Marita

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Suelo pasar las tardes en esta terraza cuando llega la primavera. Con los primeros rayos de sol del año –me refiero a los reales, a los que empiezan a picar, a los que inundan las calles y desnudan a las señoras– la vida en Madrid se ve de otra forma. Madrid amontona colores en las cristaleras de los escaparates, se burla del gris de los notarios y llena de piruetas las plazas como ésta. Con mi té helado paso las tardes en esta terraza, junto a esta gran boca de dragón que vomita unas treinta personas cada cuatro minutos.

Me gusta ver a la gente entrar y salir del metro. Mis hijos no me entienden. Dicen que estaría mejor en casa mirando la tele, o en uno de esos salones en que los viejos aporrean las fichas del dominó contra la mesa. Sin embargo, la doctora Otero sí que me entiende, y me anima a seguir pasando las tardes frente a la boca del metro. Yo le he explicado que juego a recordar cada una de las caras que salen cada tarde del agujero negro y ella dice que es un buen ejercicio para mi memoria. Y claro, yo pienso: a ver si van a saber mis hijos más que el médico. Pues no. Mira, por ahí sale el tipo pesimista del paraguas y el maletín. Hoy sale más tarde, tanto que la mujer que le espera siempre ha decido ya marcharse. ¡Jo! ¡Mira, mira! ¡Se vuelve loco buscando!

––Sí, por favor, un té con hielo. Como siempre.

Desde mi posición privilegiada de primavera observo la cantidad de gente diferente que viaja en metro. Chavales vestidos con ropas anchas y zapatillas grandes y de colores, coronados con gorras ventiladas; señoras con bolsas de plástico y monederos vacíos; engominados, encorbatados, encorsetados y endomingados; hombres tristes que, de vuelta a casa, temen encontrar sobre la mesa, de nuevo, la cena fría; otros que no esperan tener cena si quiera; chicas de vestidos cortos y alegres, que son las que más me gustan. Yo las señalo con el bastón y el camarero, que me acaba de servir el té, me guiña un ojo y suelta una carcajada.

Una de esas chicas era Marita. Marita salía todas las tardes, a eso de la seis, y corría buscando a un chico que la besaba en los labios. Después, se cogían de la mano y se montaban en un autobús con parada cercana. ¡Ay, Marita! Marita era una chica encantadora. Su sonrisa lo salpicaba todo. Cuando Marita salía del metro el mundo se detenía. Era como si todos dijeran: ¡Quietos! ¡Cuidado! ¡Atentos! ¡Que sale Marita! Luego su novio la cogía de la mano, y al autobús. Y los demás, muertos de envidia.

Así era cada tarde de aquella primavera, hasta el día en que Marita salió del metro y comprobó que nadie la esperaba. Barrió con la vista la plaza, pero no encontró su beso camino del bus. Apoyada sobre el respaldo de un banco, la joven Marita se puso a esperar. Apenas pasaron cinco minutos, pero ella no dejaba de mirar su reloj. Y viendo que nadie llegaba, decidió sentarse en esta misma terraza, en una mesa junto a la mía. Se colocó justo a mi lado, pienso que con la intención de no perder la pista de la boca del metro. Nuestros hombros casi se tocaban. El camarero le sirvió un refresco de naranja, guiñándome un ojo al pasar a mi lado.

––Hoy le han dado a usted plantón–– le dije animado.

Ella volvió la cara y me lanzó una sonrisa en forma de cumplido. Apuré mi té y fui contando uno a uno a todos los pasajeros del metro habituales a esas horas de la tarde: la señora mayor que arrastra vacío su viejo carro de la compra; el niño con el uniforme de la escuela, que camina cinco pasos por delante de su madre haciendo creer a la gente que ya va solo al colegio; las tres mujeres que comparten trabajo y trayecto en el subsuelo. Entre tanto, Marita acabó con su primer refresco y se dispuso a dar cuenta del segundo. Trasteó con su teléfono móvil –sin recibir buenas noticias, me temo– sacó un libro del bolso e hizo como que leía. Porque la realidad es que no apartaba la vista de la boca de aquel dragón que parecía haber devorado a su chico.

––Usted no le habrá visto, ¿verdad? ––preguntó ella.

––No, señorita. Hoy no ha venido. A lo mejor le ha surgido algo, ¿no cree?

––Puede ser, pero me habría avisado. Es todo tan extraño.

––No se apure mujer ––le dije–– seguro que todo tiene una explicación.

Ahora la sonrisa de Marita era más sincera que la del principio. Con la caída de la tarde se despojó de sus gafas de sol y me enseñó sus ojos. Eran tan brillantes como el resto de su cuerpo.

––¿Y usted por qué sabía que estaba esperando a alguien?

––Bueno, ésa es mi tarea cada tarde.

––¿Cuál? ¿La de espiarme? ––dijo ella alarmada.

––No, mujer. Cuando llega la primavera, paso las tardes en esta terraza. Me gusta mirar a la gente, observar sus caras, sus gestos, los caminos que emprenden cuando salen del metro. Es una distracción como otra cualquiera. Lo que pasa es que a fuerza de observar, uno acaba por conocer a mucha de la gente que pasa por aquí cada día y a la misma hora. Y qué quiere que le diga, es imposible no fijarse en una chica como usted.

Marita se sonrojó y balbuceó un “gracias” tan tímido que apenas lo escuchamos ella y yo.

––¿Permite que le invite al té, don…?

––Nicolás. Nicolás Fernández. Por supuesto que puede, pero no quisiera yo abusar, señorita…

––Marita. Lo de señorita lo dejamos, don Nicolás. Insisto en invitarle.

El sol ya se escondía sobre el gran edificio que escoltaba aquella plaza y Marita se marchó. Lo hizo en el autobús que cogía siempre, pero esta vez se marchó sola.

––¡Qué bien se le ha dado hoy! ¿Eh, don Nicolás?

Yo también me marché a casa. Me despedí de mi compinche con un guiño de esos tan habituales en él. A la tarde siguiente volví al bar. Volví a pedir un té con hielo y volví a contar a todas y cada una de las personas que surgían del vómito del dragón. Allí estaban los engominados, encorbatados, encorsetados y endomingados; y el niño con el uniforme de la escuela, que camina cinco pasos por delante de su madre haciendo creer a la gente que ya va solo al colegio. Por allí desfilaron todos menos Marita. Ni rastro de su bolso ni de sus gafas de sol, ni rastro de su sonrisa. Ni rastro del chico que la esperaba con un beso. Con la ausencia de Marita, la primavera perdió intensidad y en la fila del metro se colaba algún notario de vez en cuando. Mira, por ahí sale el tipo pesimista del paraguas y el maletín. Hoy sí le espera esa mujer, como cada día.

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