El Madrid de Sabina

A Leticia, por su regalo y por su amistad incondicional

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IMG_4832Juan Carlos es un tipo flaco y desgarbado que segana la vida pasando el bombín después de enseñarte Madrid. Vestido con camisa ancha a cuadros y chaleco negro, con su bandolera al hombro, cuenta Juan Carlos que en los últimos años se ha especializado en enseñar el Madrid de Sabina, una excusa como otra cualquiera para descubrir la ciudad que nunca duerme. Es por eso que nos cita en el 23 de la calle Tabernillas, en el corazón de La Latina, allí donde empezó el noviazgo del flaco con Madrid. Antes estaban Úbeda y Granada, y el Londres del exilio, vivo hoy en sus bombines. Cuenta la leyenda que en uno de aquellos pubs en los que pasaba la gorra, George Harrison le soltó un billete de 5 libras que conserva quién sabe dónde. Y cuenta la leyenda que en la casa de Tabernillas tenía Sabina un vecino jodón y que en aquella buhardilla, tostada siempre por la luz, tuvo sus primeras peloteras con Lucía, de la que nadie supo jamás después de caer en brazos de Manolo Tena. Siempre que en mi piso de Tabernillas llueve, en su buhardilla brilla el sol. Incompatibilidad de caracteres.

En La Copita Asturiana, en la misma calle, se almorzaba el flaco sus platos de fabada. IMG_4839Dice Juan Carlos que por allí conspiraban contra Franco algunos obreros vinculados al Partido Socialista, destacando la presencia de un tal Isidoro, que terminó siendo Presidente del Gobierno. Un poquito más arriba está el Juana la Loca (en el cine Carretas, una mano de hombre, cada noche bucea en tu bragueta) y la Plaza de Puerta de Moros, con fachadas cubiertas de trampantojos y mensajes encubiertos en un viejo guión de cine. Allí, con ese aire bohemio que le asemeja cada vez más a la figura del poeta urbano, Juan Carlos nos habla de ‘Muelle’, un grafitero que sembró Madrid con sus sprays hasta su muerte en 1995 y al que Ruiz Gallardón, siempre tan progre, recuperó para la historia de la ciudad impidiendo que se retiraran algunas de aquellas pintadas.

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Cruzamos la Plaza del Humilladero y Juan Carlos aprovecha para contarnos la extraña afición de Sabina por la imaginería popular. Quizás tenga que ver con sus raíces andaluzas, pero el caso es que llena su casa de vírgenes y angelitos. En ella guarda también un confesionario que levantó a Gurruchaga (la ciudad donde vivo ha crecido 
de espaldas al cielo, 
la ciudad donde vivo es el mapa 
de la soledad) en un anticuario. Camino de la Cava Baja, desembocamos en La Mandrágora.

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La Mandrágora es hoy Lamiak, un bareto que decora sus paredes con una colección de portadas de disco en la que se han olvidado de Alberto, de Krahe y de Joaquín. Juan Carlos nos conduce al sótano en el que empezó todo. Tiene un aire a la caverna de Liverpool, pero más castizo. Allí se respira el aroma de los huevos de Lucio y allí nos cuenta el guía que las colas para ver a estos locos, tras salir en el programa de Tola (Telespañolito que ves la tele te guarde Dios), llegaban a la calle y que por aquel chiscón, que apestaba a tabaco y sudor, pasaban a menudo mujeres anónimas como Maruja Torres o Rosa Montero. Nos hacemos fotos sobre el escenario, como mandan los cánones del buen fan, y tras tomar cerveza y aceitunas, seguimos calle abajo para descubrir el Madrid de Tierno. Don Enrique Tierno fue el alcalde que cambió Madrid, el que recuperó las construcciones clásicas y las Fiestas de San Isidro, por las que pasaron Van Morrison o Tina Turner, y en las que Sabina dio su primer gran concierto ante 80.000 personas en el Paseo de Camoens. Cuenta Juan Carlos que a Tierno le sustituyó Juanito Precipicios (o Barranco, según se mire) y que a partir de entonces ya nada será igual. Ni Tirso de Molina volverá a ser El Progreso, ni la OTAN tan mala ni el PSOE volverá a ser el PSOE.

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Ahora se viste Juan Carlos de Tolito (mago de las barajas y las sonrisas) para invitarnos al viaje en metro de Lucía: Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal. ¿Dónde queda tu oficina para irte a buscar? Nos enseña los mosaicos de la estación, habla de los orígenes del suburbano madrileño, y nos invita a montar en su particular caballo de hierro, al que Sabina operó para hacerlo de cartón.

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Desembocamos en Malasaña. Damos un repaso a la arquitectura del Museo Municipal y del Tribuna del Cuentas y bajamos después por la calle de la Palma y por San Vicente Ferrer, para pasar por la puerta del ‘Elígeme’, del que en una ocasión me habló largo y tendido Víctor Claudín. Malasaña es el barrio de las rubias platino, de los nietos de toreros disfrazados de ciclista, de las princesas y de las barbies superstar. Es el barrio del ‘Penta’ de Antonio Vega y de los ojos de gata que se dejaron a medias en una servilleta Sabina y Urquijo tras unas copas de más. Es el Café de Manuela, donde guardaban el sitio a Carmen Martín Gaite y donde el flaco desayunaba con un chupito de absenta. Es el nexo sentimental con Buenos Aires, con dos plazas brindadas al sol de mayo y a la conquista vecinal. Y en la plaza de mayo me dio por llorar y me puse a gritar dónde estás. Nos habla Juan Carlos de ‘Enemigos Íntimos’, el disco al alimón de Sabina y Páez, del lío de faldas con Cecilia Roth (Cecilia duerme bien acompañada
porque a menudo la acompaño yo) y del piso de Calamaro en la calle del Pez. Terminamos la visita rodeados de litronas y vapores etílicos en la Plaza del Dos de Mayo. Nos despedimos de Tolito y del resto de sabineros que nos acompañan. Y lo hacemos cantando la canción de los buenos borrachos, que de madrugada vuelven al hogar, la canción que atropella los tachos, llenos de basura, de la capital.IMG_4852 IMG_4857
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