La plaza

  El aroma de los tilos impregna toda la plaza en esta primavera agónica y rebelde. Es un perfume seductor y penetrante, de los que invitan a quedarse, y que se hace más intenso cuando la vida amanece. Cuando el rey se alisa el uniforme y estira los huesos en su pedestal y cuando las dos chicas extranjeras organizan como un puzle las mesas y las sillas del kiosco de Isabelo, que ya huele a café y a aceite hirviendo. Las grandes puertas enrejadas del viejo mercado, un monumento de piedra y ladrillo, se abren y parecen desayunar con grandes piezas de carne, algo de pescado fresco servido en cuidados cajones de madera, y frutas y verduras en cantidad y muy variadas. Como si se jugaran la vida ante las fauces del edificio, dos jóvenes sin futuro hacen malabares con una flauta desafinada, unas mazas improvisadas y el desparpajo de quien poco tiene que perder. Las jaulas que se alinean con los tilos ya se suponen abiertas, aunque no parecen latir hasta que alguien se acerca a ellas con una intención concreta: comprar una revista, sellar la loto o echar a los ciegos, buscar unas chuches para Irene o hacerse con dos entradas para la mixta –sí, las corridas de toros ahora son también descafeinadas– de San Fernando. Apenas si ha amanecido y la plaza ya rebosa vida. El gabinete de crisis se ajusta los sombreros y las alpargatas, se agarra bien al mango de sus bastones y busca la sombra en los bancos de piedra. También se arremolina en la puerta del ayuntamiento cuando llega el furgón que reparte la prensa local o cuando alguien se acerca para colgar una esquela. Se dice que tan solo quieren comprobar que no es su nombre, ungido por una cruz, el que luce en la hoja impresa. Los carros de la compra cruzan de esquina a esquina, entre farolas isabelinas y algún concejal despistado que habla por el móvil, se ajusta la corbata y se cura la ansiedad dando chupetones a un cigarrillo apagado. Según se acerca el mediodía, los tilos apagan el difusor y empiezan a sudar, pero las gentes siguen llegando desde los cuatro puntos cardinales. Lo hacen desde las Cuatro Esquinas y desde la calle de Postas, desde la Plaza de Toros si vienen de Ontígola, desde Almíbar por Gobernador y por Abastos. Lo hacen desde la vieja carretera, la misma que hoy añora los puentes y los festivos en seiscientos o en simcamil. Y así hasta que la solana lo invade todo, el ambiente se enfría y la piedra se caldea en exceso. Los tilos no volverán a aromar la plaza hasta la caída de la tarde y las sillas y las mesas esperan tranquilas a las meriendas y al blanco y negro. Las jaulas siguen cerradas y un rugido estomacal sobresalta al concejal despistado entre el móvil y el tabaco.

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