Memoria de una legislatura: el desprecio a los seres vivos

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Digamos que uno de los protagonistas de esta historia se llama Ramón. Podríamos llamarle Fernando o Rafael, Jesús (como un servidor) o Lorenzo. Pero no, le llamaremos Ramón, porque dar su nombre real puede no ser del agrado del personaje real, que existió y que sufrió las ínfulas de la señora como la sufre cualquier hijo de vecino que se cruza con ella. Ramón es un policía municipal jubilado que ejerció sus funciones en la recepción del ayuntamiento de su ciudad (pongamos que hablo de Aranjuez) durante sus últimos años de actividad. Allí atendía servicial a los vecinos que preguntaban por algún departamento municipal, localizaba a las vigilantes de la zona azul cuando algún conductor entraba iracundo a protestar por la imposición de una multa y repartía los programas de mano cuando se acercaban las fiestas del patrón. Organizaba el cajetín de las llaves, recogía los recados más urgentes y se hacía cargo de los objetos perdidos.

Una de las misiones que se encomendaba Ramón cada mañana, síntoma de su veteranía en el cuerpo y de su forma de entender las jerarquías, era la de esperar a la alcaldesa en la puerta del consistorio. A pie de plaza, Ramón, no muy alto de estatura, de pelo cano e impecable el uniforme, recibía a la mandamás abriendo la puerta abatible y dando, educado, los buenos días. Otros alcaldes se hubieran parado con él, hubieran comentado sobre las inclemencias del tiempo o sobre el resultado del Atleti, le hubieran preguntado por su esposa o simplemente le hubieran respondido con una palmada en la espalda. La señora, no. La señora entraba ufana, con la barbilla mirando al cielo, las gafas oscuras ocultándole el rostro y los tacones golpeando contra el adoquinado de la plaza. La actitud endiosada de la doña no resultó obstáculo para que Ramón cumpliera cada mañana con el que creía su deber, y así cumplió hasta el último día.

Cumplió a pesar de ser el protagonista de una de las broncas más sonoras que se recuerdan en la casa consistorial. Ramón fue la víctima de los gritos y las voces. ¿Adivinan quien echó mano de ellos y de las malas formas para exhibir ante todos su autoridad? La misma que están pensando. La de las ínfulas, las gafas oscuras, los tacones y la barbilla tan levantada que apenas si veía más allá del techo. Ramón fue la víctima, sí, pero ¿cuál fue el motivo del escándalo? Haber sacado a la plaza para su refresco, como hacía cada mañana de lluvia desde los tiempos a los que le alcanzaba la memoria, la planta de la recepción del ayuntamiento. Y es que Ramón, con placa o sin ella, con uniforme y de paisano, siempre tuvo mucho respeto por los seres vivos. La señora nunca podrá decir lo mismo. Su desprecio a las personas (y a las plantas) la lleva a terminar sus días en los juzgados, imputada por un delito de prevaricación derivado de una sentencia firme por el acoso laboral a un letrado del ayuntamiento. Cualquier otro cuento hubiera terminado en boda y con final feliz. Con semejante protagonista, no puede acabar si no delante de un juez. Y no de paz, precisamente.

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