece que andan montando un mueble de Ikea. Pero no lo voy a hacer, porque no me parece justo. Y porque yo mismo, tras pagar en la caja del súper lo necesario para sobrevivir en el apartamento (cervezas y…, bueno, no sé), me sorprendí recogiendo la vuelta soltando un sonoro “Agur. Eskarrik asko” que me animó a volver a Telesforo a por otro chuletón de buey.

 

 

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