La sonrisa pintada

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Aquella mañana de agosto Carmen decidió echarse, por fin, a la calle. Se refrescó bien bajo la ducha, arregló su pelo durante un buen rato, se dio una fina capa de maquillaje y se atavió con un vestido corto y estampado que le sentaba como un guante. Al menos, eso pensó ella frente al espejo, intentando decidir qué bolso iba mejor sus zapatos de tacón y con el resto de su indumentaria.

Cerró la puerta con energía y bajó por la escalera haciendo sonar sus tacones. Toc, toc, toc. En el rellano del segundo se cruzó con Ángel, un hombre mayor, de pelo cano y gafas gruesas, que solía vestir un chándal y se hacía acompañar de un perrito. ¡Buenos días!, dijo Carmen, provocando una tierna sonrisa en la cara del viejo. Al salir del portal, un sol intenso iluminó su rostro y cegó sus ojos, que protegió con unas modernas gafas de sol que sacó de su bolso.

Antes de coger el autobús, Carmen decidió darse un capricho y tomó un café –cortado y con mucha espuma, por favor– en la terraza del bar que había debajo de su casa. Disfruto del aroma y del sabor fuerte del café, y de las vistas que a esa hora proporcionaba su barrio: calles más o menos desiertas, empapadas por el camión de baldeo del ayuntamiento, y aderezadas con hermosos olmos de sombra; algún que otro señor mayor, como Ángel, que bajaba al quiosco a comprar el periódico; muy pocas señoras que, en zapatillas, salían por pan y leche al colmado de Luis; niños que madrugaban para comprar las chucherías que llevarían a la piscina; y un autobús verde que paraba cada veinte minutos en la misma esquina en que tomaba café.

Carmen sacó del bolso su teléfono móvil, leyó algunos mensajes de la noche anterior y repasó durante un rato su cuenta de Twitter. Demasiado indignado, se dijo. Al cabo de un rato, dejó sobre la mesa un par de monedas y se dirigió hasta la parada del bus, que se plantó allí al instante. El chofer picó su bonobús con desgana, pero Carmen no se lo tuvo en cuenta. En cualquier otro momento, le hubiera advertido de la necesidad de ofrecer un buen servicio al viajero. Pero hoy no, hoy Carmen había salido a la calle con la sonrisa pintada y nadie se la iba a borrar. Ni siquiera el chófer del bus, un tipo gordo y sudoroso, con gafas oscuras y una barba de tres días salpicada de migas.

El autobús iba cumpliendo con su rutina e hizo hasta cinco paradas antes de que Carmen se apeara. Lo hizo en el centro, junto a la tienda de moda que su amiga Alma abrió hace cinco años. No dudó en pasar a saludar, pese a que una decena de clientas ya daban trabajo a esas horas de la mañana. ¡Y eso que estamos en agosto!, pensó Carmen, despidiéndose de su amiga desde la puerta.

Siguió calle abajo y pasó por delante de la oficina que la empleó durante los últimos siete años. Justo en la puerta, apoyadas en la fachada, dos de sus antiguas compañeras fumaban con la tranquilidad que propician las mañanas calmas de agosto. Junto a ellas, al otro lado de la entrada, el encargado huraño y malcarado con quién tantas veces discutió. Con un movimiento calculado, Carmen se quitó entonces las gafas de sol y, sin pararse, guiñó el ojo derecho a sus compañeras, que sonrieron con picardía. Al encargado, camisa blanca sin corbata, es agosto, se le avinagró un poco más la cara, esperando también el gesto de Carmen que nunca esbozó.

Dos manzanas más abajo, entró en un edificio oficial. Cogió su número y se sentó a esperar. Frente a ella dos mujeres musulmanas, con el velo cubriéndoles la cabeza y con dos niñas risueñas sentadas en su regazo. A la derecha había un joven, de unos veinticinco o veintisiete años, como mucho, vestido con bermudas y camiseta, que sujetaba sus papeles en la mano. Un hombre mayor, de aspecto muy dejado, con barba y pelo largo, vestido también con un pantalón corto y una camisa de cuadros rojos y negros, se movía impaciente por la sala. Otro de su misma edad, aunque de aspecto más cuidado, leía con tranquilidad una novela de bolsillo. Con paciencia, Carmen aguardó su turno a sellar el paro. Saludó contenta al funcionario –éste sí llevaba corbata, roja carmesí, muy elegante, pensó Carmen– y salió de nuevo a la calle, donde el sol picaba ya en demasía. Antes de volver al autobús, rescató a Alma de la tienda y la sacó a tomar una cerveza bien fría en uno de esos bares clásicos del centro de la ciudad, en los que el camarero viste guardapolvo y corbata y en los que se sirven boquerones y mejillones de lata como aperitivo. Charlaron las dos animosas, como la mañana de agosto que las cobijaba.

De vuelta a casa, de nuevo el autobús, el chofer gruñón y Ángel en el descansillo, que sacaba a mear al perro. Carmen lució de nuevo su sonrisa pintada en la cara, para el agrado del viejo. Ya en casa, sin quitarse la ropa, encendió el ordenador, comprobó que no había mensajes en su buzón de correo y consultó el saldo de su cuenta bancaria. Se quitó corriendo el vestido y se calzó sus chanclas de goma. Se limpió antes el maquillaje y se lavó la cara con agua fría. Se acabaron los caprichos, se dijo, cerrando la puerta con llave.

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