Memoria de una legislatura: los chalecos amarillos

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No era el Primero de Mayo, creo que fue a mediados de marzo, aunque no lo recuerdo bien. Era una de esas mañanas que ya barruntan la primavera y en las que ni siquiera el sol del mediodía fue capaz de abrigar a los corazones entumecidos por las noticias, que tienen al rumor aguardando en su antesala. El anuncio del cierre de aquella fábrica conmocionó a una ciudad demasiado acostumbrada a recibir malas noticias. Las buenas de veras se cuentan con los dedos de las manos. Los más socarrones del lugar dicen que basta con los de Jaime ‘el pianista’, un tipo grueso y bonachón de dedos amputados en la mano derecha, quien con una destreza asombrosa abría botellines en la barra de madera de un gango disfrazado de restaurante. Seguro que tampoco él pudo sujetar las lágrimas.

Ese sol primaveral, juvenil y renacentista cegó los ojos acuosos de decenas de trabajadores del turno de mañana, que a eso de las dos asomaban a la verja que les separaba de la calle, entendida por ese lugar al que te mandan cuando te dejan sin nada, intentando explicarse qué era todo aquello y por qué estaba pasando. Desde la calle, entendida como el espacio común en el que coexisten los habitantes de una ciudad (pongamos que hablo de Aranjuez), los vecinos más solidarios tendían sus manos a los enrejados, decididos a no salir de allí sin su puesto de trabajo.

Los chalecos amarillos les hicieron visibles en las noches de encierro, hoguera y fortín, cobijados por la luna, los cartones y las tiendas quechua del Decathlon. También brillaron entre la escueta multitud que les arropó cada tarde a las puertas de la fábrica y en una de las marchas más multitudinarias que se recuerdan en la ciudad y que, a mi gusto, se quedó corta. Los chalecos se convirtieron en el símbolo de una pelea que se dio por perdida desde los despachos de la alcaldía, cobijo de cuatro cobardes atrincherados y protegidos por las lecheras y la porras, advertidas con nocturnidad y alevosía. Por si acaso, ya saben. La chusma es así.

Brillaron los jubones refractarios y estampados con proclamas y con ositos en las calles de la capital, entendidas las calles como espacios de lucha y reivindicación en el argot sindical y de la izquierda, durante una jornada de huelga general en la que el abejorro disfrazado de emprendedor distrajo lo que pudo a los tenderos de barrio. Esquiroles, si retomamos el argot. Lucieron incluso en algún informativo de televisión, rodeados de cánticos subversivos y de palmaditas en los hombros.

Sí. Lucieron, brillaron, alumbraron un deseo que se apagó tan pronto como se acercó la fecha del cierre. Creo que fue por septiembre, tras los fuegos artificiales que nos devolvieron al otoño. Fue entonces cuando los cobardes que ocupan aún la alcaldía salieron de sus escondrijos y jugaron de nuevo a salvar a la patria, vendiendo como una inversión de futuro la venta de la chatarra acumulada en las naves y plantas vacías, como el corazón mutilado de aquella ciudad, como la mano de Jaime ‘el pianista’.

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