¡Atrévase con éste!

20140619_La buena novela

Don Alonso era uno de esos hombres fieles a sus costumbres, que eran muchas. Era un tipo de camisa de lunes a viernes y prendas deportivas los fines de semana. De comer cocido los sábados y verdura los jueves, de pijama por la noche y afeitado con loción cada mañana. Entre esas costumbres, en las que el lector puede verse reflejado de algún modo, en don Alonso destacaba la de regalar libros cuando tenía algún compromiso. Daba igual que fuera el cumpleaños de algún hijo o de algún nieto, su aniversario de bodas o el detalle de recepción que ofrecía a alguno de los empleados que se incorporaban nuevos a la oficina en la que trabajaba.

A la hora de seleccionar el regalo de cada ocasión –en definitiva se trataba de elegir un título y un autor– don Alonso acudía a la librería de su barrio (se podría decir que no era muy amigo de los grandes almacenes) y a sus gustos personales, intentando potenciarlos entre su familia, sus amigos y allegados. Pero si ese libro ya lo tienes, Alonso, le decía divertida y confiada Carolina, su librera, porque no compras otro y ése se lo prestas. Porque no, porque luego no me lo devuelven, contestaba él medio enfadado de escuchar siempre la misma cantinela.

Así que dos meses después de haber leído la Mala Índole de Marías decidía comprar un nuevo ejemplar para que lo leyera su hijo el abogado, con la esperanza de que huyera de los latinajos y de ese lenguaje de leguleyos del que tanto usaba. Anda hijo, lee otra cosa que no sean tomos de derecho administrativo, que no hay quien te entienda cuando hablas. Con sus nietos, los hijos del abogado y los de su hija, que era repostera en un bistró, no repetía sus títulos favoritos, ni siquiera aquellos que leyó en sus tiempos mozos, porque estaban casi siempre descatalogados, pero siempre tuvo la obsesión de sacar a su mujer de la cárcel de la novela romántica de Corín Tellado o de Jane Austen. En ese empeño –muy egoísta, le decía Carolina– por su último cumpleaños le regaló El viejo y el mar y en los dos últimos aniversarios de boda obsequió a su esposa, con la que llevaba casado treinta y siete años, los Episodios Nacionales y algún que otro pasaje más actual del dos de mayo, escrito por Pérez Reverte. A don Alonso le sobreexcitaba demasiado ver como su mujer aparcaba sus regalos en la mesilla de noche y se daba a las nuevas autoras de la novela romántica, tan almibaradas según su gusto.

A su amigo Eduardo Muriel, un director de cine venido a menos y con el que solo mantenía el contacto por correspondencia a consecuencia de su trabajo, le enviaba de vez en cuando algunos de los títulos que pensaba podrían adaptarse muy bien al cine. Lo hizo con El lector de Julio Verne (el cine español y la Guerra Civil, pensó), con algunas novelas de Eduardo Mendoza y de Paul Auster, dos de sus favoritos, y con El reclamo, una novelita de Raúl del Pozo, al que leía cada mañana en la contra del diario. A ésta igual le falta ritmo para el cine, le decía en la carta con que acompañaba el libro. Sin embargo, Muriel seguía haciendo un cine bastante extraño que nunca terminó de comprender. Para qué querrá guionistas, pensaba, habiendo literatura.

Más difícil lo tenía con sus nuevos compañeros de oficina, esos chicos y chicas que no cumplían los treinta y que se iban incorporando a su departamento recién salidos de la universidad con un sueldo miserable. Estos no tienen ni para libros, se decía, y la lectura, además, es una forma de divertirse bastante asequible. En muchas de las ocasiones tenía la sensación de estar tirando el dinero. No podía entender que Paula, la chica de contabilidad que solo dejaba de mascar chicle para fumar tabaco rubio, se olvidara en casa del Tirano Banderas y viniera en el metro leyendo las cosas que escribe ese tipo amanerado y venezolano que tanto sale en la tele. Tampoco alcanzaba a comprender el misterio que encerraba en su cerebro Juan Luis, un tipo joven de barba tupida, gafas de pasta, pantalones ceñidos y borsalino en la cabeza, al que tenía bastante aprecio a pesar de sus pintas. ¿Murakami? Pero qué coño es eso, le decía. Yo a tu edad leía a Cortázar. Rayuela, ¿te suena? Y qué me dices de Borges y de Ferlosio. ¿Tampoco?

Fue en ese día de charla animada con Juan Luis, cuyas risotadas en la máquina de café iban en aumento a medida que crecía el enfado cascarrabias de don Alonso, en el que el ávido regalador de libros se encontró con una sorpresa al llegar a casa. No acostumbraba a recibir más regalos que los habituales la corbata del 28 de junio (su cumpleaños) y los gemelos en Navidad. Sin embargo, aquella tarde, hacia las seis, quizás las seis y media, don Alonso se topó con dos paquetes que sobresalían sobre el correo habitual, ya sabe el lector, facturas y extractos bancarios. Uno de ellos era de su amigo Muriel. Junto al relato de sus últimas semanas de rodaje y a sus buenos deseos para con don Alonso y su familia, incluía un guión de La verdad sobre el caso Savolta. El otro paquete, algo más grueso que el del cineasta, venía sin remite. Don Alonso rompió voraz el sobre y descubrió una edición en piel del Ulises de Joyce. Abrió entonces la cubierta con mucho cuidado y descubrió una tarjeta de visita que le era familiar. Y tanto, era la de Juan Luis, el hipster (don Alonso prefería llamarle moderno, aunque en ambientes muy distendidos llegó a tildarle de mamarracho y de adefesio) de la oficina, quien a la vuelta de sus datos, su cargo y su teléfono le había dejado un recado: ¡Atrévase! ¡Atrévase con éste!

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