Batalla campal

20150623_Batalla campal

“Lo he intentado un par de veces. La primera llegué hasta el portal, pero el portero me dijo que si estaba loco. ¿Loco quién?

Álex de la Iglesia. Recuérdame que te odie.

 

 

 

Cuando Juan Salomón Rodríguez sacó la bandera blanca por el balcón de su casa, un huevo impactó en su frente poniéndole la cara perdida de yema, de clara y de trocitos de cáscara pegados por todas partes. De lo que vienen a ser los componentes de un huevo, vamos.

Aturdido por el sobresalto, uno más de los acumulados a lo largo de la última hora, tardó unos segundos en reaccionar. Fue entonces cuando corrió hacia dentro, cerró otra vez los ventanales y se sentó a pensar otra estrategia con la que solventar un conflicto que se le estaba yendo de las manos. Sobre la mesa del salón, apoyó el brazo derecho para sujetar así su cabeza sobre la mano, extendiendo aún más el huevo por su rostro. ¡Mierda!, bramó, perdiendo de nuevo la calma en la que quería moverse para buscar una solución. Se metió entonces en el baño, abrió el grifo y se lavó bien la cara con agua fría. Después de pasarse una toalla, bastante sucia, por cierto, Juan Salomón Rodríguez fijó sus ojos en el espejo y descubrió a un tipo al que apenas conocía. Su rostro estaba más tostado de lo habitual, con manchas que le afeaban aún más el rostro. Nunca fue un tipo guapo. Su cara tenía arrugas de las que jamás se percató, tenía unas cejas muy pobladas y los ojos inyectados en sangre. El poco pelo que le cubría la frente tenía un brillo especial, efecto de los nutrientes del huevo, quizás.

Descalzo, salió de nuevo al salón y volvió sobre la mesa. Agarró un bolígrafo viejo y abrió un cuaderno de dos líneas decorado en sus primeras páginas con las muestras de caligrafía de su hijo pequeño. A este también le gustará el fútbol, ya lo verás. Hizo algunos trazos con forma de flecha y dibujó varios cuadros en los que encerró palabras ilegibles. Con un gran círculo, trazado de forma irregular en el centro de la hoja, dio por finalizado el esquema. Entonces miró el reloj, dio un trago de agua a una botella de plástico que tenía a mano y se fue al dormitorio, en el que era imposible pisar el suelo.

Estaba todo manga por hombro. Montones de ropa cubrían el piso. Había prendas de todo tipo, sobre todo de mujer, de su mujer. De un simple vistazo fue solo capaz de reconocer un par de vaqueros viejos que solía ponerse los sábados para salir al vermut y una camisa horrorosa que le regaló su suegra. Revolver todos los armarios no le sirvió para encontrar el uniforme del ejército que guardaba de sus tiempos de la mili. Suerte la de Juanito, que no la tuvo que hacer, pensó. Juan Salomón Rodríguez dio entonces dos patadas al montón de ropa más próximo, destrozándose un pie con la pata de la cómoda. Cayó convulso sobre la cama, llena también de ropa y de otros enseres. Entre ellos, una figura de lladró que se le clavó en las costillas y que directamente estampó contra el cristal de la ventana. Entre lágrimas de impotencia y dolor, se echó mano al pie y, al instante, perdió el conocimiento. Bajo el pie inerte surgió un charco de sangre negra, consecuencia de una uña reventada por el golpe.

Tardó como media hora en volver en sí, alertado tal vez por el telefonillo del portero automático, que, machacón, no dejaba de sonar. Atolondrado aún por los efectos del golpe, intentó sobreponerse al dolor y ponerse de pie. Cuando al fin lo logró, el alarido de dolor tuvo que oírse en la calle, hasta el punto de que quien quemaba el telefonillo desistió de su tarea. Arrastrando el pie derecho regresó al salón, dejando por imposible su primera idea: asomarse por la ventana del dormitorio, evitando así ser descubierto y, quien sabe, si el impacto de un nuevo huevazo. Apoyó las manos sobre la mesa, respiró hondo intentando así calmar el dolor, y se echó al suelo para reptar hasta el balcón, abierto de par en par y con algún que otro huevo estampado en los cristales y en las paredes. Parece que la guerra no ha terminado, se dijo en voz alta. La uña rota iba dejando un reguero de sangre en el frío suelo de terrazo.

Abajo los gritos eran cada vez mayores, se colaban con estrépito en su vivienda, la que intentaba abrazar desde el suelo. No pasarán, decía apretando los dientes, con un gesto de rabia y dolor. El bullicio abajo iba en aumento. Las carcajadas eran tétricas y tenían el tono de voz de un niño. Notaba los pelotazos en la fachada. El sonido metálico de las persianas de las tiendas del barrio le helaba la sangre. Era como si alguien estuviera afilando un cuchillo gigante con el que darle final. Gritos, muchos gritos ahí abajo, y algún que otro huevo que volvía a volar sobre el balcón de su casa.

Cuando logró pegar la nariz a la barandilla otro huevo se le estampó en la frente. Se limpió como pudo. Notó dos pinchazos en el dedo maltrecho. Era como si le estuvieran clavando palillos de madera, alfileres o un tenedor. Chilló entonces, mucho. Alzó la voz de tal manera que logró silenciar a la verbena de abajo. El mutismo se hizo con la calle. Dejaron de llover los huevos y a los pocos segundos volvió a sonar el telefonillo. Juan Salomón Rodríguez se agarró a la barandilla, trepó hasta ponerse de pie y asomó de nuevo la cabeza al balcón para descubrir quién y por qué estaban allí abajo. Ni más ni menos que lo que se temía desde el principio de la batalla: la que llamaba al portero era su esposa, una mujer no muy alta, de caderas muy marcadas y pelo lacio, recogido en un moño. Vestía un pantalón corto ceñido y una camiseta del Atlético de Madrid. Tras ella, otro grupo de mujeres de todas las edades y vestidas también con los colores del equipo, formaban un pelotón que amenazaba con echar la puerta abajo.

– ¡Que sí! ¡Que sí! ¡Que me rindo! – gritó Juan desde arriba, ondeando de nuevo la bandera blanca.

-¡Abre la puerta, mamarracho, que el partido va ya por el descanso!

Pactó su huida por el telefonillo. Negoció dejar vía libre a la peña futbolística y bajar por el ascensor para evitar cruzarse con ellas. Cuando alcanzó el portal le esperaba Juanito, su hijo mayor, montado ya en el coche. A urgencias, le dijo, antes de que me tengan que amputar el dedo. Un grito tronó en la calle, desierta ya a esa hora. Juan Salomón Rodríguez se encogió en el asiento y miró a su hijo atemorizado.

– Gol del Atleti, papá. Gol del Atleti.

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